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América Latina y el Caribe desarrollan una pequeña parte de su potencial en ciencia y tecnología


Los países de la región suman el 2,8% de la inversión mundial en I+D a pesar de que representan el 7,6% de la economía mundial, pero su número de investigadores crece


DICYT Un informe del Observatorio Ciencia, Tecnología y Sociedad de la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) analiza los últimos datos disponibles sobre la inversión y producción científica en América Latina y el Caribe. A pesar de que los países de esta región representan el 7,6% de la economía mundial, tan solo suman el 2,8% de la inversión mundial en I+D. En la última década su peso en la ciencia y la tecnología del planeta ha descendido de forma importante, ya que llegó a ser del 3,3% en 2009, lo que coincide también con una menor participación en el conjunto de la economía internacional.

En cambio, crece el número de investigadores de América Latina y el Caribe. Si hace un decenio representaban el 3,3% de los científicos del mundo, en 2018 alcanzaron el 4%. No obstante, esta cifra aún está muy lejos de la representación que le correspondería a la región, ya que acumula el 8,4% de la población global. El hecho de que el personal aumente a la vez que la inversión tiende a decrecer en relación al resto de continentes plantea una coyuntura crítica para el desarrollo de la ciencia y la tecnología, según el informe.

“Hay una asociación muy fuerte entre la inversión en I+D y el desarrollo económico de la región, de manera que la caída porcentual de la participación de América Latina en la investigación científica mundial acompaña a la caída del PIB de los países en relación a la economía internacional”, explica en declaraciones a DiCYT Rodolfo Barrere, doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de Quilmes (Argentina), autor del estudio, miembro del Observatorio y coordinador de la Red de Indicadores de Ciencia y Tecnología (RICYT).

En otras palabras, la inversión en I+D en esta parte del mundo está muy asociada a los ciclos económicos. De hecho, el porcentaje de inversión en I+D en relación al PIB “no ha cambiado tanto a lo largo del tiempo, tan solo ha sufrido pequeños altibajos”, destaca el experto. Así, desde 2009 ha variado entre el 0,64% y el 0,62%. El pico más alto se situó en el 0,69%. En definitiva, “es una línea plana que acompaña el desarrollo de la economía”.

El problema es que “cuando la economía baja, la inversión en I+D desciende aún más”. De hecho, tras la crisis económica de hace una década, la economía de la mayoría de los países tuvo un leve repunte al menos hasta 2018 que aún no se ha notado en la inversión en ciencia. “Lo ideal sería que la inversión al menos se mantuviese en época de restricciones, aunque se entiende que las inversiones de los países son muy variadas y a menudo la I+D compite con educación o sanidad”, comenta Barrere.

Más investigadores

El dato positivo del informe es el crecimiento en el número de investigadores. Los recursos humanos son más estables que la financiación. Por eso, hay una tendencia regional al incremento de la base científica que no depende tanto de la coyuntura económica. “En los años de expansión económica creció más lento que la inversión pero ahora crece algo a pesar de que la inversión se ha detenido”, indica Barrere. Uno de los factores es la ampliación de la educación superior en la mayoría de los países, porque parte de ese capital humano se convierte en personal investigador.

Sin embargo, el incremento del número de personas dedicadas a la ciencia y la tecnología unido a la escasa inversión aboca a una lectura menos optimista: “Hay más investigadores pero menos dinero y eso implica investigadores peor financiados”, advierte el experto. Este aspecto es “crítico para el desarrollo de la ciencia de América Latina”, afirma, porque “puede suponer una menor capacidad de involucrarse en proyectos de mayor envergadura”. Asimismo, los investigadores tienden a buscar oportunidades en el extranjero en épocas de ajustes económicos, mientras que tienden a volver en épocas de expansión de los sistemas de ciencia de América Latina.

La mejora de las políticas de I+D tiene muchas aristas, pero teniendo en cuenta estos datos, resulta esencial contar con políticas científicas a más largo plazo. “Se suele decir que los países en desarrollo deberían alcanzar un 1% del PIB de inversión en I+D, pero en América Latina solo Brasil alcanzó esa meta, aunque está recogida en los planes de casi todos los países”, apunta Barrere. Es más, Brasil representa un 60% de la inversión en ciencia y tecnología de la región. Si se suman Argentina y México, se alcanza el 90%. Estos datos dan idea de las diferencias entre países, puesto que los tres más grandes acumulan casi todos los recursos destinados a la ciencia. Solo Chile y Colombia se acercan. “Los países son muy distintos, con sistemas científicos complejos y desarrollados, y otros muy incipientes”, resume el coordinador de RICYT.

Pocas patentes

No obstante, dentro de las diferencias, existen numerosas características en común. Por ejemplo, “la participación de las empresas en el sector del I+D es muy baja en comparación con otras regiones”. En relación a este dato, el informe también destaca que el número de patentes de América Latina y el Caribe es extremadamente bajo, con solo un 0,8% de todas las del mundo, una cifra que se mantiene inalterable desde 2009. Esta cifra debería ser mucho mayor no solo por el peso económico de esta región en el mundo, sino porque las publicaciones científicas han alcanzado un 5% del total (según las recogidas en la base de datos SCOPUS).

En opinión de Barrere, los datos demuestran que “es necesaria la cooperación entre los países de la región porque ninguno tiene un volumen suficiente como para pensar que puede lograr un gran desarrollo científico y tecnológico por sí mismo” y “es importante no tirar por la borda el esfuerzo realizado anteriormente, porque los resultados de la I+D no se ven inmediatamente”.

Invertir en I+D es “un factor necesario para el desarrollo, pero no el único”, advierte. Las características de cada país implican demandas diferentes, así que hace falta una buena coordinación de la ciencia con el resto de las políticas. Es decir, que resulta imprescindible “tener en cuenta cuáles son las demandas de la sociedad y de la industria”.

Por eso, el Observatorio Ciencia, Tecnología y Sociedad de la OEI tiene por objetivo estudiar las relaciones entre estos diferentes actores, analizar qué aportan al desarrollo de los países y cómo atienden a las demandas sociales. “Debemos generar información para mejorar el análisis de la situación y el diseño de políticas”, explica Barrere.



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