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De nuevo los campos tristes y el maíz incierto


Pedro Raúl Solórzano Peraza


Lo que pudiéramos escribir en relación a la incertidumbre del maíz, es válido, en las condiciones actuales, para cualquier otro cultivo en las regiones agrícolas de Venezuela. Tomemos al maíz como ejemplo, ya que es uno de los principales cultivos del mundo, si no el más importante de todos, especialmente en nuestro país donde la base de las comidas es la tradicional arepa.

Venezuela necesita cada año más de un millón de toneladas de maíz blanco para la industria de harina precocida, y más de dos millones de toneladas de granos forrajeros para la industria de alimentos balanceados para animales (ABA), donde el maíz amarillo va a la vanguardia. Esto significa, que con un rendimiento promedio nacional tan excelente como 5 toneladas de grano por hectárea (5 ton/ha), para producir un mínimo de tres millones de toneladas de maíz se requiere sembrar 600.000 hectáreas.

Pero de nuevo los campos están tristes, porque viene abril cuando debe comenzar la siembra al occidente de Barinas, más acá y más allá de Socopó, y aún no está la semilla, ni el fertilizante, ni el herbicida ni los insecticidas, ni las maquinarias ni los equipos a tono, ni tantos recursos humanos y materiales que hacen falta para el éxito de la actividad agrícola. El Ingeniero Bolotín nos ilustra con cifras, la transición hacia la temporada de lluvias en Turén, donde en promedio, en el mes de abril, ocurren seis días con eventos de lluvia. Entonces estamos cerca del reverdecimiento de nuestros campos, y como escribió Wladislaw Reymont: “Y la tierra esperaba; el sol, otra vez joven, la calentaba; los vientos la desecaban; las lluvias tibias y fecundantes, la regaban; las noches primaverales, brumosas y templadas, la endurecían, y la hierba brotaba ya como un cepillo verde……”

Luego viene mayo cuando se establece el período de lluvias en casi todo el territorio nacional. Lluvias que saciarán la sed de los suelos resecos por el fuerte y prolongado verano. Agua de la lluvia que será retenida en los poros del suelo para alimentar a las plantas, cuyas raíces hurgarán el suelo buscando sus alimentos diarios disueltos en este maravilloso líquido. Es el mes cuando los campos reverdecen, cuando la tierra se humedece y se ablanda para que las semillas germinen y las pequeñas plantas puedan emerger y continuar su vida, libres en el espacio y bañadas por el sol, para fotosintetizar y producir materia orgánica, alimentos directos o indirectos para los organismos heterotróficos que habitamos la tierra.

Hasta hace pocos años, quizás diez o doce años atrás, se logró producir 70% o más de los alimentos requeridos por los treinta millones de venezolanos; sin embargo, ese porcentaje ha venido disminuyendo progresivamente hasta el año pasado cuando se estima que no se logró producir ni siquiera 20% de los requerimientos. Pero las expectativas son cada vez peores, para este año, 2020, cuando ya el aire nos trae olores a tierra mojada de lugares cercanos, no hay en el país los suficientes insumos para iniciar la temporada de siembra.

Estamos en una crisis política, social, económica, de todo tipo, peor que todas las anteriores, que con este régimen que impera en Venezuela han sido numerosas. En estos momentos, esta situación se agrava en el campo venezolano, porque todavía parte de la precaria cosecha del año pasado no ha podido ser vendida por los productores a pesar de la escasez de alimentos que existe en el mercado nacional.

Hoy, en Turén y otros sectores de Portuguesa, la recolección y la trilla de los granos están limitadas por la falta de combustible para operar las combinadas y llenar los tanques de los camiones que lo deben llevar a los centros de recepción de cosechas. En La Grita, vemos como toneladas de hortalizas se quedan en la región, no pueden ser transportadas a los grandes centros de consumo del centro del país por falta de gasolina, que a pesar de ello, sigue saliendo de contrabando hacia Colombia con un jugoso e ilícito negocio, o sigue enviándose a Cuba en un acto vil y traicionero con nuestro pueblo, pero beneficioso para los gobernantes de esa pequeña y miserable isla que nos tiene prácticamente colonizados.

Eso ocurre en un país petrolero que además tuvo el complejo refinador más grande de Latinoamérica. No hay gasolina. Maduro, con el realismo mágico característico de este régimen, organiza la distribución de combustible con prioridad para médicos y agricultores, entre otros. Ya se ha comprobado que es mentira. El militar que ocupa la cartera de agricultura, en una intervención llena de malas palabras, con un vocabulario soez, ante un grupo de personas relacionadas con el mundo agrícola, trataba de justificar la escasez de gasolina con el bloqueo, con el imperio que no les deja traer dos barcos con gasolina que están anclados en algún lugar del Caribe, con las sanciones aplicadas a personas del gobierno que han cometido algún tipo de delito, sin recordar que destruyeron la producción de petróleo, su refinación, y ahora lo poco disponible se lo regalan a Cuba.

Estos años sin agricultura, con nuestros campos vacíos, el agua de la lluvia se irá fluyendo a través de ríos, caños y quebradas de cada cuenca hidrográfica, a perderse en su mayoría hacia el mar. La que infiltra en el suelo se irá a los acuíferos profundos o se evaporará desde los poros del suelo para perderse en la atmósfera. No habrá raíces suficientes que la puedan utilizar, más allá de las raíces de malezas que ocuparán los espacios donde deberían estar plantas de maíz, arroz, soya, caña de azúcar, girasol, algodón, hortalizas, raíces y tubérculos, pastizales y otras.

Por eso decimos que vamos a perder otra temporada de lluvias, otro ciclo de secano, nuevamente por la incuria e ignorancia de nuestros gobernantes, o por su mala intención, quien sabe…..


Pedro Raúl Solórzano Peraza es colaborador destacado de Mundo Agropecuario

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