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Engorde de pargos lunarejos para enfrentar el cambio climático: Nicaragua


Por José Armando González

@jag_ojeda


A unos 30 minutos de la ciudad de El Viejo, Chinandega, se ubica la comunidad de Aserradores, muy cerca del Golfo de Fonseca, al oeste de Nicaragua. Las familias por décadas han sobrevivido de las conchas negras, los punches y los peces; sin embargo, encontrar peces en alta mar es una tarea difícil y riesgosa.

Elena del Carmen Martínez, pescadora artesanal y habitante de Aserradores, recuerda que la pesca era bonita, “había bastantes peces, si uno iba a pescar traía su bidón o dos bidones. Ahora solo sacan 15 o 20 libras (los pescadores)”.

La escases de peces la adjudican al uso de artes de pescas dañinas con el ecosistema, “el uso de explosivos ha venido disminuyendo los peces, muere todo, la larva. Se está destruyendo el medio ambiente”, explica preocupada la también conchera y punchera.

Para los pescadores de la zona, la pesca no es una tarea fácil ni de mucha ganancia. A diario se enfrentan con vientos fuertes, grandes olas, rayos, vuelcos, naufragios, mutilaciones y la misma muerte.

Los riesgos de la bomba

Un gran destello de luz, seguido de oscuridad, es lo que recuerda Pablo Espinoza en una de sus idas al mar hace 12 años. Una bomba le cercenó su mano derecha, provocó heridas profundas en el rostro y le hizo perder su ojo derecho.

“El día del accidente me miré destruido, yo pedía en el hospital no seguir viviendo en este mundo. Sentía que mi vida iba a ser más sufrida. Muchas veces pensé en suicidarme”, detalló Espinoza.

La familia y los amigos hicieron que se recuperara del fatal accidente y alejara esos pensamientos de su cabeza. Poco a poco logró incorporarse a su vida cotidiana.

En el 2018, Pablo y Elena, junto a otros pescadores decidieron entrar en el cultivo de peces en jaulas sobre esteros, una tecnología sostenible y amigable con el medio ambiente que les ha permitido mejorar sus ingresos y calidad de vida. Ambos promueven en la comunidad no usar bombas ni artes nocivas.

Les llamaron locos por querer cultivar peces

En la comunidad Venecia, ubicada en el Estero Padre Ramos, algunos de sus pobladores decidieron dejar los riesgos y desafíos de la pesca en alta mar por el engorde de pargos lunarejos cerca de sus hogares y familia.

Al principio, muchas personas les decían que era una locura tener peces encerrados y dudaban de que alcanzarán cinco mil peces en una jaula.

Hace más de 2 años se formó la Cooperativa Abraham Moreno, de la que Arelis Flores Manzanares forma parte junto a 11 pescadores más. Con el apoyo de la Fundación Luchadores Integrados por el Desarrollo de la Región (LIDER) pudieron establecer una granja para la cría y engorde de peces.

Aunque en su primer ciclo productivo 2018 – 2019 les fue muy bien, no fue así en el siguiente ciclo 2019 -2020, “perdimos la cosecha por la crisis socio política que atraviesa el país, la pandemia del COVID-19, las camaroneras dejaron de producir y los peces se desnutrieron. Tratamos de salvarlos pescando sardinas, pero no fue suficiente para todos los peces”.

A pesar de haber perdido la cosecha, Flores considera que el cultivo de peces “es una buena alternativa sin hacer daño al medio ambiente, pues no necesitas arriesgarte en aguas profundas ni usar bombas para sacar un pez”. Esperan recuperarse con la cosecha del 2021.

Enfrentando el cambio climático

En el Estero Padre Ramos hay 9 cooperativas que están engordando pargo lunarejo, como una alternativa al cambio climático, la variabilidad climática y el agotamiento de los bancos de peces en sus comunidades, que los orilla aún más a una situación de pobreza extrema.

Sander Martínez, técnico de Fundación LIDER, asegura que el aprovechamiento de los recursos marino costeros se hace con el permiso correspondiente del Ministerio del Ambiente y los Recursos Naturales (MARENA) y el Instituto Nicaragüense de la Pesca (INPESCA), más el apoyo de Fundación LIDER, Amigos de la Tierra, la Universidad Nacional Autónoma, León (UNAN-León) y la Cooperación Galega.

El cambio climático ha provocado cambios en los periodos de reproducción de peces, los juveniles son escasos, provocando que las siembras no sean uniformes en todas las granjas y los ciclos productivos sean más largos.

Actualmente, dependen de la producción de las camaroneras quienes les donan la cabeza fresca para el engorde, obligándolos a cortar el ciclo productivo. Esto no permite desarrollar la producción a su máxima capacidad, ni obtener mejores rendimientos ni incrementar los ingresos económicos de las familias.

Para enfrentar esta situación, “estamos brindando asistencia técnica y un mejor acompañamiento a las cooperativas, a pesar de la pandemia del coronavirus. Hemos construido una planta procesadora para disponer de alimento (harina de cabeza de camarón, viseras de peces) en distintos periodos del año y estamos incursionado en el manejo de padrotes en el medio natural para contribuir a la repoblación de la especie en los esteros”, finalizó Martínez.

Los fondos provenientes de la Cooperación Galega fueron de 209 mil euros y benefició a 124 pescadoras/es artesanales.


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