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La acuicultura venezolana y la teoría de la cebolla

Germán Robaina G.

robainag@gmail.com


Desde hace ya bastante tiempo (80 años) Venezuela ha tratado de desarrollar la actividad acuícola comercial, sin embargo, hoy por hoy poseemos uno de los más básicos e ineficientes sistemas de producción acuícola de Latinoamérica como consecuencia de un gran cúmulo de errores, acciones, inacciones, miedos, temores y desaciertos cometidos por todos nosotros.

Quizá la idiosincrasia del venezolano, el facilismo para desarrollarnos sin prácticamente tener que hacer nada para subsistir gracias a la otrora riqueza petrolera, un gen recesivo que posiblemente llevemos dentro, la tozudez o la alta variabilidad genética consecuencia de los millones de extranjeros que encontraron refugio en nuestro país en sus años negros, pueden habernos generado algún síndrome que no nos hemos percatado de poseer. O tal vez, tal como reporta la marina norteamericana para sus perros de raza pastor/lobo, la extrema insolación, el calor del trópico y/o la eventual deshidratación ha afectado fuertemente nuestra capacidad de razonar y hacerle caso al denominado “sentido común”.

Tal como una cebolla, la actividad acuícola nacional está conformada por un gran número de capas que representan a todos y cada una de las instituciones y actores vinculados con su desarrollo.

En la medida que estas capas se van acumulando, creciendo, eliminando, limpiando o corrigiendo, el sistema debería ir madurando y optimizándose en beneficio del país y de todos los entes y actores vinculados, tanto públicos como privados.

La adición de una nueva capa (actor), su eliminación, limpieza y/o corrección, no implica despreciar lo ya recorrido y aprendido por cada uno de nosotros a lo largo de los años, sino que representa el paso a un nuevo nivel de desarrollo profesional, y dependerá de la participación de todos y cada uno de nosotros poner toda nuestra experiencia en función del beneficio de la actividad como un bien común.

Los tradicionales enfrentamientos políticos, personales, profesionales, institucionales y generacionales, como los sufridos con el sector camaronero -por sólo poner un ejemplo reciente- no nos traen nada nuevo ni bueno. Se hacen propuestas que se consideraban necesarias y favorables para el sector, pero nunca falta quien las critique a priori tan sólo por provenir de una esquina diferente a la suya. Tan sólo por colidir con algo que se tenía soñado, aunque nunca se hubiese planteado. Tan sólo por provenir de alguien a quien se considera un posible rival en nuestras aspiraciones profesionales, gremiales o dictatoriales.

Si todos y cada uno de nosotros no está dispuesto a hacer, recibir, discutir y compartir aportes, ideas o propuestas, cada día será más difícil corregir el entuerto acuícola existente.

Todos los sabiondos especializados, desde los procesos de la denominada Terapia de Respuesta Espiritual (TRE) -para aquellos que creemos en ella-, hasta las técnicas básicas de planificación y análisis de estrategias previas a la toma de decisiones, coinciden que la primera capa a limpiar, corregir o eliminar, es la capa más superficial.

Sin tocarla a ella no podemos acceder a las capas más internas. Ella contiene y represa a todas las otras capas y de ella depende el inicio de un programa integral, honesto, efectivo y sincero para destrabar el desarrollo acuícola nacional e intentar pasar de una acuicultura 0.5 en la que creemos nos encontramos, hasta una acuicultura 3.0 para no ser tan extremadamente optimista (otros países desarrollan ya acuicultura 5.0).

Ya en artículos anteriores hablamos sobre el desarrollo acuícola armónico y sustentable y sus diferentes componentes, destacando en ese esquema la necesidad de considerar, corregir y optimizar desde la estructura organizativa y funcional de la actividad, hasta la utilización responsable y armónica de los permisos y autorizaciones que nos sean concedidos para su desarrollo.

Sin embargo, aunque propuestas vienen y van, no paramos de despreciar todas y cada una de ellas, la mayoría de las veces dejando en evidencia la muy baja calidad técnica y científica de muchos de nosotros, los rasgos más evidentes del egoísmo imperante, y las deficiencias de nuestro alto gobierno pesquero.

Y como “alto gobierno pesquero” no nos referimos únicamente a MinPesca y su brazo ejecutor, sino a todo el conjunto de entes oficiales vinculados de una u otra forma con la actividad, tales como ministerios, corporaciones regionales, gobernaciones y universidades -entre las principales- que tienen entre sus atribuciones velar por el progreso, bienestar, salud, alimentación y desarrollo armónico de la población, y responsables directos o indirectos, activos o pasivos de los reiterados obstáculos que se le imponen a la actividad.

Propuestas tales como desconocer el efecto de la endogamia en los procesos de producción de alevines. Promover el cultivo de peces en las lagunas del Arco Minero sin tomar en cuenta su elevada concentración de arsénico y mercurio. La regulación de la actividad en base a su potencial como generadora de impuestos y no de biomasa, empleos, desarrollo o divisas, evidencian fallas en la visión y en la gestión acuícola nacional.

Los múltiples, frecuentes y evidentes enfrentamientos internos entre el ente rector y su brazo ejecutor, la insistencia en obstaculizar ambientalmente todo intento de desarrollo a escala comercial de la actividad acuícola, y el rechazo y críticas hacia los profesionales que se atreven a opinar y/o proponer estrategia y correctivos, tan solo son muestras de la desvinculación e irrespeto que se sufre puertas adentro en el sector, pero, lo peor de todo es que estas críticas no siempre vienen desde el sector público. La mayoría de las veces viene desde nuestro mismo gremio, los acuicultores. Nuestro mismo sector.

Así que la capa más superficial de nuestra cebolla acuícola, la primera que debemos tomar en cuenta, revisar y corregir, es nuestra actitud en pro del desarrollo de la actividad acuícola nacional. O estamos a favor de la actividad y colaboramos, o estamos en contra de ella y continuamos obstaculizándola con nuestra actitud.

Son alarmantes las distorsiones, errores e indiferencia de la mayoría de los actores públicos y privados hacia cualquier propuesta que se le haga llegar en pro del desarrollo acuícola nacional.

Es indignante como se vetan y critican tanto desde el sector público como del sector privado a los profesionales que tratan de colaborar en corregir el entuerto acuícola existente.

Pero también es escalofriante, que se pidan acciones concretas, se propongan estrategias, leyes y reglamentos actualizados para la promoción de la actividad acuícola nacional, y tan solo se reciban obstáculos, desprestigios, rechazos y críticas por parte de colegas supuestamente interesados en el desarrollo del sector.

Así que consideramos que la capa más superficial de nuestra cebolla acuícola no es -como la mayoría supone- el sector público regente (pesca y ambiente). Esa es la capa a la que todos y cada uno de nosotros achaca responsabilidades y recurrimos cuando queremos expresar penas y frustraciones, y aunque tiene sus grandes debilidades, puede que no sean las de mayor peso.

La capa más superficial de nuestra cebolla acuícola no es otra que la capa que nos agrupa a nosotros mismos. Los usuarios del sistema. Los acuicultores. Y aunque ella, como cubierta externa debería actuar como cubierta protectora, es una capa sumamente porosa e irregular que impide uniformidad y estrategias asertivas.

De nosotros mismos depende que esa sea la capa de una cebolla bien desarrollada, limpia, sin deformidades, sin poros, de buen aspecto y productividad.

Por otra parte, la conformación, actuación y aportes de cada uno de los niveles internos de esa cebolla son indispensables para la existencia del sistema acuícola nacional (célula, tejido, órgano, sistema), y si no se vinculan adecuadamente, el sistema acuícola nacional jamás funcionará adecuadamente.

Claro que sí. Requerimos de un ente rector moderno y comprometido con el desarrollo del sector. De un ente ejecutor de las políticas acuícolas que no imponga obstáculos y dilaciones. De un ministerio en materia ambiental que no nos obstaculice en extremo mucho más allá que a otras muchas actividades antrópicas que se desarrollan en el país. De un servicio de vigilancia pesquera y acuícola que supervise y controle el desarrollo de la actividad en manos de los privados, pero respetando el marco jurídico existente.

Las corporaciones regionales de desarrollo, las gobernaciones de estado, los consejos municipales, las universidades e institutos de investigación, los profesionales y técnicos, los obreros, los inversionistas, comercializadores, proveedores de insumos, consumidores, importadores y exportadores de biomasa acuícola y sus industrias conexas, también forman parte de nuestra cebolla acuícola.

Ninguno de nosotros es propietario de la única verdad, y ninguno de nosotros tiene la exclusiva potestad de regirla, manejarla y/o obstaculizarla a su antojo.

Ya lo hemos dicho con anterioridad, debemos estar todos dispuestos a ofrecer nuestra experiencia y experticia en pro del desarrollo de la actividad acuícola nacional, por lo que, por favor, no lo hagamos tan difícil. Tan sólo debemos ayudar a engrasar las vías para que entre todos se pueda desarrollar la actividad sin más contratiempos, sin más obstáculos, sin más errores, sin más excusas y, por sobre todo, sin más enfrentamientos.

Aplaudimos la propuesta de reactivar un Programa Nacional de Capacitación en Acuicultura y un Programa de Investigación Orientada para el sector acuícola propuesta desde Asoproco. Ya en el pasado programas similares desarrollados de la mano del antiguo CONICIT, demostraron su efectividad para el sector y el país.

500.000.000 de raciones son muchas raciones, pero por sobre todo muchas razones.


Germán Robaina G. es colaborador destacado de Mundo Agropecuario

Este trabajo fue enviado por el autor o autores para Mundo Agropecuario, en caso que se desee reproducir le agradecemos se destaque el nombre del autor o autores y el de Mundo Agropecuario, redireccionando hacia el artículo original.

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