Un desarrollo argentino utiliza fragancias sintéticas y la memoria olfativa de las colonias para orientar a los insectos hacia floraciones de interés agrícola
Redactor: Santiago Duarte
Editor: Karem Díaz S.
Investigadores de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) desarrollaron en Argentina un método para entrenar colonias de abejas melíferas y dirigir su actividad hacia cultivos determinados. La tecnología aprovecha la capacidad de estos insectos para aprender olores florales, conservarlos en la memoria y compartir esa información dentro de la colmena.
El trabajo está encabezado por Walter Farina, biólogo, profesor de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA e investigador del Conicet. Su equipo pertenece al Laboratorio de Insectos Sociales del Instituto de Fisiología, Biología Molecular y Neurociencias (IFIBYNE), donde desde hace décadas estudian el comportamiento, la comunicación y los procesos de aprendizaje de las abejas.
La investigación añade una herramienta de manejo a la función que las abejas cumplen naturalmente en el campo. La polinización cruzada resulta decisiva para la reproducción y productividad de numerosos cultivos, pero la presencia de colmenas cerca de una plantación no garantiza que todas las recolectoras se concentren en las flores que interesan al productor.
La memoria olfativa se transmite dentro de la colmena
El punto de partida fue comprobar que una abeja puede aprender el aroma de una flor sin haberla visitado. Cuando una recolectora regresa a la colmena, entrega pequeñas cantidades del néctar obtenido mediante contactos boca a boca. Ese alimento aporta azúcar, pero también conserva información química sobre la fuente floral de la que procede.
Durante esos intercambios, numerosas abejas entran en contacto con el néctar y forman una memoria olfativa estable. Al salir posteriormente a recolectar, pueden reconocer con rapidez una fragancia semejante y orientar su búsqueda hacia las flores asociadas con aquella experiencia alimentaria.
La capacidad cognitiva que sustenta el procedimiento coincide con investigaciones sobre los mecanismos cerebrales vinculados al aprendizaje de las abejas. Estos insectos no responden únicamente a estímulos inmediatos: también retienen información, discriminan aromas y modifican su conducta a partir de experiencias anteriores.
Perfumes sintéticos asociados con una recompensa
Para trasladar ese conocimiento a la agricultura, los científicos analizaron los compuestos que integran las fragancias naturales de diferentes flores. A partir de esa información elaboraron formulaciones sintéticas simplificadas que reproducen señales aromáticas reconocibles para las abejas.
El entrenamiento consiste en suministrar dentro de la colmena una solución azucarada combinada con el perfume correspondiente al cultivo. De esta forma, los insectos relacionan el aroma con una recompensa alimentaria. El reconocimiento se verifica mediante la extensión de la probóscide, el órgano tubular que utilizan para alimentarse, una respuesta comparable al condicionamiento observado en los conocidos experimentos de Iván Pavlov.
La señal se distribuye luego entre miles de integrantes de la colonia por medio de los intercambios de alimento. Cuando las recolectoras encuentran en el campo una floración con características aromáticas semejantes, comienzan a visitarla antes y con mayor frecuencia, lo que puede intensificar la transferencia de polen.
La UBA informó previamente que los ensayos realizados con este método registraron aumentos de producción de frutos o semillas que variaron entre 20 % y 90 %, según el cultivo y las condiciones evaluadas. Esos resultados no constituyen una cifra uniforme aplicable a cualquier explotación, ya que el desempeño depende de la especie, el ambiente, la floración, el estado de las colmenas y el manejo agronómico.
Fragancias patentadas para frutales y cultivos extensivos
El equipo obtuvo formulaciones para girasol, kiwi, arándano, pera, manzana y almendro. De acuerdo con la información más reciente aportada por Farina, también avanzan los trabajos para incorporar palta, frutilla, café y cerezo. Las patentes protegen un desarrollo surgido de investigaciones realizadas íntegramente en Argentina.
La UBA y el Conicet licenciaron la tecnología a Beeflow Corporation, empresa que la utiliza en Argentina, Estados Unidos, México, Chile, Perú y Brasil. Su aplicación comercial busca complementar la instalación tradicional de colmenas junto a las plantaciones con una orientación más precisa de las recolectoras.
El potencial productivo se observa también en experiencias convencionales como la incorporación de abejas para mejorar la polinización de la soja. En ambos casos, el objetivo es aprovechar de manera más eficiente la actividad de los insectos durante el periodo limitado en que las flores permanecen disponibles.
El entrenamiento debe adaptarse a cada floración
La duración del efecto obliga a diseñar protocolos diferentes para cada cultivo. Farina explicó que la memoria generada por la transferencia de alimento puede mantenerse aproximadamente diez días. Ese periodo cubre una parte considerable de la etapa recolectora de una abeja, que durante el verano ocupa cerca de los últimos 20 días de una vida adulta de alrededor de 40 días.
En el kiwi, cuya floración se extiende aproximadamente durante dos semanas, el entrenamiento inicial puede acompañar buena parte del periodo crítico. En el arándano, donde las flores aparecen de manera escalonada durante varias semanas y la temporada puede prolongarse hasta un mes y medio, la colonia necesita estímulos adicionales.
La innovación no elimina la necesidad de proteger la salud de los polinizadores. Farina advirtió que las colmenas utilizadas en agricultura suelen introducirse en paisajes fragmentados, con poca diversidad floral y exposición potencial a pesticidas. Un entrenamiento más eficiente podría permitir que las abejas completen antes su labor y sean retiradas oportunamente, siempre que exista un manejo adecuado.
La conservación del entorno continúa siendo complementaria a cualquier herramienta de precisión. Estudios sobre los beneficios de la agroforestería para las abejas y los cultivos muestran que la disponibilidad de hábitats diversos favorece tanto la abundancia de polinizadores como el servicio que prestan a la producción agrícola.
El grupo del IFIBYNE también estudia desde hace ocho o nueve años los procesos de aprendizaje y memoria de los abejorros. Aunque sus colonias comerciales reúnen aproximadamente entre 100 y 150 individuos, frente a las sociedades de hasta 60.000 ejemplares que pueden formar las abejas melíferas, los investigadores consideran posible adaptar el principio del entrenamiento a estos polinizadores.
Fuentes referenciales:
Bichos de Campo
Universidad de Buenos Aires


