Agricultura

El productor agropecuario que ya no se parece al de hace 40 años

Publicado el 10/10/2026 ·

Ing. Agr. Gustavo Huesca Perez

Consultor y Analista Agropecuario


Hay una imagen del productor agropecuario que todavía permanece en el imaginario de buena parte de la sociedad.

El hombre de campo arriba de un tractor, recorriendo sus lotes, mirando el cielo para saber si va a llover, tomando decisiones basadas fundamentalmente en su experiencia y recorriendo personalmente cada rincón de su establecimiento.

Esa imagen existió. Y en muchos lugares todavía existe.Yo nací a mi vida profesional junto a ese hombre.

Pero ese hombre ya no alcanza para describir al productor agropecuario del siglo XXI.

El productor de hoy se parece cada vez menos a aquel que conocimos hace más de cuarenta años. No necesariamente porque haya cambiado su vocación, sino porque cambió radicalmente la forma de producir.

Hoy puede comenzar el día mirando en su teléfono el pronóstico meteorológico para los próximos diez días, revisar imágenes satelitales de sus lotes, analizar un mapa de ambientes, consultar una aplicación de precios, comunicarse con su asesor agronómico, coordinar con un contratista la aplicación de un fertilizante y terminar la jornada mirando en una pantalla el rendimiento obtenido por una cosechadora que registró prácticamente metro por metro lo que ocurrió en el campo.

El campo dejó de ser solamente tierra, maquinaria y trabajo.

Es también, y fundamentalmente, información.

Y posiblemente esta sea una de las transformaciones más profundas que haya experimentado la agricultura en las últimas décadas.

Del ojo del productor al dato

Hace cuarenta años, muchas decisiones dependían fundamentalmente del conocimiento acumulado por el productor.

Y ese conocimiento tenía un enorme valor.

El productor conocía sus potreros, sus bajos, sus lomas, los sectores que se anegaban, las zonas donde la soja rendía mejor o donde el maíz necesitaba mayor fertilización.

Sabía interpretar el color del suelo, la humedad y hasta determinados comportamientos del clima.

Hoy ese conocimiento no desapareció. Se complementó con tecnología.

La agricultura moderna combina experiencia con información.

Un lote puede ser analizado mediante imágenes satelitales, sensores, mapas de rendimiento, análisis de suelo georreferenciados, estaciones meteorológicas, modelos climáticos y sistemas de agricultura de precisión.

La maquinaria también dejó de ser simplemente una herramienta para hacer una tarea.

Una cosechadora moderna puede registrar rendimiento y humedad prácticamente en tiempo real. Una sembradora puede regular la densidad de semillas y la distribución de acuerdo con ambientes diferentes.

 Los equipos de pulverización pueden trabajar con cortes por sección y tecnologías capaces de reducir superposiciones y optimizar el uso de insumos.

Y detrás de todo eso aparece algo que hace cuarenta años prácticamente no formaba parte del lenguaje cotidiano del productor:

los datos.

El productor moderno produce alimentos, pero también produce información.

Y esa información tiene valor económico.

Una revolución que no siempre vemos

Argentina es un buen ejemplo.

El país acaba de atravesar una campaña 2024/25 en la que la soja alcanzó aproximadamente 49,9 millones de toneladas, con una superficie sembrada de 17,8 millones de hectáreas. El rendimiento promedio de la soja de primer rondó los 30,6 quintales por hectárea.

Pero detrás de esos números hay una transformación tecnológica enorme.

La agricultura argentina incorporó durante décadas siembra directa, genética mejorada, biotecnología, fertilización, agricultura de precisión, maquinaria cada vez más sofisticada, sistemas de información y nuevas formas de organización empresarial.

El cambio no ocurrió solamente dentro del lote.

También cambió la estructura de negocios.

El productor ya no necesariamente posee toda la maquinaria que utiliza.

Puede contratar la siembra, la pulverización o la cosecha.

Puede contratar, y lo hace, asesoramiento agronómico. Puede tercerizar labores.

Puede vender su producción mediante distintas herramientas comerciales. Puede financiarse de diferentes maneras.

Puede recibir información climática y de mercados en su teléfono.

Es decir: la unidad productiva dejó de ser exclusivamente la explotación agropecuaria. Se convirtió en una red.

Productor, contratista, ingeniero agrónomo, proveedor de insumos, semillero, empresa tecnológica, acopio, industria, exportador, banco y aseguradora forman parte de un mismo sistema.

Esta transformación tiene una enorme importancia.

Porque significa que medir solamente cuántos productores existen ya no alcanza para comprender cuánto trabajo, conocimiento y actividad económica genera el campo.

Pero hay una paradoja

Y aquí aparece, a mi juicio, la gran pregunta.

Mientras hacemos una agricultura cada vez más sofisticada…

¿qué está ocurriendo con las personas que viven en el territorio rural?

Porque podemos tener una agricultura extraordinariamente eficiente y, al mismo tiempo, un territorio cada vez menos poblado.

Y esa es una contradicción que deberíamos discutir mucho más.

El Censo Nacional Agropecuario 2018 registró 249.663 explotaciones agropecuarias en la Argentina. En esas explotaciones trabajaban en forma permanente 418.058 personas y se identificaron 700.750 residentes. Solamente el 11% de los productores y socios relevados en explotaciones de personas humanas o sociedades de hecho no registradas tenía menos de 40 años.

Ese último dato debería hacernos pensar. Es realmente preocupante.

Porque el problema del campo no es solamente cuánto produce.

También es quién va a producir dentro de veinte o treinta años.

Si cada vez necesitamos menos personas para producir más toneladas, la productividad mejora. Eso es indiscutible.

Pero si simultáneamente desaparecen escuelas rurales, almacenes, talleres, cooperativas, clubes, estaciones de servicio y pequeños pueblos, entonces aparece una pregunta mucho más profunda:

¿Estamos desarrollando el sector agropecuario o solamente aumentando la eficiencia productiva de la tierra?

No son exactamente la misma cosa.

La agricultura puede ser moderna y el territorio puede quedar vacío

No deberíamos cometer el error de enfrentar tecnología con población rural. La tecnología no es el enemigo. Todo lo contrario.

La tecnología puede ser una de las herramientas más importantes para que una familia pueda seguir viviendo en el campo.

El problema aparece cuando la modernización productiva no viene acompañada de una modernización territorial.

Porque una cosa es producir más con menos trabajadores.

Otra muy distinta es producir más mientras desaparecen las condiciones necesarias para que las personas quieran seguir viviendo en esos territorios.

Internet, caminos, energía, educación, salud, transporte y vivienda forman parte también de la infraestructura productiva.

No son un lujo. Ya lo explicamos en anteriores artículos donde desarrollamos un tema preocupante como lo es el éxodo rural.

Un productor que necesita internet para manejar una plataforma digital, consultar información meteorológica o comercializar su producción necesita conectividad rural.

Una familia que vive en el campo necesita una escuela, caminos transitables, centros de salud apropiados.

Un joven necesita posibilidades de estudiar y trabajar sin tener necesariamente que abandonar su pueblo.

La propia FAO y CEPAL vienen señalando que la infraestructura de telecomunicaciones y la alfabetización digital son condiciones básicas para que la transformación tecnológica llegue realmente a los territorios rurales. Y también advierten que existen fuertes diferencias de infraestructura y acceso digital entre países y dentro de ellos.

Por lo tanto, la pregunta no debería ser si queremos un campo tecnológico.

Por supuesto que lo queremos.

La pregunta debería ser:

¿Queremos un campo tecnológico con territorio debidamente ocupado o no?

Argentina no está sola

Y aquí es donde esta reflexión deja de ser exclusivamente argentina.

Porque el fenómeno atraviesa prácticamente a toda América del Sur.

Brasil tiene una agricultura altamente tecnificada y grandes cadenas agroindustriales, pero también enormes desigualdades territoriales.

Uruguay desarrolló una ganadería y una agricultura de elevada incorporación tecnológica, pero enfrenta sus propios desafíos demográficos.

Paraguay experimentó una extraordinaria transformación de su agricultura y de su producción de soja, pero también debe resolver cómo ese crecimiento se traduce en desarrollo territorial.

Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia tienen realidades productivas completamente diferentes, pero enfrentan igualmente el desafío de incorporar tecnología sin dejar atrás a los pequeños productores y a las comunidades rurales.

Chile, con una agricultura intensiva y orientada a la exportación, tiene otro escenario, pero comparte la necesidad de mejorar productividad, agua, conectividad y sostenibilidad territorial.

No existe una única agricultura sudamericana. Hay muchas agriculturas. Pero existe un desafío común.

Transformar productividad en desarrollo.

Y esas dos palabras no significan exactamente lo mismo.

El enorme potencial sudamericano

América del Sur tiene una ventaja extraordinaria.

Tiene tierra. Tiene agua. Tiene biodiversidad. Tiene climas diversos.

Tiene conocimiento agronómico. Tiene productores experimentados.

Tiene universidades. Tiene instituciones de investigación.

Tiene empresas de maquinaria, genética, insumos y tecnología.

Tiene enormes mercados internos.

Y tiene una posición privilegiada para abastecer alimentos al mundo.

Pero no deberíamos conformarnos con ser solamente una gran fábrica de commodities.

Ese es uno de los grandes debates que debería darse en nuestra región.

Porque producir millones de toneladas de soja, maíz, trigo, carne o azúcar es importante.

Pero generar tecnología, genética, maquinaria, servicios profesionales, alimentos elaborados, bioproductos y conocimiento es todavía más importante.

La agricultura del futuro no será solamente agricultura.

Será agroindustria, bioeconomía, tecnología y conocimiento.

La agricultura familiar tampoco puede quedar afuera

Hay otro aspecto que merece especial atención.

Cuando hablamos de tecnología solemos imaginar grandes establecimientos agrícolas.

Pero América Latina tiene millones de productores pequeños y familiares.

La FAO estima que la agricultura familiar representa más del 80% de las explotaciones agrícolas de América Latina y el Caribe. Además, tiene una participación decisiva en la producción de alimentos, la conservación ambiental y el desarrollo rural.

Por eso sería un error pensar que la transformación tecnológica consiste únicamente en tractores autónomos, drones o cosechadoras inteligentes.

También puede tener una aplicación que permita a un pequeño productor conocer el precio de un mercado.

Una plataforma que conecte oferta y demanda. Un sistema de trazabilidad. Una herramienta de diagnóstico sanitario.

Una estación meteorológica de bajo costo.

Un sistema de riego eficiente. Una capacitación periódica online.

Una conexión a internet que permita vender directamente.

La tecnología también puede democratizar oportunidades.

Pero solamente si llega.

Porque una revolución tecnológica que deja afuera a los pequeños productores puede terminar aumentando las diferencias existentes.

El nuevo productor necesita nuevas políticas

Aquí aparece una responsabilidad enorme de los Estados.

Las políticas agropecuarias diseñadas para el productor de hace cuarenta años probablemente ya no alcanzan para el productor de hoy.

El nuevo productor necesita infraestructura digital.

Necesita caminos. Necesita conectividad. Necesita financiamiento.

Necesita seguros. Necesita información. Necesita capacitación.

Necesita reglas estables.

Necesita mercados transparentes.

Necesita instituciones de investigación fuertes.

Y necesita, fundamentalmente, previsibilidad.

No hay innovación posible cuando el productor no sabe si podrá recuperar la inversión realizada.

Comprar una sembradora inteligente, instalar riego, adoptar agricultura de precisión o incorporar genética requiere capital.

Y el capital necesita horizonte.

Por eso una política agropecuaria moderna no debería limitarse a discutir impuestos, retenciones, créditos o subsidios.

Debe discutir qué campo queremos tener dentro de veinte años.

La edad también importa

Hay otro problema que considero particularmente preocupante: el recambio generacional.

La agricultura se está volviendo cada vez más tecnológica, pero necesitamos que los jóvenes quieran continuar vinculados al sector.

Y para eso no alcanza con decirles que «el campo es el futuro».

Tenemos que hacer que ese futuro resulte atractivo.

Un joven rural no debería tener que elegir entre vivir en su pueblo o acceder a tecnología.

No debería tener que elegir entre trabajar en el campo y estudiar.

No debería tener que abandonar su lugar de origen para tener una buena conexión a internet.

No debería tener que emigrar porque en su localidad no existe una oportunidad laboral acorde con su capacitación.

Si queremos poblar el territorio, debemos crear condiciones para que quedarse sea una opción y no una condena.

Una región que produce alimentos, pero todavía no produce suficiente desarrollo

América del Sur tiene una oportunidad histórica.

El mundo necesitará más alimentos.

Pero también necesitará alimentos producidos con menor impacto ambiental, trazabilidad, eficiencia en el uso del agua, conservación de suelos, reducción de emisiones y mayor incorporación de conocimiento.

La FAO señala que los sistemas agroalimentarios continúan teniendo un enorme peso económico y laboral en América Latina y el Caribe: la agricultura representa alrededor del 5% del PIB regional y el 18% del empleo, según datos citados por FAO/CEPAL.

Es decir, estamos hablando de mucho más que un sector económico.

Estamos hablando de una parte fundamental del tejido social latinoamericano.

Y allí aparece una responsabilidad histórica.

No podemos repetir el modelo de crecimiento en el que el campo produce cada vez más, pero los pueblos tienen cada vez menos habitantes.

No podemos medir el éxito únicamente en toneladas por hectárea.

Tenemos que empezar a medir también habitantes por territorio, jóvenes que permanecen, escuelas rurales que funcionan, conectividad, valor agregado generado localmente y empresas que nacen alrededor de la producción primaria.

Eso también es desarrollo.

Del productor tractorista al productor empresario

Quizás la mejor manera de describir al productor actual sea decir que dejó de ser solamente un productor agropecuario.

Es también empresario, administrador, comprador, vendedor, tomador de riesgos, usuario de tecnología y gestor de información.

Y muchas veces necesita comprender aspectos financieros, comerciales, ambientales y tecnológicos que hace treinta años ni siquiera formaban parte de su actividad cotidiana.

Pero hay algo que no cambió.

Sigue dependiendo de la lluvia. Sigue mirando el cielo.

Sigue enfrentando heladas, sequías, inundaciones, granizo, enfermedades, precios internacionales y decisiones políticas.

La tecnología redujo incertidumbres. No eliminó los riesgos.

Y quizás ahí esté una de las grandes paradojas de nuestra actividad.

Tenemos más información que nunca y seguimos sin poder controlar la naturaleza.

Podemos conocer el pronóstico. No podemos fabricar la lluvia.

Podemos mapear un lote. No podemos eliminar completamente la incertidumbre.

Podemos tener genética extraordinaria. No podemos garantizar un precio internacional.

Por eso el productor del futuro será necesariamente más tecnológico, pero también deberá seguir siendo profundamente agrónomo.

Porque ninguna aplicación reemplaza completamente el conocimiento del territorio.

La gran discusión

Entonces vuelvo a la pregunta inicial.

¿Estamos tecnificando el campo mientras despoblamos el territorio?

Mi respuesta es: podemos estar haciéndolo si no somos capaces de pensar simultáneamente la productividad y el desarrollo territorial.

No es inevitable. Pero tampoco es un problema que vaya a resolverse solo.

La tecnología puede ayudarnos a producir más con menos recursos.

La política debe ayudarnos a que esa productividad se transforme en desarrollo.

La educación debe preparar a las nuevas generaciones.

La infraestructura debe conectar los territorios.

La investigación debe generar conocimiento.

La inversión privada debe encontrar condiciones para crecer.

Y el productor debe tener la posibilidad de seguir siendo productor.

Porque un país agropecuario no se construye solamente con millones de hectáreas sembradas.

Se construye también con personas viviendo, trabajando, estudiando y proyectando su futuro en esas hectáreas.

Y aquí aparece el verdadero desafío sudamericano

Creo que este debate debería atravesar a todos los países de nuestra región.

Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay, Bolivia, México, Chile, Perú, Colombia y Ecuador tienen realidades diferentes.

Pero todos tienen algo en común:

el territorio rural es demasiado importante para dejar que se vacíe.

Tenemos la oportunidad de construir una nueva ruralidad.

Una ruralidad tecnológica. Profesional.Productiva. Sustentable

Conectada. Y, fundamentalmente, humana.

No deberíamos aspirar a volver al campo de hace cuarenta años.

Eso sería imposible y tampoco sería deseable.

Debemos construir el campo de los próximos cuarenta años.

Un campo donde un productor pueda manejar una explotación de cientos de hectáreas desde una computadora, pero donde sus hijos puedan seguir viviendo en el territorio.

Un campo donde una máquina pueda trabajar con centímetros de precisión, pero donde haya una escuela rural abierta.

Un campo donde los satélites puedan observar cada lote, pero donde el Estado también pueda observar las necesidades de quienes viven allí.

Un campo donde producir más no signifique necesariamente vivir menos.

Porque quizás el verdadero desafío de la agricultura sudamericana no sea solamente producir más alimentos con menos recursos.

Quizás sea algo bastante más ambicioso:

producir más, generar más valor y, al mismo tiempo, conseguir que el desarrollo vuelva a tener rostro humano y territorio.

Ese debería ser el verdadero objetivo de la agricultura del siglo XXI.

Y para alcanzarlo necesitamos mucho más que tecnología.

Necesitamos una visión de país.

Y, en definitiva, una visión de continente.


El Ing. Agr. Gustavo Huesca Perez es colaborador destacado de Mundo Agropecuario

Este trabajo fue enviado por el autor o autores para Mundo Agropecuario , en caso que se desee reproducir le agradecemos se destaque el nombre del autor o autores y el de Mundo Agropecuario