Investigadores de la Université de Montréal estudian cepas capaces de soportar mejor infecciones bacterianas en una industria con alto potencial alimentario y ambiental
Redactor: Camila Herrera R.
Editor: Eduardo Schmitz
La mosca soldado negra convierte residuos orgánicos en biomasa, el grillo aporta proteína a la alimentación humana y el gusano de la harina puede incluso degradar plástico. La cría de insectos ha pasado de ser una curiosidad biológica a una actividad productiva con aplicaciones en alimentación animal, manejo de residuos y nuevos ingredientes proteicos.
Sin embargo, la producción intensiva de insectos enfrenta desafíos sanitarios, técnicos y económicos que muchas veces se subestiman. Un equipo multidisciplinario de la Université de Montréal estudió la resistencia a patógenos en distintas cepas de gusano amarillo de la harina, con el objetivo de apoyar granjas de insectos más estables, productivas y resilientes.
Una industria joven con riesgos sanitarios
Los insectos criados en granjas no están libres de enfermedades. Virus, bacterias, hongos y parásitos pueden propagarse rápidamente en sistemas de producción intensiva y provocar mortalidades masivas.
Marie-Odile Benoit-Biancamano, profesora de la Facultad de Medicina Veterinaria de la Université de Montréal, advirtió que las granjas de insectos suelen carecer de infraestructura básica y protocolos sanitarios rigurosos que sí son habituales en explotaciones porcinas o avícolas, como esclusas de ingreso, cambios obligatorios de ropa o procedimientos estrictos de bioseguridad.
El problema es relevante porque la proteína de insectos empieza a ganar espacio como alternativa para piensos, mascotas, acuicultura y otros sistemas productivos. En Mundo Agropecuario ya se ha abordado el potencial de los insectos como forraje, especialmente en especies que pueden aprovechar ingredientes de origen animal dentro de sus dietas.
Diez cepas bajo prueba
Guillaume Saint-Jacques, entonces estudiante de pregrado en ciencias biológicas, trabajó con Benoit-Biancamano y con Colin Favret, profesor del Departamento de Ciencias Biológicas, para analizar la resistencia de distintas cepas de gusanos amarillos de la harina.
El equipo, integrado por especialistas en entomología, patología veterinaria, microbiología y agricultura, expuso 200 larvas de 10 cepas diferentes a Serratia marcescens, una bacteria capaz de infectar numerosas familias de insectos.
Los resultados fueron publicados en el Journal of Economic Entomology. Dos cepas destacaron por su comportamiento: una de origen turco y otra francesa. Algunas cepas mostraron crecimiento rápido y alta mortalidad, mientras que otras, de desarrollo más lento, parecieron resistir mejor las infecciones.
Resistencia, genética y microbioma
Saint-Jacques señaló que los resultados sugieren la posibilidad de orientar las granjas de insectos hacia cepas más robustas. Esto no significa que exista una solución inmediata, pero sí que la selección de linajes podría convertirse en una herramienta importante para reducir pérdidas sanitarias.
Los mecanismos que explican esa resistencia aún no están claros. Los investigadores consideran varias posibilidades: factores genéticos, composición del microbioma y un fenómeno conocido como preparación inmune, mediante el cual los progenitores pueden transmitir cierta protección frente a patógenos a los que estuvieron expuestos.
Comprender esas diferencias será clave para una industria que busca escalar sin repetir errores de otros sistemas intensivos. La cría de insectos ya se proyecta como una fuente de proteína sostenible, pero su éxito depende de sanidad, costos, regulación y aceptación del mercado.
Bioseguridad como condición de crecimiento
La falta de control sanitario tiene consecuencias directas sobre los productores. Cuando las granjas sufren pérdidas repetidas y no pueden identificar si la causa es un patógeno, un ambiente inadecuado o una combinación de ambos, muchas terminan abandonando la actividad.
Los investigadores consideran que la cría de insectos necesita adoptar prácticas de la producción ganadera convencional: selección de cepas, monitoreo sanitario, diagnóstico de enfermedades, control del ambiente y protocolos de bioseguridad diseñados para sistemas intensivos.
Este enfoque es especialmente importante porque los insectos se crían en altas densidades. Esa condición mejora la eficiencia productiva, pero también aumenta la velocidad con la que una infección puede propagarse dentro de una instalación.
Potencial para alimentación animal y residuos
A pesar de los desafíos, los investigadores sostienen que la producción de insectos mantiene un fuerte potencial. Las larvas de mosca soldado negra pueden transformar residuos orgánicos en biomasa aprovechable, mientras que gusanos de la harina y otras especies pueden integrarse en cadenas de alimentación animal y aprovechamiento de subproductos.
En América del Norte, gran parte de la producción de insectos comestibles se orienta a piensos para mascotas, ganado y acuicultura. El desarrollo de este sector también ha sido vinculado con beneficios para la ganadería y la acuicultura, siempre que logre superar barreras de escala, costo y estabilidad productiva.
La investigación de la Université de Montréal apunta precisamente a esa estabilidad. Una granja de insectos no puede ser rentable si las enfermedades generan mortalidades frecuentes o imprevisibles.
Gusanos más resistentes, granjas más viables
El objetivo no es solo producir más insectos, sino producirlos con menor riesgo sanitario. Cepas más resistentes podrían reducir pérdidas, facilitar el manejo y mejorar la previsibilidad de la actividad.
También podrían ayudar a diseñar programas de cría semejantes a los que existen en ganadería tradicional, donde la selección de animales considera productividad, salud, adaptación y desempeño bajo condiciones específicas.
La harina de insectos ya se estudia como ingrediente para dietas de cerdos, aves y peces. En ese contexto, la sanidad de los insectos criados se vuelve tan importante como su perfil nutricional, como se ha señalado en análisis sobre harina de insectos para alimentación animal.
Una práctica prometedora que necesita reglas
Benoit-Biancamano subrayó que el sector necesita comprender mejor las enfermedades, desarrollar herramientas diagnósticas adecuadas y establecer normas rigurosas de bioseguridad. Sin esos elementos, la producción intensiva de insectos puede seguir siendo vulnerable a crisis sanitarias internas.
El estudio no presenta la cría de insectos como una solución automática para los desafíos alimentarios o ambientales. La plantea como una actividad con potencial real, pero que debe profesionalizar sus protocolos si quiere consolidarse como parte de la producción agropecuaria.
La investigación deja una conclusión práctica para el sector: las granjas de insectos requieren el mismo nivel de atención sanitaria que cualquier otra explotación intensiva. Seleccionar cepas más resistentes puede ser un paso importante, pero deberá ir acompañado de bioseguridad, diagnóstico, manejo ambiental y estándares productivos más claros.
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