Una revisión de 45 estudios científicos documentó más humedad, menos erosión y mayor biomasa microbiana con prácticas agrícolas de cobertura
Redactor: Valentina Ríos
Editor: Eduardo Schmitz
Dos prácticas agrícolas conocidas desde hace generaciones están recuperando protagonismo en Europa por su capacidad para mejorar la salud del suelo: el mulching o acolchado y los cultivos de cobertura. Lejos de ser técnicas marginales, una revisión científica reciente las ubica como herramientas concretas para enfrentar la degradación del suelo, conservar humedad, reducir erosión y fortalecer la vida microbiana en sistemas agrícolas sometidos a sequías, lluvias intensas y pérdida de fertilidad.
El análisis, publicado en la revista científica Frontiers in Sustainable Food Systems por investigadores de la Universidad Educons, en Serbia, revisó 45 estudios científicos y documentó beneficios medibles en distintos sistemas agrícolas europeos. Los resultados muestran aumentos de hasta 70% en la retención de humedad, una reducción de hasta 53% en la erosión y un crecimiento de hasta 29% en la biomasa microbiana del suelo.
Qué aportan el mulching y los cultivos de cobertura
El mulching consiste en cubrir la superficie del suelo con materiales orgánicos, como hojas, paja o compost, o con coberturas sintéticas utilizadas en ciertos sistemas agrícolas. Su función principal es proteger el suelo desnudo, conservar humedad, amortiguar cambios de temperatura y limitar el desarrollo de malezas.
Los cultivos de cobertura, en cambio, son plantas sembradas para proteger y activar el suelo entre ciclos productivos o dentro de sistemas de manejo más complejos. Sus raíces ayudan a mejorar la estructura, favorecen la infiltración del agua y aportan materia orgánica cuando los residuos vegetales se incorporan o permanecen sobre la superficie.
Ambas técnicas se relacionan con principios de agricultura regenerativa, porque buscan mantener el suelo cubierto, reducir la perturbación y recuperar procesos biológicos que sostienen la fertilidad a largo plazo.
Más humedad y menos erosión
Uno de los hallazgos más relevantes de la revisión es el incremento de la humedad del suelo en sistemas manejados con coberturas vegetales y mulching. En los estudios analizados, la humedad aumentó entre 50% y 70%, mientras que la erosión se redujo hasta 53%.
La mejora no depende solo de la presencia de residuos sobre la superficie. También intervienen las raíces, la porosidad y la estabilidad de los agregados del suelo. Cuando el suelo tiene mejor estructura, el agua infiltra con más facilidad, se almacena durante más tiempo y queda disponible para las raíces en períodos secos.
Después de diez años de aplicación continua, la capacidad del suelo para retener agua aumentó entre 4% y 7%. Esa diferencia puede ser decisiva en regiones agrícolas europeas afectadas por sequías recurrentes o lluvias concentradas, donde la pérdida de agua y suelo fértil compromete la productividad.
En cultivos como almendros, algodón y maíz, la presencia de raíces profundas favoreció la infiltración y el almacenamiento de agua en los primeros 30 centímetros del perfil. Este tipo de resultados coincide con la importancia de las coberturas vegetales como herramienta para conservar humedad y mejorar la estructura del terreno.
Carbono, materia orgánica y fertilidad
La revisión identifica la materia orgánica como uno de los indicadores centrales de la recuperación del suelo. En los sistemas analizados, el carbono orgánico aumentó entre 11% y 16% después de una década de manejo regenerativo.
Ese aumento tiene varias implicaciones. Un suelo con más carbono orgánico suele tener mejor estructura, mayor capacidad de retención de agua y más actividad biológica. Además, el almacenamiento de carbono en el suelo puede contribuir a mitigar parte de las emisiones asociadas al cambio climático, siempre que el manejo sea sostenido y adaptado a cada región.
Los investigadores también observaron reducciones en emisiones de CO₂ y N₂O cuando se aplicaron cultivos de cobertura invernales, franjas de pastos, compost y menor labranza durante períodos prolongados de 10 a 15 años.
La combinación de residuos vegetales, raíces vivas y menor remoción del suelo permite que el sistema funcione con mayor estabilidad. Esa lógica también aparece en experiencias de siembra directa y cobertura de residuos, donde la protección de la superficie reduce pérdidas por erosión y favorece la actividad de organismos del suelo.
La vida microbiana responde al manejo
El estudio documentó un aumento de hasta 29% en la biomasa microbiana. También se observó un crecimiento similar en la necromasa microbiana y en la diversidad de organismos presentes en el suelo.
Estos cambios son importantes porque los microorganismos participan en el reciclaje de nutrientes, la descomposición de residuos orgánicos y la formación de estructuras estables en el suelo. Un suelo biológicamente activo puede responder mejor frente a estrés climático, plagas o enfermedades, aunque los resultados dependen del cultivo, el clima, el manejo y el tiempo de aplicación.
La recuperación de la microbiología del suelo no ocurre de manera aislada. Necesita carbono, raíces, humedad y menor perturbación. Por eso, las prácticas de cobertura tienen un efecto acumulativo cuando se integran con otras estrategias, como reducción de labranza, compostaje o incorporación controlada de ganado.
En este punto, la revisión europea se relaciona con una tendencia más amplia: reconocer que los microorganismos del suelo son una base funcional de la productividad agrícola y no un elemento secundario del sistema.
Resultados que no son automáticos
El análisis también advierte que los beneficios no siempre son inmediatos ni lineales. Durante la transición desde sistemas convencionales hacia manejos regenerativos, la materia orgánica puede aumentar entre 13% y 100% en los primeros años, pero luego la tendencia tiende a estabilizarse.
En algunos casos, la rápida descomposición microbiana de residuos vegetales puede generar descensos puntuales de materia orgánica. Esto ocurre cuando la mayor disponibilidad de carbono acelera la actividad biológica y modifica temporalmente el equilibrio del suelo.
Por esa razón, los investigadores recomiendan adaptar las prácticas a las condiciones locales. No todas las coberturas funcionan igual en todos los climas, ni todos los suelos responden del mismo modo al mulching, al compost o a la reducción de labranza.
Una hoja de ruta para suelos más resilientes
La revisión plantea que el manejo integrado de cultivos de cobertura, acolchado y menor labranza puede fortalecer la estructura física, química y biológica del suelo. La clave está en sostener las prácticas durante varios años y monitorear indicadores concretos como humedad, erosión, carbono orgánico, actividad microbiana y estabilidad de agregados.
Para la agricultura europea, el aporte principal es práctico: cubrir el suelo, evitar su exposición directa, mantener raíces activas y reducir la pérdida de materia orgánica puede mejorar la resiliencia de los cultivos frente a eventos climáticos extremos.
En un contexto de degradación de suelos, presión climática y necesidad de producir alimentos con menor impacto ambiental, estas técnicas ancestrales vuelven a ocupar un lugar central. No como una solución única, sino como parte de un manejo agrícola más cuidadoso, medible y adaptado a cada territorio productivo.
Fuente(s) referenciales
Infobae: Cómo dos técnicas agrícolas ancestrales están devolviendo la salud a los suelos europeos
