Investigaciones de Texas A&M muestran que medidas prácticas, incluso imperfectas, pueden limitar la contaminación en granjas de pollos y reducir costos para los productores
Redactor: Javier Morales O.
Editor: Karem Díaz S.
Una investigación desarrollada en la Texas A&M College of Agriculture and Life Sciences ofrece nuevas pistas para que los productores avícolas protejan mejor sus parvadas frente a brotes de enfermedades, con medidas prácticas de bioseguridad que también pueden reducir costos operativos. El trabajo fue realizado por Lindsey Wythe, Ph.D., egresada doctoral del Departamento de Ciencias Avícolas de Texas A&M, bajo la dirección del laboratorio de Morgan Farnell, Ph.D., profesor de microbiología e inmunología aviar y responsable de programa del Texas A&M AgriLife Extension Service.
La investigación llega en un momento en que la industria avícola sigue enfrentando la presión de la influenza aviar altamente patógena, una enfermedad que ha causado pérdidas de millones de aves y ha contribuido a la volatilidad en los precios de huevos y productos avícolas. En ese contexto, la bioseguridad deja de ser una recomendación general y pasa a ser una herramienta decisiva para proteger la sanidad animal, la continuidad productiva y la estabilidad del suministro alimentario.
Bioseguridad probada en condiciones reales de granja
El valor central del trabajo está en que las medidas fueron evaluadas bajo condiciones reales de producción. Wythe publicó tres estudios centrados en cómo funcionan las prácticas de bioseguridad dentro de granjas avícolas, donde el polvo, la cama, el estiércol, el tránsito de personas y vehículos y las limitaciones de tiempo pueden reducir la eficacia de los desinfectantes.
La bioseguridad comprende prácticas destinadas a impedir que las enfermedades entren o se propaguen dentro de una explotación. Incluye el control del movimiento de personas y vehículos, la desinfección de equipos, el manejo del calzado, el uso de pediluvios y la limpieza de superficies de contacto. Estas acciones son especialmente importantes en sistemas intensivos, donde un patógeno puede avanzar con rapidez si encuentra rutas de entrada o circulación.
En la práctica cotidiana, los productores no siempre trabajan bajo condiciones ideales de laboratorio. Por eso, la investigación se enfocó en una pregunta concreta: si las medidas de desinfección no se aplican de manera perfecta, ¿siguen aportando protección? La respuesta del equipo de Texas A&M fue relevante para el sector: incluso con cumplimiento parcial, las acciones bien orientadas pueden reducir el riesgo.
Los puntos críticos dentro de las granjas avícolas
Uno de los estudios mapeó dónde se acumulan los microorganismos dentro de operaciones avícolas. Los investigadores tomaron muestras en superficies de alto contacto, vehículos, aire, polvo y sistemas de enfriamiento dentro de galpones de pollos de engorde.
El análisis identificó puntos recurrentes de contaminación: manijas de puertas, tapetes de piso, neumáticos de vehículos, entradas de ventilación y reservorios de enfriamiento evaporativo. Estos espacios pueden convertirse en vías de diseminación de enfermedades si no se manejan con protocolos adecuados.
Para los productores, este hallazgo es especialmente útil porque permite priorizar esfuerzos. No se trata solo de aplicar desinfectante en cualquier lugar, sino de ubicar las zonas donde el riesgo se concentra. En temas como enfermedades respiratorias en pollos, la detección temprana de síntomas debe ir acompañada de medidas preventivas que reduzcan la circulación de patógenos en el ambiente productivo.
Botas, pediluvios y neumáticos: barreras que ayudan, pero no son mágicas
La investigación también evaluó intervenciones comunes como cubrebotas, pediluvios y lavado de neumáticos. Los resultados muestran que los cubrebotas reducen la contaminación, aunque no la eliminan, sobre todo cuando las botas no se limpian antes de su uso.
Los pediluvios y lavados de neumáticos resultaron más efectivos cuando las superficies fueron limpiadas previamente y cuando los desinfectantes tuvieron suficiente tiempo para actuar. Wythe subrayó que las superficies deben estar limpias para que los desinfectantes funcionen de manera adecuada y que, cuando sea posible, debe respetarse el tiempo de contacto recomendado de 10 minutos.
Este punto es clave para explotaciones comerciales y pequeñas granjas. En situaciones de amenaza sanitaria, como las vividas por la gripe aviar en Estados Unidos, una sola barrera no basta. La protección depende de combinar limpieza, desinfección, control de entradas y vigilancia constante.
Desinfectantes en polvo con ventajas prácticas
Otro de los estudios se centró en el uso de desinfectantes en polvo para calzado, aplicados en bandejas ubicadas en los puntos de entrada. Wythe encontró que estas formulaciones redujeron de forma significativa la contaminación microbiana, incluso con tiempos de contacto cortos y presencia de materia orgánica.
El resultado sorprendió a la investigadora porque esperaba diferencias más marcadas entre productos o menor eficacia con tiempos breves de exposición. Sin embargo, observó reducciones consistentes en las distintas pruebas.
Los desinfectantes en polvo también mostraron ventajas económicas. A diferencia de los productos líquidos, que suelen requerir reemplazo frecuente, los polvos pueden mantenerse efectivos durante más tiempo en condiciones sucias. Esto puede reducir costos de mano de obra y suministro, un punto relevante para productores que buscan medidas de bioseguridad aplicables sin elevar demasiado los gastos.
El factor humano sigue siendo decisivo
La investigación también identificó un desafío persistente: el comportamiento humano. Los trabajadores pueden omitir pasos, como limpiar bien las botas antes de desinfectarlas, por presión de tiempo o por la dinámica diaria de la granja.
Ese componente práctico no invalida las medidas. Al contrario, los estudios muestran que incluso una aplicación parcial puede aportar beneficios. Pasar por una bandeja desinfectante sin una limpieza perfecta del calzado es menos eficaz, pero sigue siendo mejor que no aplicar ninguna barrera.
Para el manejo avícola, esto refuerza una idea central: los protocolos deben ser realistas. Las medidas que exigen condiciones imposibles o rutinas demasiado complejas tienden a fallar. En cambio, las estrategias simples, ubicadas en puntos críticos y repetidas con constancia, pueden reducir el riesgo de entrada y propagación de enfermedades.
Una herramienta para proteger producción y consumo
Los brotes de influenza aviar pueden provocar pérdidas completas de parvadas. Cuando ocurren a escala regional, también afectan el abastecimiento y presionan los precios al consumidor. Por eso, la bioseguridad no solo interesa al productor individual, sino a toda la cadena alimentaria.
Los hallazgos de Texas A&M muestran que las medidas prácticas y asequibles pueden reducir la propagación de enfermedades cuando se aplican de forma estratégica. Identificar dónde se produce la contaminación y cómo interrumpir esas rutas permite pasar de una bioseguridad teórica a una gestión más operativa dentro de la granja.
La prevención es especialmente importante porque muchas enfermedades avícolas no se controlan solo con tratamientos posteriores. En casos como la enfermedad de Marek en pollos, la protección del lote depende de decisiones sanitarias previas, manejo correcto y reducción de riesgos dentro del gallinero.
Qué pueden tomar los productores de esta investigación
El mensaje práctico para el sector es claro: limpiar antes de desinfectar, respetar tiempos de contacto cuando sea posible, priorizar puntos de alto riesgo y combinar varias barreras. Las granjas no necesitan depender de una sola medida, porque la protección mejora cuando se integran controles sobre calzado, vehículos, superficies, ventilación y zonas de ingreso.
La investigación también confirma que la bioseguridad debe adaptarse a la realidad de cada operación. En grandes granjas comerciales, los puntos críticos pueden estar en vehículos, ventilación y sistemas de enfriamiento. En explotaciones pequeñas, el riesgo puede concentrarse en la entrada de aves nuevas, visitantes o manejo cotidiano del gallinero, como ocurre cuando se introducen gallinas recién compradas sin una etapa adecuada de prevención.
Después de su graduación, Wythe continuará el trabajo como investigadora posdoctoral en el laboratorio de Farnell, donde estudiará aislamientos de Campylobacter asociados con la enfermedad del hígado moteado en gallinas ponedoras y con enfermedades transmitidas por alimentos en humanos. La línea de investigación mantiene así un vínculo directo entre sanidad avícola, producción y seguridad alimentaria.
Fuente(s) referenciales
Phys.org: New research offers practical biosecurity tools to limit poultry disease spread
