Agricultura

Siembra directa: beneficios ambientales y límites para el suelo

Publicado el 15/07/2026 · REDACCION

La agricultura sin labranza reduce la erosión, conserva humedad y limita el uso de maquinaria, pero su dependencia de herbicidas, sus resultados sobre el carbono y una posible caída inicial del rendimiento mantienen abierto el debate.


Redactor: Javier Morales O.
Editor: Eduardo Schmitz

Los seres humanos comenzaron a cultivar plantas comestibles al final de la última Edad de Hielo, hace aproximadamente 12.000 años. El arado permitió remover la tierra, enterrar malezas, preparar el terreno y establecer cultivos de una manera más sistemática.

Durante milenios, esta práctica se convirtió en una de las bases de la agricultura. Sin embargo, el laboreo continuado también puede erosionar el suelo, alterar su estructura y reducir progresivamente su capacidad para sostener la producción.

La siembra directa o agricultura sin labranza surgió como una alternativa destinada a disminuir esas perturbaciones. En este sistema, las semillas son depositadas directamente entre los residuos del cultivo anterior mediante maquinaria especializada, sin voltear completamente la superficie.

David John Eldridge analizó las ventajas y limitaciones de este método en un trabajo difundido por The Conversation y reproducido por Phys.org. Su revisión muestra que la siembra directa aporta beneficios agronómicos importantes, pero también plantea interrogantes sobre el uso de productos químicos, el almacenamiento de carbono y los rendimientos.

El arado transformó la producción de alimentos

La agricultura convencional consiste habitualmente en sembrar sobre un suelo previamente labrado. El arado elimina o entierra las malezas que compiten con los cultivos por agua, luz y nutrientes.

También introduce restos vegetales en capas más profundas, donde bacterias y hongos intervienen en su descomposición. De esta forma, el laboreo modifica la estructura física del suelo y acelera la incorporación de determinados materiales orgánicos.

Los primeros agricultores utilizaban herramientas curvas de madera conocidas como arados de palo. Durante la época romana aparecieron modelos de hierro que sentaron las bases de los arados de vertedera modernos.

Con la mecanización, el laboreo se hizo más profundo, rápido y frecuente. El uso continuado de discos, vertederas y azadas rotativas puede romper agregados, dejar la superficie expuesta y favorecer la pérdida de partículas por acción del viento y la lluvia.

La necesidad de reducir esas alteraciones impulsó sistemas como la siembra directa basada en cobertura vegetal y actividad biológica, donde las raíces y los organismos del suelo sustituyen parte del trabajo realizado por el arado.

Los herbicidas facilitaron la expansión de la siembra directa

La agricultura sin labranza comenzó a ganar terreno durante las décadas de 1950 y 1960. Uno de los factores que hizo posible su expansión fue el abaratamiento de los herbicidas a partir de mediados del siglo XX.

Estos productos permitieron controlar las malezas sin remover el terreno. Los agricultores pudieron dejar los residuos vegetales sobre la superficie y utilizar sembradoras capaces de abrir una ranura estrecha, colocar la semilla y cerrar nuevamente el suelo.

El resto de la parcela permanece prácticamente intacto. Los tallos, hojas y raíces del cultivo anterior forman una cubierta que protege la superficie y modifica las condiciones de humedad y temperatura.

En numerosos sistemas, la siembra directa forma parte de un conjunto más amplio de prácticas de conservación que incluye rotaciones, cultivos de cobertura, manejo de residuos y reducción del tránsito de maquinaria.

Menos erosión y mayor conservación del agua

Uno de los beneficios más reconocidos de la siembra directa es la reducción de la erosión. Los residuos que permanecen sobre el terreno amortiguan el impacto de las gotas de lluvia y disminuyen la velocidad del agua que circula por la superficie.

La cubierta también protege frente al viento, que puede arrastrar las partículas más finas y fértiles. Este efecto resulta especialmente importante en regiones secas, llanuras abiertas y parcelas con pendientes.

Los residuos vegetales ayudan además a conservar humedad al limitar la evaporación. El agua queda retenida bajo la cobertura durante más tiempo y puede estar disponible para los cultivos entre un episodio de lluvia y el siguiente.

La ausencia de laboreo protege los macroporos, grandes espacios creados por raíces, lombrices y otros organismos. Estas estructuras permiten que el agua penetre en el suelo y reducen el riesgo de escorrentía superficial.

Los beneficios pueden reforzarse mediante cultivos de cobertura que controlan malezas y protegen el suelo. Al ser aplanadas, estas plantas forman una capa de residuos que limita la evaporación y dificulta el establecimiento de especies no deseadas.

Menor consumo de combustible y maquinaria

La siembra directa reduce el número de pasadas necesarias para preparar una parcela. El agricultor deja de utilizar de forma sistemática arados de discos, vertederas, rastras y otros equipos destinados a remover el suelo.

La reducción de operaciones puede disminuir el consumo de combustibles fósiles, el tiempo de trabajo y el desgaste de la maquinaria. También limita parte de las emisiones generadas durante la preparación del terreno.

La menor circulación de tractores puede reducir la compactación causada por el peso de los equipos, aunque la ausencia de laboreo no elimina completamente este problema. El tránsito repetido sobre las mismas zonas continúa ejerciendo presión sobre el perfil del suelo.

Algunos defensores del sistema también atribuyen a la siembra directa una mayor actividad de lombrices, microorganismos y otros organismos beneficiosos, siempre que la gestión de agroquímicos y residuos resulte compatible con esas comunidades.

La dependencia de los herbicidas genera preocupación

La principal crítica examinada por Eldridge está relacionada con el control de las malezas. Al no utilizar el arado para destruirlas o enterrarlas, numerosos sistemas de siembra directa dependen de herbicidas.

Un informe publicado en 2025 por Friends of the Earth sostuvo que la producción estadounidense de maíz y soja bajo métodos de labranza mínima o nula mantiene una dependencia elevada del control químico.

Los posibles efectos de estos productos dependen de las sustancias utilizadas, las dosis, la frecuencia de aplicación y las condiciones de exposición. Distintas investigaciones han vinculado determinados productos químicos con problemas ambientales y sanitarios.

Una revisión de casi 400 estudios examinó los efectos de sustancias empleadas en sistemas sin labranza sobre organismos como lombrices, escarabajos y ácaros. En el 70 % de los casos analizados se observaron alteraciones en su reproducción o supervivencia.

Otra investigación realizada en Estonia sugirió que el uso de pesticidas puede perjudicar a bacterias y hongos del suelo más que la labranza convencional. Estos microorganismos participan en la descomposición de residuos, el reciclaje de nutrientes y la formación de agregados.

La cantidad aplicada no explica por sí sola el impacto

El debate sobre los herbicidas no puede reducirse únicamente al volumen utilizado. La toxicidad de cada sustancia, su persistencia, su movilidad y su efecto sobre organismos que no son el objetivo también determinan el impacto final.

Una comparación realizada en Alemania entre 17 explotaciones sin labranza y fincas convencionales encontró que la toxicidad combinada de los productos fitosanitarios podía ser menor en los sistemas de siembra directa estudiados.

Ese trabajo registró una reducción del indicador de carga de pesticidas, así como menor consumo de nitrógeno y combustible en determinadas explotaciones. Los resultados muestran que la gestión concreta puede producir escenarios distintos y que no todos los sistemas sin labranza funcionan de la misma manera.

La experiencia fue descrita en un análisis sobre la toxicidad de los pesticidas en explotaciones con labranza cero. La comparación refuerza la necesidad de valorar las sustancias empleadas y no solo la cantidad total aplicada.

El carbono puede concentrarse cerca de la superficie

Otro argumento frecuente a favor de la agricultura sin labranza es su capacidad para almacenar carbono. Al dejar los residuos sobre el terreno y reducir la perturbación, el carbono orgánico puede acumularse en las capas superficiales.

Este enriquecimiento es relevante porque los suelos con materia orgánica suelen presentar mejor estructura, mayor actividad biológica y menor vulnerabilidad frente a la erosión.

Sin embargo, los resultados cambian cuando se analiza el perfil completo y no solamente los primeros centímetros. Eldridge señala que un estudio encontró aproximadamente un 5 % menos de carbono almacenado en suelos sin arar que en terrenos manejados convencionalmente.

Otras investigaciones tampoco han encontrado un aumento generalizado del carbono total bajo siembra directa. Parte del aparente beneficio puede responder a una redistribución: más carbono cerca de la superficie y menos en capas profundas.

La capacidad de secuestro depende del clima, la textura del suelo, la rotación, la cantidad de residuos, la fertilización y la duración del sistema. Por esta razón, no puede asumirse que eliminar el arado aumentará automáticamente las reservas de carbono en cualquier explotación.

Las prácticas climáticas pueden reducir el rendimiento

La relación entre conservación del suelo, carbono y productividad tampoco es uniforme. Un análisis de la Universidad de Cornell mostró que las prácticas destinadas a aumentar carbono orgánico pueden mejorar la mitigación climática o el rendimiento, pero rara vez maximizan ambos objetivos al mismo tiempo.

La combinación de cultivos de cobertura de gramíneas con siembra directa presentó un potencial elevado para limitar gases de efecto invernadero, pero también generó algunos de los peores resultados para el rendimiento en los escenarios evaluados.

Los cultivos de cobertura de leguminosas sin labranza ofrecieron mejores rendimientos, aunque redujeron una parte importante de los beneficios climáticos. Las pérdidas productivas fueron más probables en zonas secas, donde la cobertura compite por el agua disponible.

Estas compensaciones fueron estudiadas en un trabajo sobre cultivos de cobertura, rendimiento y secuestro de carbono, que subrayó la necesidad de adaptar cada práctica a las condiciones locales.

Una caída inicial cercana al 5 %

Una revisión internacional citada por Eldridge evaluó 678 estudios relacionados con 50 cultivos diferentes. Los resultados mostraron una reducción promedio cercana al 5 % durante el primer o segundo año después de pasar de la agricultura convencional a la siembra directa.

La caída inicial puede afectar la rentabilidad de las explotaciones, especialmente cuando los márgenes son estrechos o el productor no dispone de apoyos para afrontar el período de transición.

Una posible explicación es que determinados suelos se compactan cuando dejan de ser removidos. La compactación puede dificultar el crecimiento de las raíces y limitar su capacidad para absorber agua y nutrientes.

También influyen la temperatura, la humedad, el manejo de residuos y la adaptación de la maquinaria. Una cobertura abundante puede mantener el terreno más frío durante la siembra y retrasar la emergencia de algunos cultivos.

Los resultados no implican que todos los productores pierdan rendimiento. El comportamiento depende de la especie cultivada, el clima, la textura del suelo, la rotación y la experiencia acumulada con el sistema.

Las malezas resistentes complican la gestión

La dependencia reiterada de un mismo herbicida puede favorecer la selección de malezas resistentes. Cuando los productos dejan de funcionar, algunos agricultores vuelven a utilizar el laboreo como herramienta de control.

Esta dinámica puede reducir los beneficios ambientales obtenidos durante años. Un estudio sobre explotaciones de maíz y soja en Estados Unidos relacionó el aumento de las malezas resistentes con un regreso parcial a prácticas de labranza más intensivas.

La remoción adicional libera carbono y nitrógeno almacenados en el suelo y puede elevar las emisiones de dióxido de carbono y óxido nitroso. También vuelve a dejar la superficie expuesta a procesos erosivos.

La rotación de cultivos, la alternancia de métodos de control, el uso de coberturas y la diversificación de herbicidas pueden disminuir la presión de selección, aunque ninguna estrategia elimina completamente el problema.

La alternativa del cultivo sin labranza ni químicos

Eldridge plantea que el desafío consiste en producir alimentos sin depender simultáneamente de una perturbación intensa del suelo y de grandes cantidades de productos químicos.

Una posibilidad es el denominado cultivo sin muerte, conocido en inglés como no-kill cropping. El método propone depositar las semillas directamente en suelos secos sin utilizar sustancias artificiales para eliminar la vegetación existente.

El objetivo es mantener la cobertura, reducir la destrucción de plantas y conservar la actividad biológica. No obstante, todavía se necesita más investigación para determinar si este sistema puede sostener rendimientos suficientes y mejorar de forma consistente la salud del suelo.

También deben evaluarse sus resultados bajo diferentes climas, cultivos, escalas productivas y condiciones económicas. Una técnica viable en una explotación ganadera o de secano puede no funcionar de la misma forma en sistemas intensivos de cereales.

No existe una única respuesta para todos los suelos

La revisión concluye que el debate entre arar o no arar no puede resolverse mediante una respuesta universal. La siembra directa protege la superficie, reduce el consumo de combustible y conserva humedad, pero puede depender de herbicidas y no garantiza un aumento del carbono en todo el perfil.

La agricultura convencional puede controlar malezas sin productos químicos, pero la perturbación repetida acelera la erosión, altera los hábitats del suelo y aumenta el uso de maquinaria.

El resultado depende de cómo se combinan las prácticas. La rotación, los cultivos de cobertura, el manejo integrado de malezas, el tránsito controlado, la diversidad vegetal y la reducción de agroquímicos pueden modificar ampliamente el desempeño ambiental de cada sistema.

La decisión debe considerar la textura y profundidad del suelo, las lluvias, el cultivo, la disponibilidad de maquinaria, los costos y la presión de las malezas. La prioridad no es defender una práctica de manera aislada, sino construir sistemas capaces de conservar el terreno sin comprometer la producción y los ingresos agrícolas.

Fuente(s) referenciales

Phys.org — What is no-till farming, and is it actually better for the environment?



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