Una revisión de 208 experimentos de campo sobre maíz y trigo encontró que solo 21 reunían información suficiente para evaluar correctamente la productividad del agua. Los investigadores advierten que algunas estimaciones de ahorro utilizadas durante años podrían estar sobrevaloradas.
Redacción: Redacción Mundo Agropecuario
Editor: Eduardo Schmitz
Una investigación de la Universidad de Wageningen, en los Países Bajos, ha puesto en duda la solidez científica de numerosas afirmaciones sobre la posibilidad de producir más maíz y trigo utilizando cantidades considerablemente menores de agua. Tras revisar 208 experimentos agrícolas de campo, los investigadores encontraron que solamente 21 disponían de información suficiente para evaluar de manera fiable la productividad hídrica de estos cultivos.
El estudio, difundido por Wageningen University & Research el 12 de octubre de 2026, cuestiona especialmente las estimaciones que durante años han sugerido posibilidades de ahorro de agua del 20 % al 40 % en la agricultura.
Los científicos no sostienen que mejorar el aprovechamiento del agua sea imposible. Su principal conclusión es que una parte importante de la evidencia utilizada para justificar determinados porcentajes de ahorro presenta limitaciones metodológicas que dificultan comprobar los resultados.
La investigación introduce una consideración relevante para agricultores, técnicos de riego y responsables de políticas agrícolas: reducir la cantidad de agua aplicada no significa necesariamente que un cultivo pueda mantener la misma producción utilizando proporcionalmente menos agua.
Solo el 10 % de los experimentos permitió una evaluación fiable
El equipo examinó 208 experimentos de campo realizados con maíz y trigo, algunos de los cuales se remontaban a 1983.
Los investigadores revisaron tres aspectos fundamentales: la disponibilidad de datos sobre biomasa vegetal, la posibilidad de comprobar la relación entre crecimiento y transpiración del cultivo, y la precisión de los balances hídricos utilizados.
Los resultados mostraron deficiencias importantes en la información publicada.
De los 208 experimentos examinados, 160, equivalentes aproximadamente al 77 %, no proporcionaban datos sobre biomasa suficientes para realizar la evaluación requerida.
Entre los trabajos restantes, otros 27 utilizaron balances hídricos simplificados que no contabilizaban adecuadamente las entradas netas de agua mediante precipitación o riego.
Finalmente, únicamente 21 experimentos cumplieron los criterios establecidos por los investigadores: once correspondientes al maíz y diez al trigo.
Esta selección representó aproximadamente el 10 % del conjunto original.
La cifra no significa que los demás experimentos carezcan de utilidad científica para cualquier propósito. Indica que sus datos no resultaban suficientes para verificar con el rigor requerido las afirmaciones específicas sobre productividad del agua.
Las diferencias entre cultivos podrían ser menores de lo estimado
La productividad del agua relaciona la cantidad de producción vegetal obtenida con el volumen de agua consumido mediante determinados procesos, especialmente la transpiración.
Durante décadas, distintos estudios han comunicado diferencias considerables entre cultivos, variedades y condiciones agrícolas.
Estas variaciones alimentaron la expectativa de que sería posible obtener producciones similares con reducciones importantes del consumo hídrico.
Sin embargo, al concentrarse en los 21 experimentos que reunían información suficiente, los investigadores de Wageningen observaron que la variabilidad de la productividad del agua era mucho menor de lo que sugerían numerosos trabajos anteriores.
Según el equipo, una parte considerable de las diferencias comunicadas podría deberse a imprecisiones experimentales y no necesariamente a cambios reales en la eficiencia fisiológica de las plantas.
El resultado plantea la necesidad de distinguir entre las estimaciones generales de eficiencia del uso del agua en tierras agrícolas y las mediciones de campo que permiten determinar cuánta agua consume realmente un cultivo para producir una determinada cantidad de biomasa.
Ambos enfoques aportan información, pero no representan necesariamente los mismos procesos ni permiten extraer conclusiones equivalentes.
La relación entre crecimiento vegetal y consumo de agua
El trabajo recupera un principio de la fisiología vegetal identificado en 1958 por el investigador C. T. de Wit, también vinculado a Wageningen.
Sus investigaciones establecieron una relación aproximadamente lineal entre el crecimiento de los cultivos y el agua utilizada mediante transpiración.
En términos generales, cuando aumenta la producción de biomasa también aumenta la demanda de agua asociada con el crecimiento vegetal.
Esta relación puede modificarse bajo determinadas condiciones, pero no desaparece simplemente por introducir una nueva práctica agrícola.
Los investigadores explican que una nutrición adecuada puede mejorar el funcionamiento fotosintético de las plantas, mientras que una mayor cobertura del terreno puede disminuir la evaporación directa desde el suelo.
También influye la manera en que se administra el estrés hídrico durante las distintas etapas de desarrollo.
Estos mecanismos permiten mejorar el aprovechamiento del agua en determinadas circunstancias, aunque no garantizan reducciones generalizadas del consumo sin consecuencias productivas.
La distinción resulta especialmente importante cuando se evalúan prácticas agrícolas destinadas a mejorar el rendimiento y la eficiencia del riego, ya que el resultado depende de las condiciones del terreno, la disponibilidad de agua y las características del cultivo.
Producir más alimentos también puede requerir más agua
Gerardo van Halsema, investigador de Wageningen y autor principal del estudio, señaló que los datos más fiables muestran una relación notablemente constante entre consumo de agua y crecimiento vegetal, incluso al comparar diferentes años y variedades de un mismo cultivo.
De acuerdo con su interpretación, las posibilidades de producir más utilizando menos agua son limitadas y algunas mejoras pueden resultar difíciles de aplicar en las explotaciones agrícolas.
Esta conclusión tiene implicaciones para las estrategias que buscan aumentar la producción mundial de cereales sin incrementar la presión sobre los recursos hídricos.
El trabajo no demuestra que todas las técnicas de ahorro sean ineficaces. Tampoco invalida las prácticas que reducen pérdidas por evaporación, escorrentía o distribución inadecuada del riego.
Lo que cuestiona es la posibilidad de trasladar automáticamente determinados porcentajes de ahorro desde experimentos incompletos hacia recomendaciones generales para agricultores.
La diferencia entre agua aplicada y agua realmente consumida por el cultivo es fundamental.
Una explotación puede disminuir el volumen de riego sin conseguir una reducción equivalente de la transpiración vegetal. Del mismo modo, puede mejorar la distribución del agua y reducir pérdidas sin alterar significativamente las necesidades fisiológicas del cultivo.
Qué significa el hallazgo para el manejo agrícola
Los resultados refuerzan la importancia de medir adecuadamente los componentes del balance hídrico antes de recomendar cambios en los sistemas de producción.
Para los productores, esto supone que las decisiones sobre riego deben considerar tanto el rendimiento esperado como la disponibilidad real de agua, las pérdidas del sistema y las condiciones del suelo.
En regiones con escasez hídrica, mejorar la programación del riego continúa siendo una herramienta relevante, pero sus beneficios deben cuantificarse mediante indicadores apropiados.
La investigación también ayuda a contextualizar los resultados de estudios orientados a determinar las necesidades de agua de cultivos específicos, en los que conocer la demanda vegetal constituye un paso fundamental para planificar el suministro.
Aunque el trabajo de Wageningen se concentra exclusivamente en maíz y trigo, su enfoque metodológico puede contribuir al diseño de investigaciones sobre otros sistemas agrícolas.
Los autores insisten en que los resultados deben interpretarse a partir de mediciones verificables y no únicamente de comparaciones entre volúmenes de agua aplicados y cosechas obtenidas.
Wageningen propone nuevas exigencias para los ensayos de campo
Además de revisar la evidencia disponible, los investigadores plantearon criterios más estrictos y uniformes para futuros experimentos.
Entre las principales necesidades identificadas se encuentra la medición precisa de la biomasa producida y de la transpiración de los cultivos.
También consideran indispensable mejorar la determinación del balance hídrico, tanto en sistemas de secano como en explotaciones con riego.
La finalidad es que los resultados de diferentes investigaciones puedan compararse con mayor fiabilidad y permitan identificar qué mejoras representan ahorros reales de agua.
Un aspecto particular del trabajo fue la participación de estudiantes de maestría de Wageningen.
Durante varios años, alumnos de un curso sobre suministro de agua analizaron publicaciones científicas y revisaron los balances y cálculos utilizados para estimar la productividad hídrica.
Al encontrar repetidamente dificultades para comprobar los resultados, impulsaron a sus profesores a realizar una evaluación sistemática de la literatura.
Ese proceso contribuyó al desarrollo del estudio finalmente publicado.
Una revisión que obliga a interpretar con cautela las cifras de ahorro
El principal aporte de la investigación consiste en demostrar que muchas estimaciones difundidas sobre la productividad hídrica del maíz y el trigo no disponen de información experimental suficiente para ser comprobadas de manera independiente.
La revisión no proporciona una nueva cifra universal de ahorro aplicable a todas las explotaciones ni establece que los agricultores deban abandonar las estrategias de eficiencia hídrica.
En cambio, advierte que las recomendaciones deben sustentarse en mediciones completas y distinguir claramente entre reducción del agua aplicada, disminución de pérdidas y cambios en el consumo real de las plantas.
Para el sector agropecuario, esta diferencia es especialmente importante cuando se planifican inversiones en riego, se comparan prácticas de manejo o se diseñan políticas de aprovechamiento del agua.
Los investigadores consideran necesario desarrollar nuevos ensayos de campo con protocolos comparables que permitan determinar de manera más precisa las posibilidades reales de ahorro hídrico en los principales cereales.
Fuentes referenciales:
Wageningen University & Research — Many claims about water savings in maize and wheat are insufficiently substantiated, 12 de octubre de 2026
Investigación científica original — ScienceDirect


