ADN de semillas antiguas revela el origen del vino moderno


Un estudio sobre 80 pepitas de uva halladas en antiguos pozos de Cetamura del Chianti muestra una continuidad genética entre viñedos etruscos, romanos y variedades europeas posteriores


Redactor: Camila Herrera R.
Editor: Eduardo Schmitz

El ADN de semillas de uva conservadas durante unos 2.000 años en antiguos pozos de la Toscana acaba de aportar una nueva pieza para reconstruir la historia agrícola del vino europeo. El estudio, realizado a partir de pepitas halladas en Cetamura del Chianti, un asentamiento situado en una colina de la región italiana de Chianti, revela que buena parte de los granos analizados pertenecía a una misma variedad transmitida de los etruscos a los romanos y mantenida durante siglos.

La investigación fue desarrollada por arqueólogos y científicos vinculados a la Universidad de York, con participación de la Universidad Estatal de Florida, y publicada en la revista Journal of Archaeological Science. El trabajo permitió trazar uno de los historiales genéticos más extensos de vides antiguas recuperadas en un solo yacimiento, una información clave para comprender cómo las prácticas agrícolas antiguas contribuyeron a la formación de la viticultura moderna.

Semillas conservadas en pozos sin oxígeno

El hallazgo procede de Cetamura del Chianti, en la Toscana italiana. Entre el 300 antes de Cristo y el 300 después de Cristo, los habitantes del asentamiento arrojaban pepitas de uva a pozos profundos. Allí, el lodo sin oxígeno permitió conservar el material vegetal durante siglos, creando una especie de archivo biológico de la agricultura antigua.

La preservación excepcional de estas semillas permitió recuperar y secuenciar ADN antiguo. En total, los investigadores analizaron 80 semillas de uva. La doctora Oya Inanli, autora principal del estudio y vinculada al Departamento de Arqueología de la Universidad de York, explicó que la gran mayoría de los granos pertenecía a una variedad idéntica, transmitida directamente de los etruscos a los romanos.

Este tipo de análisis demuestra el valor de las semillas antiguas como registros agrícolas. No solo permiten identificar qué se cultivaba, sino también cómo se movían, conservaban y seleccionaban las variedades. En Mundo Agropecuario ya se ha abordado cómo las semillas antiguas pueden aportar pistas sobre cambios ambientales y agrícolas, una línea de investigación cada vez más importante para conectar pasado y futuro de los cultivos.

Una variedad blanca antes del Chianti tinto moderno

Uno de los resultados más llamativos del estudio fue la identificación del color de las uvas antiguas. Los marcadores genéticos revelaron que el clon dominante y longevo encontrado en Cetamura producía uvas blancas. El dato sorprendió porque la región de Chianti es hoy reconocida mundialmente por sus vinos tintos, especialmente aquellos elaborados principalmente con Sangiovese.

La profesora Nancy De Grummond, de la Universidad Estatal de Florida, destacó que el hallazgo añade un capítulo importante a la historia vitivinícola de la región. La sorpresa está en que el prestigioso vino tinto actual parece haber estado precedido por una tradición antigua en la que una variedad blanca se cultivó y conservó durante siglos en época etrusca y romana.

El descubrimiento no reemplaza la historia conocida del Chianti moderno, pero sí amplía su profundidad agrícola. Muestra que la identidad vitivinícola de una región puede cambiar con el tiempo, mientras conserva rastros de prácticas, variedades y redes de cultivo mucho más antiguas.

De los etruscos a los romanos

La continuidad genética entre las semillas etruscas y romanas indica que la viticultura de Cetamura no fue una actividad improvisada. La transmisión de una misma variedad durante siglos sugiere selección, conservación y reproducción cuidadosa de material vegetal valioso. En términos agrícolas, esto implica que las comunidades antiguas ya mantenían variedades con rasgos deseables y las integraban en sistemas de producción estables.

Tras la conquista romana del asentamiento, los investigadores detectaron la aparición de variedades de vid completamente nuevas. Este cambio sugiere la introducción de materiales seleccionados desde otras partes del Imperio Romano. La viticultura local no quedó aislada, sino integrada en una red agrícola más amplia.

Esta lectura coincide con otras evidencias sobre el papel romano en la expansión y organización de sistemas vitícolas. En Mundo Agropecuario se ha analizado cómo el antiguo sistema romano de viticultura y elaboración de vino sigue ofreciendo claves para entender prácticas agrícolas que hoy vuelven a despertar interés.

Una red agrícola que cruzaba regiones

El estudio también encontró que el clon dominante de Cetamura estaba estrechamente relacionado con dos semillas de uva antiguas analizadas previamente en el sur de Francia. Ese vínculo genético apunta a la existencia de una red comercial agrícola extensa, capaz de mover material vegetal y estandarizar parte de la producción de vino en territorios conectados por el Imperio Romano.

La circulación de variedades no era solo una cuestión comercial. También implicaba conocimiento agrícola, selección de plantas, adaptación a nuevos territorios y construcción de preferencias de consumo. Las semillas muestran así una historia de intercambio técnico y productivo mucho antes de la viticultura moderna organizada por denominaciones, mercados globales y viveros especializados.

La genética de la vid permite observar esas conexiones con una precisión que antes era difícil alcanzar. El análisis de ADN aplicado a semillas arqueológicas se suma a otras investigaciones sobre los orígenes genéticos de vinos y variedades modernas, donde la información molecular ayuda a reconstruir parentescos, migraciones y procesos de domesticación.

Uvas silvestres y variedades cultivadas

Además del ADN, los investigadores utilizaron un método basado en la forma de las pepitas para identificar indicios de recolección de uvas silvestres. Este detalle es relevante porque muestra que la frontera entre uso silvestre y cultivo organizado pudo ser más dinámica de lo que suele imaginarse.

Las comunidades antiguas podían cultivar variedades seleccionadas, introducir materiales de otras regiones y, al mismo tiempo, recolectar uvas silvestres disponibles en el entorno. Esa combinación ayuda a entender cómo se enriquecía la diversidad genética y cómo los agricultores antiguos experimentaban con recursos locales y foráneos.

La diversidad genética de la vid sigue siendo un tema central para la viticultura actual. En un contexto de cambio climático, enfermedades y pérdida de identidad varietal, investigaciones recientes han advertido sobre la convergencia varietal del vino y el riesgo para la diversidad, un problema que contrasta con la riqueza histórica revelada por semillas antiguas.

Una conexión con la vid más antigua que aún produce fruto

Entre los hallazgos, los arqueólogos encontraron otra semilla perteneciente a una familia de uvas que todavía se cultiva en Europa Central y Oriental. Su pariente moderno más cercano sería una variedad rara de Hungría llamada Baratcsuha szurke.

El dato más llamativo es que esa pepita antigua conecta genéticamente con la legendaria vid de Maribor, en Eslovenia, una planta de unos 400 años reconocida oficialmente como la vid viva más antigua del mundo que aún produce fruto. Para el doctor Nathan Wales, de la Universidad de York, el hallazgo demuestra que esa familia de uvas es antigua y resistente.

La conexión entre una semilla arqueológica, una variedad húngara rara y una vid eslovena centenaria muestra la profundidad temporal de algunos linajes agrícolas europeos. También recuerda que el patrimonio genético de los cultivos no se conserva únicamente en bancos de germoplasma modernos, sino también en viñedos históricos, plantas viejas y restos arqueológicos.

Qué aporta este hallazgo a la viticultura actual

El estudio no tiene valor solo para la arqueología. También ofrece información útil para la agricultura y la viticultura contemporánea. Conocer qué variedades se mantuvieron durante siglos, cómo se relacionaban con otras regiones y qué rasgos pudieron favorecer su conservación ayuda a comprender la resiliencia de ciertos linajes de vid.

En un sector presionado por sequías, olas de calor, enfermedades y cambios en la demanda, la historia genética puede orientar nuevas preguntas: qué variedades antiguas resistieron mejor, cómo se movieron por Europa, qué parentescos sobreviven en cultivares modernos y qué diversidad se ha perdido en el camino.

La investigación también refuerza la importancia de conservar materiales raros y variedades locales. La historia del vino moderno no se explica solo por unas pocas uvas famosas, sino por una red larga de selección, intercambio y adaptación. Las pepitas de Cetamura del Chianti muestran que, hace 2.000 años, la viticultura ya era una actividad técnicamente compleja y conectada con grandes circuitos agrícolas.

Fuente(s) referenciales

La Vanguardia – El ADN de semillas de hace 2.000 años encontradas en antiguos pozos de la Toscana revela los orígenes del vino moderno