Agricultura

Colombia combina árboles y abejas para restaurar 577 hectáreas

Publicado el 07/09/2026 · REDACCION

El proyecto de alta montaña plantó más de 97.000 ejemplares nativos, instaló 190 colmenas e involucró a 81 familias en actividades de restauración y producción sostenible


Redactor: Raúl Méndez C.
Editor: Eduardo Schmitz

Un proyecto desarrollado en Colombia recuperó más de 577 hectáreas de ecosistemas de alta montaña mediante una estrategia que integró la plantación de más de 97.000 árboles nativos, la instalación de 190 colmenas y la participación de familias campesinas. La intervención abarcó el paisaje comprendido entre los páramos de Chingaza, Sumapaz y Guerrero, una zona decisiva para el abastecimiento de agua de Bogotá y 21 municipios cercanos.

La iniciativa se orientó a restaurar el bosque altoandino y aumentar la capacidad de las comunidades rurales para afrontar los efectos del cambio climático. En lugar de limitarse a plantar árboles, combinó recuperación de suelos, regulación hídrica, apicultura y transformación de actividades agropecuarias.

El programa también buscó conservar la producción de las fincas sin reproducir las presiones que habían degradado el paisaje. Las familias de la región están vinculadas tradicionalmente con actividades como la producción de leche y el cultivo de papa, por lo que la restauración tuvo que incorporarse a la economía rural existente.

Árboles nativos recuperaron cuatro microcuencas

Las labores de restauración y rehabilitación participativa se concentraron en las microcuencas de los ríos Guandoque, San Francisco, Chipatá y Chisacá. En estas áreas se establecieron especies arbóreas nativas seleccionadas por su relación con las condiciones del territorio.

El uso de vegetación propia del bosque altoandino buscó recuperar funciones ecológicas, no solo incrementar el número de árboles. Una restauración de este tipo pretende restablecer cobertura vegetal, proteger el suelo, favorecer la infiltración del agua y reconstruir conexiones entre sectores fragmentados del ecosistema.

La selección de especies resulta determinante porque una plantación forestal no siempre equivale a recuperar el funcionamiento de un bosque. Estudios sobre los efectos ecológicos de determinados eucaliptos en proyectos de reforestación han mostrado que algunas especies introducidas pueden alterar la vegetación local y los servicios ecosistémicos.

La experiencia colombiana priorizó árboles nativos y prácticas adaptadas al paisaje. Este enfoque permite que la restauración responda a las necesidades del bosque, pero también a las condiciones productivas y sociales de las fincas donde se ejecutan las intervenciones.

Las colmenas aportaron polinización e ingresos rurales

La instalación de 190 colmenas añadió una dimensión productiva al proyecto. Las abejas contribuyen a la polinización de las plantas presentes en el paisaje y fortalecen las relaciones entre vegetación silvestre, cultivos y biodiversidad.

Su presencia, sin embargo, no permite atribuirles por sí solas la recuperación de las 577 hectáreas. El resultado corresponde al conjunto de medidas aplicadas, entre ellas la plantación de árboles, el manejo del agua, la rehabilitación de suelos, las prácticas agropecuarias y el trabajo comunitario.

Las colmenas también ofrecieron a las familias la posibilidad de obtener productos apícolas. El proyecto impulsó el aprovechamiento y la transformación de miel, polen y propóleo, creando una actividad económica compatible con la conservación de la cobertura vegetal.

Esta combinación es importante para la continuidad de la restauración. Cuando el bosque y la vegetación circundante sostienen una fuente de ingresos, las comunidades disponen de un incentivo adicional para cuidar las áreas rehabilitadas y evitar que vuelvan a degradarse.

La experiencia se relaciona con otros programas en los que familias productoras participan en la recuperación de recursos naturales y zonas de recarga hídrica. En ambos casos, la conservación se integra con actividades capaces de mantener los medios de vida rurales.

La restauración se extendió a las fincas campesinas

Un total de 81 familias participó en las labores vinculadas con los árboles nativos. La intervención se desarrolló tanto en espacios de interés ambiental como dentro de unidades productivas, una decisión necesaria para trabajar sobre el paisaje completo.

El proyecto incorporó medidas agroecológicas y estableció 22 cultivos a cielo abierto con más de 20 especies de hortalizas, plantas aromáticas y frutales. La diversidad productiva buscó reducir vulnerabilidades y mejorar el aprovechamiento de los recursos disponibles.

También se habilitaron 42 sistemas de producción de alimentos bajo invernadero. Estas instalaciones contaron con captura de agua de lluvia y riego por goteo, lo que permitió relacionar la adaptación climática con un uso más eficiente del agua.

Las acciones evidencian que recuperar un ecosistema de montaña no exige eliminar toda actividad agropecuaria. El objetivo consiste en reorganizarla para reducir la erosión, la presión sobre los bosques y la pérdida de agua, al tiempo que se preserva la capacidad de las familias para producir alimentos y generar ingresos.

Otros proyectos rurales han mostrado resultados semejantes al combinar viveros, sistemas agroforestales y gestión comunitaria. En Nicaragua, por ejemplo, productores incorporaron miles de plantas forestales a iniciativas locales de conservación, vinculando el cuidado ambiental con la actividad de sus fincas.

La alta montaña regula el agua de Bogotá

Los páramos de Chingaza, Sumapaz y Guerrero forman parte de un sistema de alta montaña fundamental para captar y regular el agua. El proyecto buscó fortalecer esa función en las zonas altas asociadas con los embalses de Neusa, Sisga, Tominé y Chingaza.

La recuperación de la vegetación y los suelos puede favorecer la infiltración y disminuir la pérdida acelerada de agua por escorrentía. Estas funciones resultan especialmente importantes en territorios expuestos a cambios en la frecuencia de las lluvias y a periodos de menor disponibilidad hídrica.

El enfoque adoptado corresponde a una adaptación basada en ecosistemas: utilizar la conservación y recuperación de procesos naturales para reducir los riesgos climáticos que enfrentan las poblaciones y sus actividades económicas.

Los beneficios no se restringen a las ciudades que reciben el agua. Una mejor regulación hídrica también protege a las comunidades rurales, sus cultivos, el ganado y los suelos de los que depende la producción local.

Restaurar requiere conservar las relaciones entre especies

La plantación de árboles constituye solo la primera etapa de un proceso prolongado. Para que el bosque avance hacia una recuperación funcional necesita regeneración natural, diversidad vegetal, polinizadores, dispersores de semillas y protección frente a nuevas alteraciones.

Las abejas cumplen una parte de esas funciones al transportar polen entre flores. Otros animales intervienen en procesos distintos; investigaciones sobre la pérdida de dispersores de semillas causada por la deforestación muestran que la recuperación vegetal depende de redes ecológicas más amplias.

Por esa razón, las 577 hectáreas recuperadas representan una superficie sometida a restauración y rehabilitación, no la formación instantánea de un bosque maduro. La consolidación de los resultados exige seguimiento, mantenimiento de los árboles, protección de las colmenas y continuidad de los acuerdos con las familias.

El valor de la experiencia colombiana reside en haber conectado esas tareas con el funcionamiento económico de las fincas. Los árboles nativos, la apicultura, los sistemas de riego eficiente y la diversificación productiva se incorporaron como componentes de una misma estrategia territorial.

Fuente referencial:
OKDIARIO – Colombia planta 97.000 árboles y recupera 577 hectáreas con apoyo de la apicultura



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