
Ing. Agr. Gustavo Huesca Perez
Consultor y Analista Agropecuario
Cuando escuchamos hablar de cultivos transgénicos, muchas veces aparecen inmediatamente palabras como “laboratorio”, “genes”, “químicos” o “riesgo”.
Y alrededor de ellas se ha construido una discusión que, en muchos casos, está cargada de prejuicios, tanto a favor como en contra. Se ha armado una discusión ideológica que tiene poco sentido.
La ciencia, lo hemos visto al repasar la historia de la humanidad, no se detiene y, generalmente produce cambios positivos e irreversibles, siempre acompañados por resistencias, que son una característica generalizada en los seres humanos, como lo es, cierta negación a los cambios, a lo desconocido, hasta que se instalan.
Pero ¿qué son realmente los cultivos transgénicos?
La explicación, aunque detrás de ella exista una ciencia sofisticada, puede ser bastante sencilla.
Una planta con una característica nueva
Todas las plantas tienen genes. Los genes son, por decirlo de una manera simple, las instrucciones que determinan muchas de sus características: cómo crecen, qué tamaño alcanzan, cómo se reproducen o cómo responden frente a determinadas condiciones.
Tambien son los genes los que definen las características nutricionales de los cultivos.
La biotecnología permite identificar determinados genes y utilizarlos para incorporar una característica específica a una planta.
Por ejemplo, una planta puede recibir un gen que le permita resistir el ataque de determinados insectos. Otra puede adquirir tolerancia a determinado herbicida. También se han desarrollado plantas con características vinculadas con la calidad nutricional, la conservación o la adaptación a determinadas condiciones de deficiencias hídricas, de fríos extremos, etc.
Eso es, en términos sencillos, un cultivo transgénico: una planta a la que se le incorporó, mediante técnicas de ingeniería genética, una característica que antes no tenía.
No se trata de “crear una planta artificial”. La planta sigue siendo maíz, soja, algodón o cualquier otro cultivo. Lo que cambia es una determinada característica de su información genética.
¿Es algo completamente nuevo?
Aquí aparece uno de los primeros puntos interesantes de la discusión.
El ser humano viene modificando las plantas desde hace miles de años.
Cuando nuestros antepasados comenzaron a seleccionar para sembrar las plantas que tenían las mejores características —más rendimiento, frutos más grandes, mejor sabor o mayor resistencia— ya estaban modificando, generación tras generación, las características de los cultivos.
La diferencia es que aquellos agricultores lo hacían de manera lenta y mediante cruzamientos y selección.
La biotecnología moderna permite hacerlo de una manera mucho más precisa: identificar una característica determinada y trabajar directamente sobre los genes relacionados con ella.
Por eso, transgénesis y mejoramiento tradicional no son exactamente lo mismo, pero forman parte de una misma historia: la búsqueda humana por obtener plantas mejores para producir alimentos y materias primas con mayor especificidad.
¿Para qué se hicieron?
Los primeros grandes desarrollos comerciales buscaron resolver problemas concretos de la agricultura.
Uno de ellos era el ataque de insectos.
Si una planta podía incorporar una característica que la protegiera frente a determinados insectos, podía disminuirse el daño sobre el cultivo y, en determinadas circunstancias, reducirse la necesidad de realizar aplicaciones de insecticidas.Es una contribución directa al cuidado del medio ambiente.
Otro objetivo, en el mismo sentido, fue lograr cultivos capaces de tolerar determinados herbicidas, con lo que se logra utilizar menor cantidad de agroquímicos y mezclas de los mismos.
Esto permitió simplificar algunas estrategias de control de malezas y facilitó, especialmente en países como Argentina, la expansión de sistemas de siembra directa, luego expandido a otros países de Sudamérica e inclusive USA y Europa, donde el suelo prácticamente no se remueve.
En este sentido fue Argentina un precursos de este sistema de siembra que promueve la no agresión del suelo por menor remoción para el preparado de las camas de siembra previas a la implantación de un cultivo.
La soja tolerante a herbicidas, el maíz con determinadas características de resistencia a insectos y el algodón son probablemente los ejemplos más conocidos por la sociedad argentina. Estos cultivos transgénicos son también conocidos en Brasil, Paraguay, Uruguay , Colombia y México.
Tambien existen masivamente cultivos transgénicos distintos en otros paises latinoamericanos y del resto del mundo como la caña de azúcar en Brasil, la alfalfa en USA, la remolacha azucarera en USA y Canadá, la canola o colza en Canadá, USA y Australia entre otros.
Europa ha sido un poco refractaria a esta tecnología, quizá por la equivocada influencia de ideologías ambientalistas extremas que han hecho encomiables esfuerzos por demonizarla.
Entonces, ¿los transgénicos son buenos o malos?
Tal vez esa sea la pregunta equivocada.
Una tecnología no es necesariamente buena o mala en sí misma. Hay que preguntarse para qué se utiliza, cómo se utiliza y cuáles son sus consecuencias.
Un tractor puede mejorar enormemente la productividad de un establecimiento, pero también puede utilizarse de manera ineficiente.
Lo mismo ocurre con un fertilizante, un herbicida, un medicamento o una herramienta informática.
Con los cultivos transgénicos sucede algo parecido.
La discusión debería abandonar el “transgénico sí o transgénico no” y comenzar a hacerse preguntas más concretas:
¿Aumenta la producción?
¿Permite reducir determinadas pérdidas?
¿Disminuye el uso de algún producto?
¿Favorece la conservación del suelo?
¿Genera nuevos problemas?¿Quién controla su utilización?
¿Existen riesgos ambientales?¿Existen riesgos para la salud?
Y, fundamentalmente, ¿qué dice la evidencia científica disponible?
Una confusión frecuente: transgénico no significa “más agroquímicos”.
Este es uno de los puntos que más confusión genera.
Un cultivo transgénico no es, por definición, un cultivo que requiere más agroquímicos.
Depende de qué característica genética tenga incorporada y de cómo se maneje el cultivo.
Por ejemplo, existen cultivos modificados para resistir determinados insectos. En esos casos, la propia planta incorpora una característica que le permite defenderse de ciertas plagas. En este caso es evidente que disminuye la utilización de insecticidas que son los mas críticos en cuanto a daños a la salud y al medio ambiente en aplicaciones no controladas.
También existen cultivos tolerantes a determinados herbicidas. En ese caso, la tecnología está relacionada con el control de malezas.
Son características diferentes y tienen consecuencias agronómicas diferentes.
Por eso no es correcto meter a todos los cultivos transgénicos dentro de una misma bolsa.
¿Y qué pasa con la salud?
Probablemente sea la principal preocupación de cualquier consumidor.
Y es lógico que así sea.
Nadie debería aceptar una tecnología destinada a producir alimentos simplemente porque alguien afirma que es segura.
Debe existir evaluación, controles y evidencia científica.
Los organismos regulatorios de los distintos países analizan cada evento de modificación genética antes de autorizarlo para determinados usos.
La intervención del estado es fundamental, como garante de la seguridad de esta tecnología.
La evaluación considera, entre otras cuestiones, la composición del alimento, posibles efectos tóxicos o alergénicos sobre humanos, y seres vivientes y otros aspectos relacionados con su seguridad medioambiental.
Esto tampoco significa que la ciencia deba dejar de hacerse preguntas.
Al contrario: una tecnología que se utiliza sobre millones de hectáreas merece ser estudiada permanentemente.
La ciencia no debería funcionar como una religión que dice “esto es bueno y punto”. Debe evaluar, comparar, medir y corregir cuando aparecen nuevas evidencias.
Argentina y los transgénicos
Argentina fue uno de los países que más rápidamente incorporó esta tecnología.
La soja tolerante a herbicidas transformó profundamente la agricultura argentina desde mediados de la década de 1990.
Posteriormente se incorporaron nuevas tecnologías en soja, maíz y algodón, entre otros cultivos.
El fenómeno no puede analizarse solamente desde la semilla.
La aparición de los cultivos transgénicos coincidió con otros cambios enormes: siembra directa, maquinaria cada vez más eficiente, agricultura de precisión, nuevos herbicidas, fertilización, mejores híbridos y variedades, sistemas de información y una creciente profesionalización de la gestión agrícola.
Es decir, la revolución agrícola no fue producto de una sola tecnología.
Fue la combinación de muchas tecnologías que cambiaron la manera de producir.
Pero tampoco hay que idealizarlos
Defender la biotecnología no significa negar sus problemas.
El uso repetido de una misma tecnología puede generar consecuencias no deseadas.
Un ejemplo conocido es la aparición de malezas resistentes a determinados herbicidas. Cuando una misma herramienta de control se utiliza durante muchos años de manera repetitiva, algunas poblaciones de malezas pueden sobrevivir, generar formas de resistencia de ciertos individuos que comienzan a reproducirse hasta lograr masividad aumentando su presencia y posterior invasión.
La respuesta no debería ser culpar a la semilla.
El problema está en el manejo del sistema productivo.
Rotar cultivos, utilizar diferentes mecanismos de acción, realizar controles adecuados y evitar depender de una única herramienta son principios básicos de una agricultura responsable.
En definitiva, una buena tecnología puede ser mal utilizada.
El verdadero debate
Quizás el mayor problema sea que hemos convertido una discusión científica y agronómica en una discusión ideológica.
De un lado aparecen quienes consideran que todo lo relacionado con la biotecnología es necesariamente positivo.
Del otro, quienes consideran que cualquier modificación genética constituye una amenaza.
Ambas posiciones pueden ser demasiado simplistas, binarias.n ,.-0.
La agricultura necesita producir alimentos, fibras y energía para una población mundial creciente. Pero también necesita cuidar el suelo, el agua, la biodiversidad y los recursos naturales.
Y necesita hacerlo utilizando cada vez menos recursos por unidad de producto.
Ahí es donde la biotecnología puede tener un papel importante.
Pero no debería ser presentada como una solución mágica.
Una semilla transgénica no reemplaza al conocimiento del productor, al asesoramiento profesional ni a las buenas prácticas agrícolas.
Es una herramienta más.
Y como ocurre con cualquier herramienta, su resultado dependerá de cómo la utilicemos.
Mirar hacia adelante
La discusión sobre los transgénicos tampoco debería quedar atrapada en las tecnologías de hace treinta años.
La biotecnología está avanzando hacia herramientas cada vez más sofisticadas.
Hoy se habla de edición génica, de nuevas técnicas de mejoramiento y de plantas capaces de incorporar características muy específicas.
El desafío será aprovechar esas posibilidades sin perder de vista algo fundamental: la agricultura no produce solamente toneladas; produce alimentos dentro de un ambiente que debemos conservar.
Por eso, en lugar de preguntar simplemente si estamos a favor o en contra de los transgénicos, quizás deberíamos formular una pregunta mucho más útil:
¿Qué tecnología necesitamos para producir más, mejor y de manera más sustentable?
Esa es, en definitiva, la discusión que deberíamos tener.
Porque el futuro de la agricultura probablemente no esté en elegir entre tecnología y naturaleza.
Esté, justamente, en aprender a utilizar la tecnología para producir respetando cada vez mejor a la naturaleza.
El Ing. Agr. Gustavo Huesca Perez es colaborador destacado de Mundo Agropecuario
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