
Ing. Agr. Gustavo Huesca Perez
Consultor y Analista Agropecuario
Cuando se habla de la producción agropecuaria, la atención suele concentrarse en los grandes cultivos extensivos como la soja, maíz, trigo o girasol, o en la ganadería vacuna, porcina o aviar.
Sin embargo, existe otro universo productivo, mucho más diverso, intensivo y generador de empleo, que sostiene el desarrollo económico y social de cientos de ciudades y pueblos del interior profundo de los paìses: las Economías Regionales.
Lejos de representar una actividad marginal, constituyen uno de los pilares del federalismo productivo no solo argentino, sino de los países latinoamericanos.
. Generan arraigo, empleo, agregado de valor en origen, exportaciones, identidad cultural y ocupación territorial. En muchas regiones son, además, la principal fuente de ingresos y de desarrollo local.
A nivel mundial ocurre exactamente lo mismo. Desde los olivares mediterráneos de España e Italia hasta los viñedos franceses, el café colombiano y brasileño, el cacao ecuatoriano, las frutas chilenas, el salmón del sur de Chile, las flores de Ecuador, el azúcar centroamericano, la quinua boliviana o los berries mexicanos, las economías regionales constituyen el motor económico de vastas regiones cuya competitividad depende menos de la escala y mucho más del conocimiento, la calidad y la organización.
En América Latina, estas actividades generan millones de puestos de trabajo y representan una parte significativa de las exportaciones agroalimentarias.
Además, muchas de ellas son verdaderos embajadores de cada país en los mercados internacionales, asociando sus productos con calidad, tradición y origen.
Argentina posee una extraordinaria diversidad agroecológica que permite producir prácticamente todo tipo de alimentos, fibras y materias primas.
Esa riqueza natural ha dado origen a una enorme variedad de economías regionales distribuidas a lo largo del país.
Entre las principales pueden mencionarse la vitivinicultura de Mendoza, San Juan, La Rioja, Salta y Patagonia; la yerba mate y el té de Misiones y Corrientes; el tabaco del NOA y del NEA; la producción de cítricos del Litoral y del NOA; las peras y manzanas del Alto Valle; las cerezas y frutas finas patagónicas; el algodón del Chaco y Santiago del Estero; el azúcar de Tucumán y Jujuy; el olivo cuyano; los frutos secos de Cuyo y el NOA; el arroz del Litoral; el maní cordobés; la producción forestal del NEA y Mesopotamia; la lana ovina patagónica; el lúpulo de la Comarca Andina; las hortalizas de los cinturones verdes; las legumbres del norte argentino; la apicultura distribuida en gran parte del territorio; la floricultura; la producción caprina del noroeste argentino y numerosas actividades frutícolas y hortícolas que abastecen tanto al mercado interno como a los mercados internacionales.
Cada una de ellas posee características propias, pero todas comparten algo comun: están conformadas por pequeños productores mayormente, que enfrentan enormes desafíos para sostener su competitividad.
El reducido tamaño de las explotaciones limita el acceso al crédito, a la incorporación de tecnología, a la innovación, a la certificación de calidad, a la logística, al agregado de valor y, sobre todo, al poder de negociación comercial.
Mientras la producción permanece atomizada, los restantes eslabones de la cadena suelen concentrarse cada vez más.
Industrias, supermercados, exportadores, operadores logísticos y grandes cadenas comerciales poseen una capacidad de negociación muy superior, capturando una proporción creciente del valor agregado de lo producido en esas regiones.
Como consecuencia, el productor asume gran parte del riesgo climático, financiero y productivo, y, generalmente, obtiene la menor participación en la renta final.
Este fenómeno no es exclusivo de Argentina. Se observa en prácticamente todos los países donde predominan pequeños establecimientos familiares.
Sin embargo, las experiencias internacionales muestran que existen caminos para revertir esta situación.
El principal de ellos es la organización. Las cooperativas modernas, los consorcios de exportación, las asociaciones de productores, los clústeres regionales y las alianzas estratégicas permiten alcanzar escalas comerciales, compartir inversiones, acceder a tecnologías, desarrollar marcas colectivas, mejorar la logística y fortalecer la posición negociadora sin perder la independencia empresarial.
Es el concepto de «coopetencia»: competir en los mercados colaborando en aquellos aspectos donde la unión genera beneficios para todos.
En un mundo donde la escala resulta determinante, la cooperación deja de ser una alternativa para transformarse en una condición indispensable para la supervivencia.
Aquí aparece el rol insustituible del Estado. No como sustituto del productor ni como administrador de las empresas, ni como empresario mismo, como en el caso de La Rioja con el sistema de las SAPEM,que agravan aún mas la situación de los pequeños productores al competir deslealmente, sino como articulador del desarrollo.
Argentina necesita una política nacional de largo plazo para sus Economías Regionales, construida sobre consensos que trasciendan los cambios de gobierno.
Un verdadero Plan Estratégico Nacional debería contemplar programas permanentes de capacitación empresarial y tecnológica, asistencia técnica, innovación, acceso al financiamiento, infraestructura rural, conectividad, logística, apertura de mercados internacionales, promoción comercial y, especialmente, incentivos concretos para el asociativismo productivo.
Los subsidios, cuando existan, deberían orientarse principalmente a generar capacidades permanentes y no solamente a atender emergencias coyunturales.
Cada peso invertido en organización, conocimiento e innovación genera retornos mucho mayores que los destinados únicamente a paliar crisis.
¿CUÁNTO APORTAN LAS ECONOMÍAS REGIONALES A LA ARGENTINA?
Después de recorrer, en términos generales, qué entendemos por Economías Regionales, su importancia para la Argentina, América Latina y otras regiones del mundo, vale la pena detenernos un momento en los números.
Porque detrás de cada producción regional hay mucho más que un producto: hay productores, trabajadores, industrias, transportistas, comerciantes, proveedores de insumos, exportadores y, fundamentalmente, pueblos y ciudades del interior cuya vida económica depende en buena medida de esas actividades.
En la Argentina, las Economías Regionales comprenden más de treinta cadenas productivas y agroindustriales.
Una primera aproximación permite dimensionar su importancia.
Datos de la Secretaría Ganadería y Pesca de Agricultura de la Nación dan cuenta que Las Economías Regionales generan alrededor de 1,27 millones de puestos de trabajo, cifra que representa aproximadamente la mitad del empleo generado por la agroindustria argentina. Es una característica particularmente importante porque se trata, en gran medida, de actividades intensivas en mano de obra y fuertemente arraigadas al territorio.
En materia de comercio exterior, el dato más reciente consolidado dela misma fuente, resulta igualmente significativo. Durante 2024, las Economías Regionales argentinas exportaron US$ 8.749 millones, un 23,8% más que en 2023. Al mismo tiempo, importaron productos por US$ 2.004 millones, por lo que generaron un superávit comercial de US$ 6.745 millones.
Es decir que estamos frente a un conjunto de actividades que no solamente generan empleo y actividad económica en el interior, sino que además aportan una cantidad muy importante de dólares genuinos a la economía nacional.
No todas generan lo mismo, ni de la misma manera
Una de las características más interesantes de las Economías Regionales es precisamente su diversidad.
No es comparable, por ejemplo, la generación de valor y empleo de una hectárea de vid con la de una hectárea de algodón, arroz, forestación o producción extensiva de granos.
La vitivinicultura, las frutas, los cítricos, el tabaco, la horticultura, la yerba mate o el té requieren una cantidad de trabajadores por hectárea considerablemente mayor que las producciones agrícolas extensivas.
Por eso, medir únicamente los dólares exportados puede llevar a una conclusión equivocada.
Una actividad puede exportar relativamente pocos dólares y, sin embargo, generar una enorme cantidad de empleo, actividad industrial y movimiento económico local.
La vitivinicultura es un buen ejemplo. Estudios sobre las cadenas agroindustriales han mostrado que el complejo vitivinícola presenta una intensidad de empleo por hectárea muy superior a la de los grandes cultivos extensivos.
Algo similar ocurre con buena parte de las producciones frutícolas, hortícolas y otras actividades que requieren tareas de poda, cosecha, selección, empaque, industrialización y comercialización.
Las Economías Regionales no sólo producen alimentos.
También producen arraigo. Cada establecimiento que desaparece representa una familia menos viviendo en el interior, un comercio que cierra, una escuela rural con menos alumnos y una comunidad que pierde dinamismo económico.
Fortalecer estas actividades significa también reducir las migraciones hacia los grandes centros urbanos y promover un desarrollo territorial más equilibrado.
Su aporte económico resulta enorme. Además de abastecer el mercado interno con una gran diversidad de alimentos, generan miles de millones de dólares en exportaciones, incorporan valor agregado en origen, movilizan industrias de procesamiento, transporte, envases, servicios técnicos y comercio, y crean cientos de miles de empleos directos e indirectos.
Y justamente por esa diversidad, sería imposible analizar todas estas cadenas en profundidad dentro de un único artículo.
En próximos capítulos, mas adelante, nos ocuparemos, entonces, de entrar en cada una de ellas: conocer su historia, dónde se producen, cuánto producen, cuánto empleo generan, cuánto exportan, cuáles son sus problemas y, fundamentalmente, cuál podría ser su potencial de crecimiento en la Argentina y en el resto de los países latinoamericanos.
Porque si algo queda claro después de mirar estos números es que las Economías Regionales no son un sector marginal de la economía.
Son una parte esencial de un país productivo que todavía hay mucho por desarrollar.
Porque comprenderlas es comprender gran parte de la América productiva. Y porque fortalecerlas no constituye solamente una política agropecuaria. Es una política tendiente a fortalecer el desarrollo de un país.
El Ing. Agr. Gustavo Huesca Perez es colaborador destacado de Mundo Agropecuario
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