
Ing. Agr. Gustavo Huesca Perez
Consultor y Analista Agropecuario
Para quien vive lejos del campo, la expresión «siembra directa» puede resultar poco clara. Mis amigos, alejados del quehacer agropecuario, me han preguntado que significa.
Sin embargo, describe una transformación que cambió nuestra agricultura: Simplemente es “colocar la semilla en el suelo sin removerlo previamente, conservando en la superficie los restos del cultivo anterior”. Comprenderla permite reconocer uno de los grandes aportes argentinos a la producción de alimentos y al cuidado de la tierra.
En la agricultura convencional, distintas herramientas, como arados de reja y vertedera, rastras de discos, cinceles, rastras remueven y preparan el terreno antes de sembrar.
En la siembra directa, una máquina especialmente diseñada atraviesa esa cobertura vegetal, abre una pequeña ranura, deposita la semilla a la profundidad adecuada y vuelve a cerrarla. La intervención queda concentrada en esa estrecha línea. El resto del suelo permanece sin ser removido.
Los restos de tallos, hojas y raíces que deja una cosecha se llaman rastrojos. Lejos de ser basura, constituyen una protección: amortiguan el impacto de las gotas de lluvia, reducen la evaporación y ayudan a evitar que el agua y el viento se lleven la tierra fértil.
Con buen manejo, la continuidad de raíces y poros favorece la infiltración. El suelo deja de ser solamente un soporte donde sembrar y pasa a entenderse como un sistema vivo que debemos conservar.
Un suelo, con el tiempo, forma una estructura porosa homogénea que favorece la retención de agua, nutrientes y materia orgánica. Al ser removido eso se pierde.
Esta práctica no elimina las sequías ni garantiza cosechas.
Permite aprovechar mejor el agua disponible, un recurso que muchas veces decide el resultado de una campaña.
De los primeros ensayos a una nueva manera de pensar
La historia merece contarse con orgullo y precisión.
La siembra sin labranza, llamada Labranza 0, tuvo antecedentes modernos en Estados Unidos y el Reino Unido, y un desarrollo temprano en Brasil.
La Argentina fue protagonista de su investigación, adaptación y adopción masiva, hasta convertirse en una referencia internacional. Ese mérito no necesita adjudicarnos una invención exclusiva.
En nuestro país, el INTA reconoce como primer antecedente científico los trabajos de Marcelo Fagioli en Pergamino, a mediados de la década de 1960. Al estudiar distintas profundidades de arada y su relación con la humedad, incluyó parcelas de maíz sin labranza. Aquel tratamiento experimental abrió una pregunta que desafiaba una convicción arraigada: ¿era indispensable remover el suelo para producir?
Durante los años setenta, las investigaciones específicas cobraron impulso, especialmente en el INTA Marcos Juárez.
Alfredo Lattanzi, Hugo Marelli, Mario Nardone y Osvaldo Signorile integraron aquel proceso.
La erosión, particularmente preocupante en áreas de Córdoba y Santa Fe, obligaba a revisar prácticas habituales.
También hubo experiencias tempranas con maíz: el origen del sistema fue más amplio que su posterior asociación con la soja.
Entre el 1 y el 3 de septiembre de 1977, Marcos Juárez fue sede de la Primera Reunión Técnica de Cultivos sin Labranzas.
Allí se compartieron experiencias del INTA y de productores y profesionales. La institución aportó ensayos, seguimiento, formación y extensión. Permitió contrastar una idea promisoria con resultados obtenidos en distintos suelos y ambientes.
En esa historia corresponde destacar a Jorge Horacio Cazenave, uno de los grandes impulsores de la labranza cero en la Argentina.
Conoció las experiencias estadounidenses y trabajó para introducirlas y difundirlas aquí. En 1977 promovió la visita del especialista Shirley Phillips, de la Universidad de Kentucky, favoreciendo un intercambio de conocimientos que tendría consecuencias duraderas.
Cazenave también impulsó el adaptador NO-ARA, concebido para realizar pruebas de siembra sin la preparación convencional.
Su aporte combinó observación, iniciativa y búsqueda de soluciones prácticas. Junto con investigadores, productores y fabricantes, ayudó a demostrar que aquello que parecía una rareza podía convertirse en una alternativa productiva.
Labranza cero y siembra directa nombran aspectos muy próximos de esta transformación.
No fueron dos inventos separados: con el tiempo, el énfasis pasó de suprimir labores a construir un sistema que reuniera cobertura, rotaciones, nutrición y manejo de malezas.
Las máquinas también debieron cambiar
Las sembradoras tradicionales estaban preparadas para trabajar sobre tierra previamente aflojada y con pocos residuos en superficie. Sembrar sobre un suelo sin remover, atravesando rastrojos, exigía otro diseño.
Fue necesario desarrollar equipos capaces de cortar la cobertura sin arrastrarla al surco, penetrar el terreno, mantener la profundidad y lograr un buen contacto entre semilla y suelo. Cuchillas, discos abresurcos, mecanismos de presión y ruedas de cierre adquirieron una importancia decisiva. También hubo que mejorar la distribución de los residuos que dejaban las cosechadoras.
Allí pudo lucirse la industria metalmecánica argentina, con epicentro en el sur de Santa Fe y Cordoba, que demostró ser una avanzada en el mundo en cuanto a diseño y perfeccionamiento constante, adaptádose a las exigencias que esta nuevas prácticas demandaban.
Productores, técnicos y fabricantes ensayaron adaptaciones hasta llegar a máquinas específicas. La industria argentina de maquinaria agrícola fue parte de esa construcción.
El avance agronómico encontró una respuesta industrial que permitió llevarlo a mayor escala.
El glifosato y el impulso de la soja
Uno de los obstáculos iniciales era el control de las malezas. Al abandonar la remoción mecánica, había que evitar por otros medios que esas plantas compitieran por agua, luz y nutrientes.
La disponibilidad y difusión del glifosato fueron fundamentales para facilitar ese control.
Más adelante, la autorización argentina de la soja RR tolerante a glifosato, en 1996, simplificó el manejo dentro del cultivo y contribuyó a acelerar la expansión.
La siembra directa ya existía: la combinación de tecnologías favoreció su adopción, particularmente de la mano de la soja.
Conviene aclarar una diferencia: antes de esa soja tolerante, el glifosato podía utilizarse para controlar malezas antes de sembrar.
La nueva tolerancia permitió emplearlo durante el cultivo sin destruir esa soja. Por lo tanto, siembra directa, glifosato y soja modificada genéticamente son tecnologías relacionadas, pero diferentes.
La reducción de pasadas de maquinaria significó ahorro de combustible, tiempo y trabajo, además de menor exposición del suelo a la erosión.
En cambio, no corresponde afirmar que la siembra directa reduce, por sí sola, todos los agroquímicos. Al reemplazar labores mecánicas, el sistema puede aumentar su dependencia de herbicidas si se simplifica el manejo.
Las organizaciones ambientalistas se encargaron de hacer una campaña de denostación del uso del herbicida, pero, como siempre, se callaron y no dijeron que la gran reducción de labores beneficiaba la conservación del medio ambiente, no solo por la no remoción del suelo, sino también por la menor utilización de fuerza mecánica que,al utilizar combustibles, liberaban gases tóxicos al medio ambiente.
Las rotaciones, los cultivos de cobertura y el control integrado de malezas permiten reducir esa dependencia. La repetición de un mismo herbicida favorece la selección de malezas resistentes, capaces de sobrevivir al tratamiento.
Aparecían resistencias al uso prolongado de herbicidas que obligaban a una estrategia agronómica de usar herbicidas alternativos. Esa experiencia obliga a mejorar las decisiones técnicas y los profesionales de las ciencias agrarias debieron intervenir para dar sustento al la práctica.
Recuerdo los fuertes debates alrededor del glifosato y de las nuevas tecnologías, con cuestionamientos de organizaciones ambientalistas y respuestas del sector productivo. Mi convicción es que debemos discutir con evidencia, controles y responsabilidad profesional.
Reconocer el aporte de una herramienta exige también evaluar cómo se utiliza y sus efectos. Defender la innovación requiere aceptar esa tarea. Sostener argumentos fundamentalistas no tiene sentido. Los aportes de la ciencia en la evaluación de los efectos perjudiciales deben ser respetados.
El agua y la oportunidad del doble cultivo
La secuencia trigo-soja muestra con claridad la importancia de este cambio.
Después de cosechar el trigo, la sembradora puede implantar soja sobre su rastrojo, evitando las labores de preparación que demandaban tiempo y favorecían pérdidas de humedad por evaporación.
En verano, cuando cada día cuenta, esa posibilidad resulta valiosa. Permite acortar el intervalo entre cosecha y siembra y aprovechar mejor las condiciones disponibles para establecer el segundo cultivo.
El rastrojo de trigo protege la superficie mientras comienza el nuevo ciclo.
La siembra directa potenció el doble cultivo, aunque no lo inventó.
Tampoco asegura que después del trigo quede agua suficiente: el cereal consume humedad y la decisión depende del suelo, las lluvias y el ambiente.
Su ventaja consiste en evitar pérdidas adicionales y mejorar la oportunidad de siembra. Dos cosechas en una misma superficie requieren planificación y reposición de nutrientes.
Aapresid y el valor de compartir conocimientos
El 1 de agosto de 1989 se fundó la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa, Aapresid. Su primer presidente fue Víctor Trucco.
Entre sus referentes fundadores estuvieron Rogelio Fogante, Luis Giraudo y Jorge Romagnoli. La asociación dio organización y continuidad al intercambio entre productores, investigadores, asesores y empresas.
Tuve la oportunidad de conocer personalmente a Víctor y de construir con él un vínculo de cierta amistad e intercambio durante mi desempeño como jefe de asesores de la Comisión de Agricultura de la Cámara de Diputados de la Nación.
En aquella etapa de afianzamiento del sistema, nuestra interacción me permitió seguir de cerca el entusiasmo y las dificultades de quienes buscaban extenderlo.
También conocí cómo técnicos y referentes de Aapresid eran convocados a seminarios y congresos en distintos países para explicar la experiencia argentina.
Nuestro campo podía aportar conocimientos además de alimentos. Esa capacidad de enseñar lo aprendido, y de seguir aprendiendo de otros, constituye un motivo de orgullo.
La soja fue un motor de expansión, pero el sistema se consolidó también en maíz, trigo y otros cultivos.
Incorporarlos en rotaciones tiene una razón agronómica: sus raíces, residuos y ciclos diferentes ayudan a diversificar el funcionamiento del lote y a interrumpir problemas de malezas, plagas y enfermedades.
Sembrar soja todos los años sin arar puede ser siembra directa como técnica de implantación, pero deja incompleto el enfoque conservacionista.
La FAO define la agricultura de conservación mediante tres principios complementarios: mínima alteración del suelo, cobertura permanente y diversificación de especies. La sustentabilidad depende de sostenerlos en conjunto.
Una transformación americana con proyección mundial
En Brasil, Herbert Bartz inició en 1972 una experiencia comercial emblemática de plantio direto en Paraná.
Investigadores y productores brasileños construyeron un camino propio, mientras en Chile también se destacaron las experiencias de Carlos Crovetto. La historia regional se enriqueció con intercambios y adaptaciones, sin un recorrido idéntico para todos los países.
Paraguay y Uruguay desarrollaron asimismo experiencias importantes, y la cooperación técnica del Cono Sur contribuyó a compartir resultados.
PROCISUR reunió instituciones de investigación y documentó estos procesos. En América del Norte, Estados Unidos, México y Canadá aportaron sus propios desarrollos. La innovación avanzó por una red de conocimientos que cruzó fronteras.
La experiencia argentina se proyectó también fuera de América. Aapresid documenta proyectos de transferencia y adaptación en países africanos, como Ghana y Guinea, e intercambios técnicos en Europa.
Es una muestra concreta de que el conocimiento agronómico puede convertirse en una contribución internacional del país.
Su expansión exige adecuaciones. Un suelo frío y húmedo plantea desafíos diferentes de uno cálido y seco. En explotaciones pequeñas, los rastrojos pueden necesitarse para alimentar animales, lo que dificulta conservarlos sobre el terreno.
Las máquinas, el acceso a asesoramiento y la capacidad de financiar la transición también condicionan la adopción.
Para extender el sistema hacen falta ensayos locales, capacitación, equipos adecuados y políticas que acompañen el cuidado del suelo.
La experiencia sudamericana ofrece una base valiosa; cada región debe encontrar cómo aplicarla.
Un logro que debemos sostener
Las cifras deben leerse con fecha y alcance. Aapresid registró para 2016/17 una adopción del 93% en soja y del 90% para el conjunto nacional relevado.
Más recientemente, su Red de Manejo de Plagas estimó que en 2024/25 el 82% de la superficie agrícola nacional se produjo bajo siembra directa y que el 18% recibió alguna labranza. Son relevamientos de momentos y alcances distintos, y el último no constituye una cifra específica de soja.
El dato reciente merece atención: la propia entidad advierte sobre el regreso de labores asociado, en parte, a las dificultades para controlar malezas.
Los logros técnicos necesitan seguimiento y mejoras continuas. El orgullo por lo alcanzado debe impulsarnos a resolver esos problemas.
La historia de la siembra directa demuestra cuánto puede conseguir la Argentina cuando conecta investigación pública, iniciativa de productores, industria y organizaciones técnicas.
El INTA y los pioneros que se animaron a cuestionar prácticas establecidas merecen un lugar destacado en esa memoria.
Acercar el campo a la ciudad también consiste en explicar estas transformaciones. Detrás de una cosecha hay décadas de ensayos, decisiones y aprendizajes que rara vez llegan al debate público.
La tierra fértil tarda mucho más en formarse que una cosecha en crecer. Producir cuidándola es una responsabilidad que trasciende al campo: compromete el alimento y las oportunidades de las próximas generaciones. La Argentina ya demostró que puede abrir ese camino. Nos corresponde sostenerlo y compartirlo.
El Ing. Agr. Gustavo Huesca Perez es colaborador destacado de Mundo Agropecuario
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