
Ing. Agr. Gustavo Huesca Perez
Consultor y Analista Agropecuario
Hay campañas agrícolas buenas, campañas excepcionales y campañas que quedan registradas en la historia. La campaña maicera 2025/26 en Argentina pertenece, sin dudas, a esta última categoría.
Argentina está cosechando alrededor de 70/71,5 millones de toneladas de maíz, según la fuente y la metodología utilizada. Es un récord histórico para el cultivo y representa un salto extraordinario respecto de la campaña anterior.
La superficie implantada también alcanzó un máximo, mientras que los rendimientos promedio nacionales se ubicaron en niveles que pocos años atrás parecían difíciles de imaginar.
Pero detrás de estos números hay una pregunta mucho más interesante: ¿por qué Argentina produjo tanto maíz?
La respuesta no puede reducirse a «llovió bien». Hubo agua, por supuesto. Hubo condiciones ambientales favorables.
También hubo genética, fertilización, maquinaria, conocimiento agronómico, manejo de fechas de siembra, agricultura de precisión, monitoreo, manejo sanitario y, fundamentalmente, productores que supieron aprovechar una oportunidad climática excepcional.
Un récord construido sobre dos pilares
- La primera explicación está en la superficie.
El área maicera creció fuertemente. Los datos oficiales señalan un incremento desde aproximadamente 9,2 millones de hectáreas hasta 11,6 millones. La Bolsa de Comercio de Rosario, con otra metodología de estimación, ubica el área en alrededor de 11 millones de hectáreas. En ambos casos, la conclusión es la misma: Argentina sembró muchísimo más maíz.
- El segundo componente fue el rendimiento.
El promedio nacional superó los 7.200 kilos por hectárea y, en numerosas regiones, los rindes fueron considerablemente superiores.
Es decir que el récord no surgió solamente porque se sembró más. Se sembró más y, además, se cosechó más por hectárea.
Y ahí aparece el verdadero protagonista de esta historia: el sistema productivo argentino. El Productor argentino.
El clima hizo su parte
Sería absurdo negar la importancia del clima.
Después de varias campañas marcadas por sequías, temperaturas extremas y restricciones hídricas, la campaña 2025/26 encontró buena disponibilidad de agua en una parte importante de las principales regiones agrícolas.
La propia Secretaría de Agricultura atribuye el extraordinario resultado a una combinación de condiciones climáticas e hídricas favorables, incorporación de tecnología y adecuado manejo agronómico.
Pero el clima, por sí solo, no produce 70 millones de toneladas.
La lluvia puede llenar el perfil del suelo. Lo que hace el productor es convertir esa agua, mediante tecnología y manejo, en kilos de maíz.
El productor: mucho más que un sembrador
A veces, desde las ciudades se observa al productor agropecuario como alguien que simplemente «siembra y espera que llueva».
La realidad del maíz moderno es exactamente la contraria.
Detrás de una hectárea de maíz hay una enorme cantidad de decisiones.
¿Qué híbrido utilizar? ¿En qué fecha sembrar? ¿qué densidad?
¿Con qué fertilización? ¿Cuánto nitrógeno? ¿Fósforo? ¿Azufre?
¿Zinc? ¿Dónde colocar los nutrientes? ¿Cómo manejar el agua disponible?
¿Qué estrategia utilizar frente a malezas, enfermedades e insectos?
¿Conviene sembrar temprano o tardío?
¿Cuál es el ambiente productivo de cada lote?
¿Dónde están las limitantes?
Todas esas decisiones terminan expresándose en una cifra aparentemente sencilla: toneladas por hectárea.
La revolución silenciosa de la genética
Uno de los factores que más ha transformado al maíz argentino es la genética.
Los híbridos actuales no son los mismos que utilizaban nuestros padres y abuelos. La selección genética permitió aumentar el potencial de rendimiento, mejorar la estabilidad, tolerar diferentes condiciones ambientales y desarrollar materiales adaptados a distintas regiones.
La investigación y los ensayos comparativos siguen siendo fundamentales. INTA, fundamental organismo que acompaña el gran desarrollo agropecuario argentino, por ejemplo, evalúa actualmente numerosos híbridos comerciales en diferentes ambientes para medir rendimiento, estabilidad y comportamiento agronómico.
La genética es, en definitiva, una de las grandes fábricas invisibles de esta supercosecha.
La tecnología también cosecha
La agricultura argentina incorporó durante las últimas décadas una cantidad enorme de tecnología.
Sembradoras de precisión. Piloto automático. Monitoreo satelital. Mapas de rendimiento. Dosis variable. Sensores.
Agricultura por ambientes. Maquinaria cada vez más eficiente. Sistemas de información. Modelos climáticos.
Monitoreo de plagas. Aplicaciones selectivas.
Y ahora, además, inteligencia artificial y herramientas digitales que comienzan a ingresar con fuerza en la toma de decisiones.
Todo esto permite hacer algo que hace algunas décadas parecía imposible: tratar de manera diferente aquello que es diferente dentro de un mismo lote.
No es lo mismo una loma que una depresión. No es lo mismo un suelo profundo que uno limitado. No es lo mismo una zona con excelente disponibilidad de nutrientes que otra con restricciones.
La agricultura moderna intenta abandonar el concepto de «una receta para toda la hectárea».
El agua es importante, pero el manejo del agua es todavía más importante
El maíz es uno de los cultivos que mejor expresa el potencial productivo cuando dispone de agua y nutrientes en el momento adecuado.
Por eso, la excelente disponibilidad hídrica de esta campaña fue determinante.
Pero también hubo decisiones agronómicas que permitieron aprovecharla.
La elección de fechas de siembra, el manejo de la densidad, la estructura del suelo, la fertilización y la conservación del agua mediante sistemas como la siembra directa son elementos que explican por qué una misma cantidad de lluvia puede producir resultados muy diferentes entre dos establecimientos.
El agua es un recurso natural.
Transformarla en producción es una tarea tecnológica.
El fantasma de la chicharrita
La historia de esta campaña tampoco puede contarse sin mencionar a Dalbulus maidis, la llamada chicharrita del maíz.
Después de los graves problemas sanitarios registrados en la campaña anterior, el productor incorporó el problema a su planificación.
Se modificaron fechas de siembra, se intensificó el monitoreo y se prestó mucha más atención a la dinámica de la plaga.
Los resultados fueron heterogéneos según las regiones, pero el problema sanitario no impidió que Argentina alcanzara este récord. La información oficial señala justamente diferencias importantes en la presencia de la plaga entre regiones.
La lección es importante: la agricultura moderna también consiste en aprender de los fracasos de la campaña anterior.
¿Y qué significa esto para la Argentina? Muchísimo.
El maíz no es solamente un grano que sale por los puertos.
Es carne. Es leche. Es huevos. Es bioetanol, o sea, biocombustibles. Es almidón.
Es molienda. Es alimento balanceado. Es industria.
Es transporte. Es empleo.
Es actividad económica en los pueblos del interior.
Cada tonelada de maíz genera una cadena de valor que excede largamente al establecimiento donde fue producida.
Por eso, una cosecha récord de maíz debería ser vista como una oportunidad para profundizar la industrialización.
Exportar grano es importante.
Pero exportar productos derivados del maíz puede ser todavía más importante.
Argentina vuelve a ganar peso en el mercado internacional
El mundo necesita maíz.
China, la Unión Europea, México, los países del sudeste asiático y numerosas naciones importadoras utilizan el cereal para alimentación animal, industria y energía.
En ese contexto, una Argentina con alrededor de 70 millones de toneladas recupera una posición de enorme relevancia en el comercio internacional.
El USDA llegó a elevar su previsión de exportaciones argentinas de maíz para la campaña 2025/26 hasta 41 millones de toneladas, ocho millones más que su estimación anterior.
Ese volumen coloca nuevamente a Argentina entre los grandes protagonistas mundiales del comercio maicero.
Y aquí aparece una paradoja.
Podemos producir muchísimo maíz, pero todavía tenemos mucho por hacer para capturar todo el valor económico que ese maíz puede generar.
El problema: producir más no siempre significa ganar más.
Una cosecha récord no necesariamente significa una rentabilidad récord para el productor.
Este punto merece ser destacado.
Cuando aumenta fuertemente la producción, también aumenta la oferta.
Y cuando aumenta la oferta, el precio puede sufrir.
La propia Bolsa de Comercio de Rosario advirtió durante la campaña que el enorme flujo de granos podía condicionar los precios y el ritmo de ventas.
Por eso, el éxito productivo debe complementarse con una buena estrategia comercial.
No alcanza con producir 70 millones de toneladas.
Hay que venderlas bien, almacenarlas, transportarlas eficientemente y transformarlas cuando sea posible.
El desafío de la logística
Aquí aparece uno de los grandes límites estructurales de Argentina.
Podemos desarrollar híbridos de altísimo potencial.
Podemos sembrar con precisión milimétrica.
Podemos producir 10, 12 o 15 toneladas por hectárea.
Pero si después debemos transportar el grano cientos de kilómetros por caminos deteriorados, ferrocarriles insuficientes y rutas congestionadas, parte de esa eficiencia desaparece.
Una supercosecha pone a prueba todo el sistema.
Puertos.Rutas.Ferrocarriles.Camiones.Acopios.Terminales.
Almacenamiento.Capacidad de procesamiento.
Y también el sistema comercial.
El cuello de botella de la agricultura argentina ya no está solamente en producir. Está cada vez más en mover, almacenar y agregar valor.
Hay otra cuestión que no deberíamos olvidar: el suelo
El récord de producción también debe ser una invitación a mirar hacia adelante.
El desafío no es producir 70 millones de toneladas de maíz una vez.
El verdadero desafío es poder producirlas nuevamente sin deteriorar el recurso que hace posible esa producción.
El maíz aporta enormes cantidades de biomasa, cobertura y carbono al sistema y tiene un papel fundamental en las rotaciones agrícolas. Investigaciones de INTA destacan precisamente su contribución a la sustentabilidad de los sistemas productivos.
Por eso, la rotación, la reposición de nutrientes, el manejo de la fertilización, la conservación del suelo y el cuidado del agua tienen que formar parte de la ecuación.
El mejor productor no es el que obtiene el mayor rendimiento un año. Es el que logra altos rendimientos durante décadas.
La gran pregunta: ¿fue suerte? No.¿Fue el clima? Sí.
¿Fue la tecnología? También. ¿Fue la genética? Sin dudas.
¿Fue el conocimiento agronómico? Fundamental.
¿Fue el productor? Absolutamente.
La supercosecha de maíz es el resultado de la combinación de todos esos factores.
El clima abrió la puerta. La tecnología permitió entrar.
Y el productor tomó las decisiones necesarias para transformar esa oportunidad en toneladas.
Argentina tiene una oportunidad extraordinaria
La cosecha récord debería generar algo más que satisfacción.
Debería generar una discusión nacional sobre qué queremos hacer con nuestra agricultura.
Tenemos productores capaces de producir al nivel de los mejores del mundo.
Tenemos investigadores. Tenemos empresas de genética.
Tenemos maquinaria muy sofisticada. Tenemos conocimiento agronómico, tanto práctico como científico.
Tenemos una poderosa industria aceitera y de procesamiento. Tenemos puertos. Tenemos mercados.
Tenemos una enorme capacidad exportadora.
Lo que todavía nos falta es convertir toda esa capacidad productiva en una estrategia de desarrollo de largo plazo.
Porque producir 70 millones de toneladas de maíz es una noticia extraordinaria.
Pero sería todavía mejor que dentro de algunos años podamos decir:
Argentina produce 80 millones de toneladas, exporta más, industrializa una proporción creciente, genera más empleo, desarrolla sus economías regionales y conserva sus suelos para las próximas generaciones.
Ese debería ser el verdadero objetivo.
Una cosecha para mirar más allá del campo
La supercosecha de maíz no pertenece solamente al productor. Pertenece al país.
Cada tonelada representa tecnología, conocimiento, combustible, semillas, fertilizantes, maquinaria, transporte, servicios, trabajo y capital.
Y cada tonelada que se transforma en carne, leche, etanol, almidón o alimentos elaborados multiplica su impacto económico.
Por eso, el récord maicero de 2025/26 no debería ser solamente una estadística agrícola.
Debería ser una señal.
Una señal de que cuando el clima acompaña y el conocimiento acumulado durante décadas puede expresarse, el campo argentino tiene una capacidad extraordinaria para producir.
La cuestión ahora es si el resto de la economía argentina será capaz de acompañar esa capacidad.
Porque el campo ya demostró, una vez más, que puede producir.
Ahora le toca al país aprovechar lo que el campo produce.

