El análisis de 17 cultivos identifica focos críticos en Estados Unidos, Brasil, el Mediterráneo y Asia meridional, además de posibles medidas para reducir las pérdidas
Redactor: Luis Ortega
Editor: Eduardo Schmitz
Un nuevo análisis mundial identificó las regiones agrícolas donde los cultivos presentan mayor sensibilidad a la sequía y estimó cuánto puede disminuir la producción bajo condiciones hidroclimáticas extremas. El trabajo, liderado por Marta Tuninetti, del Politécnico de Turín, y Kyle Frankel Davis, de la Universidad de Delaware, examinó 17 cultivos responsables del 75 % de la producción agrícola primaria global.
Los resultados señalan focos especialmente vulnerables en el centro de Estados Unidos, el este de Brasil, la cuenca mediterránea y Asia meridional. La distribución del riesgo, sin embargo, cambia según el cultivo, la disponibilidad de agua y el tipo de producción. Los sistemas de secano mostraron una sensibilidad superior a los cultivos irrigados porque dependen directamente de las lluvias y de la humedad almacenada en el suelo.
Diecisiete cultivos evaluados a escala mundial
La investigación, publicada en Nature Communications, abarcó cebada, yuca, algodón, maní, maíz, mijo, palma aceitera, papa, colza, arroz, sorgo, soja, remolacha azucarera, caña de azúcar, batata, trigo y ñame. Esta selección permitió ampliar el análisis más allá de los cuatro grandes cultivos que suelen dominar los estudios mundiales: arroz, maíz, trigo y soja.
Los autores combinaron información climática y edáfica, estadísticas agrícolas espacialmente explícitas y funciones empíricas que relacionan la disponibilidad de agua con la producción. El modelo reconstruyó el balance hídrico de cada temporada agrícola entre 1961 y 2018 en cuadrículas de aproximadamente diez kilómetros en el ecuador.
La sensibilidad a la sequía se calculó comparando el rendimiento asociado con una disponibilidad de agua habitual frente al esperado en condiciones hidroclimáticas adversas, representadas por el décimo percentil de la evapotranspiración real. Esta medida no equivale a predecir la cosecha de un año concreto, pues el rendimiento también depende de la tecnología, las variedades, los insumos y las prácticas de manejo.
La producción de secano concentra las mayores pérdidas
Bajo los extremos observados históricamente, el estudio estimó una reducción del 10,1 % en la producción mediana de secano y del 6,8 % en la producción irrigada. En términos energéticos, ambas pérdidas sumarían suficientes calorías para alimentar a unos 2.100 millones de personas durante un año, tomando como referencia un consumo diario de 2.500 kilocalorías.
Entre los cultivos de secano, la soja presentó la mayor sensibilidad media mundial, con un 15,2 %, seguida por la papa, con un 13,5 %, y la colza, con un 12,6 %. El ñame, el maní y el mijo registraron valores globales menores, aunque los investigadores advirtieron que pueden existir zonas de alta vulnerabilidad para cualquiera de estos cultivos.
Las diferencias confirman que una misma anomalía climática no produce consecuencias uniformes. La respuesta depende de la especie sembrada, el momento del ciclo productivo, las características del suelo y la disponibilidad local de agua. Por esa razón, las iniciativas para desarrollar cultivos más resistentes al calor y la sequía necesitan considerar tanto la fisiología de las plantas como las condiciones de cada territorio.
Los principales focos agrícolas de sensibilidad
En el medio oeste de Estados Unidos, los niveles elevados de sensibilidad se relacionaron especialmente con la soja, la cebada y el sorgo. El hallazgo es relevante porque parte de esa región ya enfrenta presión sobre sus recursos de agua dulce, lo que limita la posibilidad de compensar el déficit de lluvia mediante una expansión indiscriminada del riego.
En Brasil, los focos se localizaron en sectores de la Caatinga oriental y la Mata Atlántica, con vulnerabilidad destacada en papa, caña de azúcar y yuca. La cuenca mediterránea también mostró áreas críticas: colza y batata en España, papa y cebada en Marruecos, y trigo y cebada en Argelia.
India presentó sensibilidad elevada en cultivos como trigo, soja y yuca, mientras que en China las mayores respuestas aparecieron en cebada, palma aceitera y papa. En el Sahel y varios países de África oriental se observó una sensibilidad moderada a la variabilidad climática.
La ubicación de estos focos puede orientar inversiones, sistemas de alerta y programas de mejoramiento. También complementa las herramientas de predicción de cosechas mediante datos de clima, suelo y manejo, que permiten trasladar el diagnóstico global a decisiones productivas más específicas.
Riego sostenible y sustitución selectiva de cultivos
Los investigadores evaluaron dos posibles respuestas para los cereales de zonas monzónicas: arroz, maíz, mijo y sorgo. La primera consistió en ampliar el riego únicamente en áreas donde la disponibilidad de aguas superficiales y subterráneas permitiría hacerlo sin profundizar la escasez física del recurso.
Según el modelo, esa expansión sostenible podría reducir en un 60 % las pérdidas de los cereales de secano analizados y aumentar un 12 % su producción mediana. Al incorporar cambios selectivos hacia cultivos más productivos y menos sensibles en lugares donde no resulta sostenible ampliar el riego, la reducción potencial de las pérdidas alcanzaría el 62 % y el aumento productivo llegaría al 14 %.
La estrategia no plantea reemplazar cultivos de manera generalizada. Los cambios se evaluaron solamente cuando la especie alternativa presentaba menor sensibilidad, mayor rendimiento y condiciones apropiadas para su producción. Las comparaciones mostraron, por ejemplo, que maíz, mijo y sorgo suelen responder mejor que el arroz frente al estrés hídrico, pero las ventajas entre estos cereales varían de un lugar a otro.
Esta diferenciación territorial es importante porque las alternativas resistentes deben ser compatibles con los mercados, las dietas, los ingresos rurales y las cadenas de suministro. La investigación sobre cultivos nutritivos y resilientes frente al clima también subraya que productividad, adaptación y calidad alimentaria deben considerarse conjuntamente.
El riego no es una solución disponible en todas partes
El análisis excluyó de la expansión del riego las áreas donde el uso adicional de agua agravaría la presión sobre ríos o acuíferos. En Bangladesh y partes de India, por ejemplo, existen zonas arroceras sensibles donde esta opción estaría restringida por la escasez hídrica.
Incluso donde actualmente existe agua renovable suficiente, los autores recomiendan analizar la demanda futura, los caudales ambientales, la calidad del agua, los costos de infraestructura y la competencia con otros usuarios. El cambio climático también puede modificar la cantidad y el calendario de los recursos disponibles, alterando la viabilidad de proyectos considerados sostenibles bajo las condiciones presentes.
Además del riego y la selección de cultivos, el estudio menciona alternativas complementarias como la captación de agua, la conservación de humedad, el acolchado, la recarga gestionada de acuíferos, las terrazas y otras medidas para mejorar la infiltración y reducir la escorrentía. El manejo del suelo también puede contribuir: investigaciones recientes indican que la agricultura orgánica puede favorecer microorganismos asociados con la tolerancia al estrés hídrico.
Una herramienta para priorizar la adaptación agrícola
El mapa permite distinguir no solo dónde existe sequía, sino dónde cada cultivo puede perder una proporción mayor de su rendimiento cuando la humedad se aleja de las condiciones habituales. Esa información puede ayudar a dirigir infraestructura, investigación, seguros agrícolas y asistencia técnica hacia combinaciones concretas de cultivos y territorios.
Los autores advierten que el estudio mantuvo fija la superficie cultivada y no incorporó directamente todos los efectos de las temperaturas extremas, las variedades, la fertilización ni otras diferencias de manejo. Su indicador refleja el efecto del calor y de otras variables atmosféricas únicamente cuando modifican la disponibilidad de agua o la evapotranspiración.
Por ello, sus resultados deben interpretarse como una herramienta para localizar vulnerabilidades y comparar estrategias, no como un pronóstico cerrado de pérdidas. Las decisiones productivas requerirán evaluaciones locales que integren agua disponible, rentabilidad, nutrición, acceso a mercados y efectos sociales y ambientales.
Fuentes referenciales:
Phys.org / Universidad de Delaware
Nature Communications

