Una estrategia individual para el final de la lactancia busca bajar el recuento celular, proteger la salud de la ubre y evitar tratamientos innecesarios
Redactor: Luis Ortega
Editor: Karem Díaz S.
Reducir el uso de antibióticos en ganadería lechera no depende solo de aplicar menos medicamentos. También exige medir mejor, decidir con más precisión y adaptar los tratamientos al estado real de cada vaca. En Alemania, el caso de David Raidl muestra cómo una explotación puede avanzar hacia un secado más individualizado para mejorar la salud del rebaño y reducir intervenciones innecesarias.
Raidl desarrolla en la Landshuter Ökoschule un proyecto de Meisterarbeit orientado a encontrar la estrategia más adecuada para reducir el recuento de células somáticas en sus vacas lecheras. El objetivo es práctico: diseñar un protocolo de secado que responda a la situación sanitaria de cada animal y no a una aplicación uniforme para todo el rebaño.
El secado es una etapa crítica en la producción lechera. Marca el final de una lactancia y prepara a la vaca para el siguiente parto. Si se maneja mal, puede aumentar el riesgo de infecciones intramamarias, mastitis y pérdidas productivas. Si se maneja con criterios técnicos, puede convertirse en una herramienta clave para mejorar salud animal, calidad de leche y uso responsable de antibióticos.
Por qué importa el recuento celular
El recuento de células somáticas es uno de los indicadores más utilizados para evaluar la salud de la ubre. Cuando aumenta, suele indicar inflamación o infección en la glándula mamaria, incluso antes de que aparezcan signos clínicos evidentes. Para una granja lechera, ese dato permite detectar problemas, revisar rutinas de ordeño y decidir qué animales necesitan atención específica.
La mastitis sigue siendo una de las enfermedades más relevantes en vacas lecheras. Afecta bienestar animal, rendimiento, composición de la leche y costos veterinarios. Por eso, el monitoreo permanente resulta esencial, como ya se ha explicado al analizar la predicción de mastitis en vacas mediante espectroscopía de infrarrojo medio y conteo de células somáticas.
En el caso de Raidl, el punto de partida es construir una estrategia de reducción celular ajustada a su propio establecimiento. Esa mirada es importante porque no todos los rebaños tienen la misma presión sanitaria, el mismo manejo de camas, la misma rutina de ordeño ni los mismos antecedentes de mastitis.
Secar todas las vacas igual ya no alcanza
Durante años, muchas explotaciones utilizaron tratamientos antibióticos de secado de forma generalizada. La lógica era preventiva: proteger la ubre durante el período seco y reducir infecciones al inicio de la siguiente lactancia. Sin embargo, esa práctica está cada vez más cuestionada cuando se aplica sin diferenciar animales sanos de animales con riesgo real.
El secado selectivo propone otro enfoque. En lugar de tratar a todas las vacas de la misma manera, se evalúan datos individuales como recuento celular, historial de mastitis, resultados de controles lecheros y estado clínico. Con esa información se decide qué vacas requieren antibiótico, cuáles pueden manejarse con selladores internos y cuáles necesitan vigilancia adicional.
La diferencia es técnica y sanitaria. No se trata de dejar desprotegidos a los animales, sino de reservar los antibióticos para los casos que realmente los justifican. Esa lógica ayuda a reducir residuos, costos, presión de selección bacteriana y riesgo de resistencia antimicrobiana.
La preocupación por la resistencia no es menor. En sistemas lecheros, el uso de leche procedente de animales tratados y la presencia de residuos pueden tener efectos sobre la microbiota y la selección de bacterias resistentes, como se observó en investigaciones sobre resistencia de E. coli al florfenicol en terneros alimentados con leche de desecho.
La salud de la ubre empieza antes del secado
El secado selectivo no puede funcionar si se toma como una decisión aislada al final de la lactancia. Para elegir bien, el productor necesita datos previos y una rutina de observación constante. El historial de cada vaca debe mostrar si tuvo mastitis, si mantuvo recuentos celulares altos o si llegó al final de la lactancia con una ubre clínicamente estable.
También importan las condiciones de alojamiento, higiene, camas, ventilación, ordeño y manejo del estrés. Una vaca que entra al período seco en un ambiente contaminado o con defensas comprometidas tendrá más riesgo de infección, aunque el protocolo técnico esté bien diseñado.
Por eso, la reducción de antibióticos no debe entenderse como una meta aislada, sino como resultado de un sistema sanitario mejor ordenado. Cuanto más temprano se detectan las señales de enfermedad, más fácil es decidir sin llegar tarde, como ocurre en el manejo práctico para reconocer una vaca enferma a tiempo y evitar tratamientos aplicados sin diagnóstico claro.
Antibióticos solo donde aportan valor
En una estrategia individual de secado, los antibióticos siguen siendo una herramienta disponible. La diferencia está en que dejan de ser una respuesta automática. Cuando una vaca tiene antecedentes de mastitis, recuentos celulares elevados o sospecha de infección intramamaria, el tratamiento puede estar justificado. Cuando los datos muestran bajo riesgo, el uso preventivo generalizado pierde sentido.
El beneficio potencial es doble. Por un lado, se protege la eficacia de los antibióticos al reducir aplicaciones innecesarias. Por otro, se mantiene la capacidad de tratar animales que sí necesitan intervención veterinaria. En sanidad animal, usar menos no significa usar peor; significa usar con mayor precisión.
La investigación sobre alternativas y mejoras terapéuticas apunta en la misma dirección. Distintos equipos trabajan en soluciones para prevenir infecciones de ubre y reducir problemas asociados a residuos en leche, como ocurre con el desarrollo de antimicrobianos más seguros y sostenibles para proteger la glándula mamaria.
Una decisión económica además de sanitaria
El recuento celular elevado no solo es un problema veterinario. También puede afectar la calidad de la leche entregada, las bonificaciones, las penalizaciones y la rentabilidad de la explotación. Una estrategia de secado bien diseñada puede reducir casos de mastitis, mejorar el arranque de la siguiente lactancia y disminuir pérdidas por leche descartada.
Para un productor lechero, cada tratamiento implica costos directos, tiempos de retiro, manejo adicional y posibles descartes. Si el protocolo permite identificar animales de bajo riesgo y evitar tratamientos innecesarios, la explotación puede ahorrar recursos sin comprometer salud animal.
El reto es que ese ahorro no debe construirse sobre atajos. Requiere registros confiables, asesoramiento veterinario, análisis de datos y disciplina en la rutina diaria. De lo contrario, una reducción mal aplicada puede aumentar el riesgo de infecciones y terminar generando más costos que beneficios.
Leche de desecho y resistencia antimicrobiana
El uso de antibióticos en vacas lecheras también genera el problema de la leche de desecho. Cuando un animal está bajo tratamiento, esa leche no puede comercializarse y debe manejarse con cuidado para evitar residuos y presión selectiva sobre bacterias.
En Europa se han desarrollado proyectos para revalorizar esa leche mediante tecnologías capaces de degradar residuos antibióticos antes de utilizarla en alimentación de terneros. Un ejemplo es el proyecto REVALLET, que trabaja con nanopartículas enzimáticas para eliminar restos de antibióticos y reducir riesgos asociados a bacterias resistentes.
Este tipo de investigaciones refuerza una idea central: el problema no termina cuando se aplica el tratamiento. La gestión posterior de la leche, los terneros, las camas, el ambiente y los registros determina si la granja avanza realmente hacia un manejo más responsable.
Un modelo adaptable a cada rebaño
El trabajo de David Raidl en la Landshuter Ökoschule tiene valor porque parte de una explotación concreta y busca una respuesta ajustada a su realidad. Esa aproximación evita copiar recetas externas y permite construir un protocolo viable para el propio rebaño.
La estrategia ideal de secado depende de múltiples factores: nivel de recuento celular, historial de mastitis, número de lactancias, producción al final del ciclo, condiciones de alojamiento, presión infecciosa y capacidad de seguimiento. Por eso, el secado selectivo requiere más información que el secado convencional, pero también ofrece decisiones más finas.
Para las granjas lecheras, el desafío será combinar productividad, bienestar animal y prudencia antimicrobiana. La meta no es eliminar herramientas veterinarias, sino usarlas de manera más inteligente. En esa transición, los datos individuales de cada vaca pueden convertirse en el punto de partida para rebaños más sanos y sistemas lecheros menos dependientes de tratamientos preventivos generalizados.
Fuente(s) referenciales
Wochenblatt DLV: Antibiotika sparen: Individuell trockenstellen für gesündere Kühe
