Siembra directa o arado: 30 años de prueba


Un ensayo iniciado en 1994 en Inforama Rütti, en Zollikofen, Suiza, compara ambos sistemas en seis parcelas de suelo pardo y ofrece claves para el futuro agrícola


Redactor: Javier Morales O.
Editor: Eduardo Schmitz

En Zollikofen, Suiza, un ensayo agrícola iniciado en 1994 sigue aportando respuestas a una pregunta central para el futuro del campo: ¿conviene mantener el arado tradicional o avanzar hacia sistemas de siembra directa? El experimento de larga duración se desarrolla en Inforama Rütti, donde técnicos establecieron seis parcelas de suelo pardo para comparar, durante más de 30 años, el comportamiento de ambos sistemas de manejo.

La importancia del ensayo está en su continuidad. Muchas investigaciones agrícolas se realizan durante pocas campañas, pero los efectos reales de la labranza, la compactación, la erosión, la actividad biológica y la acumulación de materia orgánica necesitan años para mostrarse con claridad. Por eso, el caso suizo ofrece una mirada valiosa para agricultores que deben decidir cómo trabajar sus suelos en un contexto de costos altos, presión climática y exigencias ambientales crecientes.

Un ensayo que empezó en 1994

El experimento fue establecido en el centro Inforama Rütti, en Zollikofen, con el objetivo de comparar la siembra directa y el arado en condiciones de campo. Las parcelas se instalaron sobre suelos pardos, un tipo de suelo agrícola con presencia relevante en regiones templadas europeas.

La comparación enfrenta dos enfoques distintos. El arado remueve e invierte el suelo antes de la siembra, incorpora residuos y facilita el control mecánico inicial de malezas. La siembra directa, en cambio, evita la remoción intensiva y coloca la semilla directamente sobre el suelo cubierto por residuos vegetales o rastrojos.

El debate no es nuevo, pero ha ganado fuerza porque el suelo se entiende cada vez más como un sistema vivo. La reducción de la labranza se relaciona con mejor estructura, mayor actividad biológica y menor riesgo de erosión, temas que Mundo Agropecuario ha tratado al analizar cómo reacciona el suelo a la labranza cuando se modifica la intensidad del trabajo mecánico.

Qué aporta la siembra directa

La siembra directa busca proteger el suelo mediante menor perturbación. Al no invertir las capas, conserva mejor los agregados, reduce la exposición de la superficie al viento y la lluvia, y favorece la permanencia de residuos vegetales como cobertura.

Ese manejo puede ayudar a disminuir la erosión, mejorar la infiltración de agua y sostener una mayor actividad de lombrices y microorganismos. También puede reducir el número de pasadas de maquinaria, con posibles efectos sobre consumo de combustible, tiempo operativo y compactación superficial.

La experiencia práctica de productores que trabajan sin arado muestra que la biología del suelo puede asumir parte de las funciones antes atribuidas a la labranza mecánica. En esa línea, el caso de siembra directa y lombrices como alternativa al arado ilustra cómo la actividad biológica puede abrir poros, mezclar materia orgánica y mejorar la estructura del terreno.

El arado sigue teniendo argumentos

El arado mantiene ventajas agronómicas en determinadas situaciones. Puede ser útil para incorporar residuos, controlar malezas difíciles, preparar camas de siembra uniformes y manejar problemas puntuales de compactación o plagas.

El desafío es que su uso reiterado también puede acelerar la pérdida de estructura, aumentar la exposición del suelo a la erosión y reducir la estabilidad de la materia orgánica. Por esa razón, el debate actual no se limita a una oposición simple entre “arado malo” y “siembra directa buena”. La decisión depende del suelo, el clima, la rotación, la presión de malezas, el tipo de maquinaria y el nivel técnico del productor.

Los ensayos de largo plazo permiten observar precisamente esos matices. En suelos con buena cobertura y manejo adecuado, la siembra directa puede ganar estabilidad. En sistemas donde faltan rotaciones, cobertura vegetal o control ajustado de malezas, sus beneficios pueden tardar más en aparecer o exigir correcciones de manejo.

Suelo, carbono y erosión

Uno de los puntos más observados en los sistemas sin labranza es el carbono del suelo. Al reducir la perturbación, los residuos vegetales permanecen más tiempo en superficie y pueden contribuir a mejorar la materia orgánica, especialmente cuando se combinan con rotaciones diversas y cultivos de cobertura.

El tema es clave porque el carbono no solo interesa por el clima. También influye en la fertilidad, la retención de agua, la estabilidad de agregados y la vida microbiana. Investigaciones sobre agricultura sin labranza y carbono del suelo han mostrado que el manejo reducido puede ayudar a restaurar funciones edáficas en ambientes vulnerables.

La erosión es otro factor decisivo. Cuando el suelo queda desnudo y removido, aumenta la posibilidad de que lluvia y viento arrastren la capa fértil. La cobertura con rastrojos y la menor remoción pueden reducir ese riesgo, especialmente en parcelas con pendiente o eventos de lluvia intensa.

No existe una receta única

El ensayo de Inforama Rütti no plantea una respuesta universal para todos los agricultores. Su valor está en mostrar que los sistemas deben evaluarse en el tiempo y bajo condiciones reales de manejo. Treinta años de comparación permiten identificar efectos acumulados que no aparecen en una sola campaña.

Para un productor, el cambio hacia la siembra directa implica adaptar maquinaria, ajustar fechas, manejar residuos, controlar malezas de otra manera y observar con más atención la dinámica de humedad y temperatura del suelo. También puede exigir una transición gradual, porque el suelo necesita tiempo para reorganizar su estructura biológica y física.

Los cultivos de cobertura pueden ser una pieza importante en esa transición. Mantener el suelo cubierto, aportar raíces vivas y diversificar especies ayuda a estabilizar el sistema. En decisiones de manejo, los residuos de cultivos y la vida del suelo se han convertido en variables centrales para reducir erosión, conservar humedad y sostener biodiversidad microbiana.

Qué sistema miran los agricultores del futuro

La pregunta planteada por el ensayo suizo sigue abierta porque la agricultura del futuro deberá combinar productividad, rentabilidad y conservación del suelo. La siembra directa aparece como una herramienta potente, pero no como una solución automática. El arado conserva funciones útiles, pero su uso intensivo exige mayor prudencia frente a la degradación.

La tendencia apunta a sistemas más flexibles: menos labranza cuando sea posible, intervención mecánica cuando sea necesaria, más cobertura vegetal, rotaciones mejor diseñadas y monitoreo constante de suelo. Esa combinación permite evitar dogmas y tomar decisiones según evidencia agronómica.

La degradación del suelo ya es una preocupación global porque afecta la capacidad de producir alimentos, retener agua, almacenar carbono y sostener biodiversidad. Por eso, el debate entre arado y siembra directa se conecta directamente con la advertencia sobre cómo la degradación del suelo amenaza la seguridad alimentaria mundial.

El ensayo de Zollikofen deja una enseñanza práctica: el suelo no responde solo a una labor aislada, sino al sistema completo. Después de más de tres décadas, la comparación entre siembra directa y arado confirma que el futuro agrícola dependerá menos de una herramienta única y más de la capacidad de manejar el suelo como un recurso vivo, limitado y estratégico.

Fuente(s) referenciales

Agrarheute — Dauerversuch Direktsaat vs. Pflug: Auf welches System setzen Landwirte in Zukunft?