Enfermedades en ganadería

La bioseguridad ganadera también depende de la conducta humana

Publicado el 09/08/2026 · REDACCION

Una revisión de 16 años de estudios concluye que informar a los productores no basta para lograr medidas sostenidas de prevención sanitaria


Redactor: Camila Herrera R.
Editor: Eduardo Schmitz

La prevención de enfermedades en las explotaciones ganaderas no depende únicamente de identificar medidas eficaces y explicar cómo aplicarlas. Una revisión internacional encabezada por la Universidad de Vermont concluye que mejorar la bioseguridad requiere comprender las decisiones, motivaciones y limitaciones de quienes manejan los animales.

El trabajo examinó intervenciones desarrolladas entre 2008 y 2024 para promover prácticas destinadas a impedir la entrada y propagación de enfermedades infecciosas. La evidencia abarcó explotaciones avícolas, porcinas, bovinas y ovinas, tanto comerciales como de pequeña escala.

Los autores encontraron que la mayoría de los programas se concentraba en aumentar el conocimiento y la sensibilización. Muchas menos iniciativas abordaban factores como los costos, el tiempo disponible, los hábitos, la presión social, los incentivos y las condiciones materiales de las granjas.

Solo 33 publicaciones evaluaron intervenciones específicas

El equipo, integrado por investigadores de la Universidad de Vermont, la Universidad Charles Sturt y la Universidad de Sídney, realizó una revisión de alcance siguiendo las directrices PRISMA-ScR. Su objetivo fue identificar estudios que hubieran evaluado intervenciones dirigidas expresamente a modificar conductas de bioseguridad.

La búsqueda inicial recuperó 699 registros, de los cuales 445 eran únicos. Después de revisar 263 textos completos, solo 33 publicaciones cumplieron los criterios establecidos y representaron 41 estudios diferentes.

Doce de esos estudios se realizaron en Estados Unidos y seis en el Reino Unido. Veinticinco no estaban centrados en una enfermedad específica. La mayoría correspondía a sistemas comerciales de producción, con 25 estudios, mientras ocho se ocuparon de pequeñas explotaciones o sistemas de traspatio.

La escasa cantidad de trabajos elegibles muestra una diferencia entre conocer las percepciones de los productores y probar intervenciones capaces de cambiar sus prácticas. Aunque existen numerosos análisis sobre obstáculos y actitudes, se ha evaluado con mucha menor frecuencia qué estrategias consiguen una adopción real y sostenida.

Capacitar no elimina los obstáculos cotidianos

La formación fue el componente más frecuente y apareció en 12 estudios. También se utilizaron encuestas, planes de acción y auditorías, presentes cada uno en siete investigaciones.

Las evaluaciones midieron principalmente cambios en el comportamiento, incluidos en 31 estudios, seguidos por conocimientos en 15 y actitudes en seis. Sin embargo, solamente cinco trabajos utilizaron diseños controlados y menos de la mitad mencionó un marco teórico para explicar cómo se esperaba modificar la conducta.

Julia M. Smith, investigadora de la Universidad de Vermont y autora principal, señaló que el conocimiento constituye solo una parte del problema. Una persona puede saber cuál es el procedimiento correcto y, aun así, no cumplirlo por falta de dinero, tiempo, infraestructura o confianza en que la medida produzca un beneficio.

Estas limitaciones se observan claramente en la producción cotidiana. Las prácticas de bioseguridad evaluadas en granjas avícolas dependen de limpieza previa, tiempos de contacto, mantenimiento de pediluvios y control de vehículos. Conocer esos pasos no garantiza que siempre existan personal, instalaciones y tiempo para completarlos.

Capacidad, oportunidad y motivación explican la conducta

Los investigadores organizaron las intervenciones mediante el marco COM-B, utilizado en las ciencias del comportamiento. Este modelo plantea que una conducta depende de tres componentes: capacidad, oportunidad y motivación.

La capacidad comprende los conocimientos y las habilidades físicas necesarios para ejecutar una acción. La oportunidad incluye las condiciones ambientales y sociales que la facilitan, como disponer de equipos, tiempo y apoyo de otras personas.

La motivación reúne tanto las decisiones conscientes como los hábitos y respuestas automáticas. Un productor puede reconocer el riesgo de enfermedad, pero posponer una inversión si considera que el brote es improbable, el costo es elevado o sus vecinos tampoco aplican la medida.

La revisión comprobó que las intervenciones se concentraban especialmente en la educación y la persuasión. Se prestaba menos atención a las normas sociales, la formación de hábitos, los incentivos, el rediseño de instalaciones y otros elementos que pueden facilitar el cumplimiento.

Esta visión coincide con iniciativas internacionales que buscan comprender las barreras y motivaciones de la bioseguridad ganadera mediante equipos formados por veterinarios, epidemiólogos, economistas, sociólogos, psicólogos y especialistas en comunicación.

Una encuesta también puede modificar la forma de actuar

Los autores propusieron incorporar una nueva función denominada “preguntar u observar” dentro de los marcos utilizados para clasificar las intervenciones. La propuesta reconoce que una encuesta, auditoría, evaluación o visita de observación puede influir por sí misma sobre la conducta.

Cuando una persona responde preguntas acerca de la limpieza de equipos, el ingreso de visitantes o el aislamiento de animales enfermos, puede comenzar a revisar sus rutinas. La observación activa una reflexión que no necesariamente se produciría con la entrega de un folleto.

Esta influencia plantea una consideración metodológica: el propio acto de evaluar puede cambiar aquello que se está midiendo. También abre una oportunidad para diseñar auditorías que no se limiten a comprobar el cumplimiento, sino que ayuden al responsable de la granja a identificar puntos débiles y formular soluciones.

El equipo de Vermont emplea además simulaciones y juegos experimentales para estudiar respuestas ante riesgos sanitarios, mensajes y presiones sociales. Estos entornos permiten observar decisiones difíciles de probar durante un brote real, cuando experimentar sería costoso o éticamente inviable.

Las medidas deben ajustarse a cada explotación

La bioseguridad abarca control de accesos, higiene, saneamiento, mejora de la inmunidad y reducción de la exposición. Las medidas concretas cambian según la enfermedad, la especie animal, el sistema productivo y los objetivos del establecimiento.

Una granja avícola intensiva puede necesitar controles estrictos sobre calzado, vehículos, ventilación y equipos. Una explotación bovina extensiva puede concentrarse en el ingreso de animales, cuarentenas, vacunación, contacto con fauna silvestre y trazabilidad de movimientos.

La prevención de la fiebre aftosa mediante vacunación y controles de bioseguridad, por ejemplo, requiere actuaciones diferentes de las utilizadas frente a una infección transmitida por superficies dentro de un galpón avícola.

El diseño de un programa debe comenzar por identificar la conducta concreta que se desea lograr y las razones por las que no se realiza. Si el obstáculo es económico, una capacitación adicional probablemente tendrá poco efecto sin financiación o alternativas asequibles. Si el problema es un hábito, pueden resultar más útiles recordatorios, cambios en las rutinas o una reorganización del lugar de trabajo.

Prevenir enfermedades protege producción y comercio

Una bioseguridad eficaz reduce el riesgo asociado con influenza aviar, peste porcina africana, fiebre aftosa, salmonelosis y otras enfermedades capaces de afectar animales, personas, mercados y abastecimiento alimentario.

Los brotes pueden provocar mortalidad, sacrificios sanitarios, restricciones al movimiento y cierres de mercados. Sus consecuencias se extienden desde el productor hasta los proveedores de alimento, transportistas, plantas procesadoras y consumidores.

La experiencia frente a la adaptación de agricultores y científicos a la gripe aviar muestra que las decisiones sanitarias deben actualizarse conforme cambia el conocimiento sobre el patógeno y sus vías de transmisión.

Los autores recomiendan combinar medicina veterinaria con psicología del comportamiento, ciencias sociales, comunicación, educación y pensamiento sistémico. También piden que los futuros estudios documenten con precisión qué intervención aplicaron, por qué fue seleccionada y mediante qué mecanismo debía producir cambios.

La revisión no sostiene que la capacitación sea innecesaria. Su conclusión es que la información produce mejores resultados cuando se acompaña con condiciones prácticas, incentivos adecuados y estrategias adaptadas a las personas responsables del cuidado animal.

Fuentes referenciales:
Phys.org
Universidad de Vermont
Frontiers in Veterinary Science



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