Un estudio identifica más de 1.480 especies comestibles y propone conservar variedades tradicionales para mejorar la alimentación y la adaptación climática
Redactor: Valentina Ríos
Editor: Eduardo Schmitz
Una mayor diversidad de hortalizas cultivadas podría mejorar la calidad de las dietas y ampliar las opciones disponibles para que la agricultura responda al calor, las sequías, las plagas y las enfermedades. Así lo sostiene un equipo internacional de investigadores en un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).
El trabajo utiliza el concepto de biodiversidad hortícola para reunir las especies de hortalizas, sus variedades tradicionales y los parientes silvestres relacionados con los cultivos. Este patrimonio incluye recursos genéticos capaces de aportar características útiles para el mejoramiento vegetal, pero una parte permanece escasamente estudiada, conservada o utilizada comercialmente.
La investigación, encabezada por Maarten van Zonneveld y elaborada por especialistas de distintas instituciones, plantea que aumentar únicamente la producción de las hortalizas más comunes no bastará para corregir las carencias alimentarias. Los autores proponen conectar la conservación de semillas y especies con los programas de mejoramiento, la producción agrícola, los mercados y el consumo.
Más de 1.480 especies comestibles permanecen subutilizadas
Los investigadores identificaron más de 1.480 especies de hortalizas comestibles en el mundo y advierten que el número real podría ser todavía mayor. Muchas forman parte de las dietas y los sistemas agrícolas locales, aunque reciben una proporción mínima de los recursos destinados a investigación, conservación y desarrollo de variedades.
Entre los ejemplos destacados aparecen la planta araña consumida en África, el melón amargo utilizado en Asia, la col resbaladiza del Pacífico y las hojas comestibles de la calabaza, el boniato y el caupí. Estas hortalizas pueden proporcionar vitaminas y minerales, poseen valor cultural y, en determinados casos, están adaptadas a condiciones productivas difíciles.
La información procede, en parte, del World Food Map, un recurso interactivo que documenta la diversidad y distribución de especies alimentarias. El análisis permite reconocer qué hortalizas son relevantes para diferentes regiones y cuáles podrían responder mejor a desafíos climáticos o nutricionales específicos.
La situación se relaciona con la importancia de mantener la biodiversidad dentro de los sistemas agropecuarios, ya que una base productiva diversa ofrece a los agricultores más alternativas frente a cambios ambientales, enfermedades y variaciones en las condiciones del mercado.
La pérdida de variedades reduce opciones para el campo
La biodiversidad hortícola está disminuyendo por la homogeneización de los mercados, los cambios en el uso del suelo y otras presiones. El estudio señala que durante el último siglo se han registrado reducciones importantes en la variedad de hortalizas tradicionales cultivadas, mientras que casi una cuarta parte de los parientes silvestres evaluados de los principales cultivos hortícolas se encuentra amenazada de extinción.
Esta pérdida no afecta solamente la cantidad de alimentos diferentes disponibles. Las variedades locales y los parientes silvestres pueden contener genes asociados con tolerancia al calor o a la escasez de agua, así como resistencia frente a plagas y enfermedades. Al desaparecer esos materiales, los fitomejoradores pierden posibles fuentes de características necesarias para desarrollar cultivos adaptados a nuevas condiciones.
Ese valor agrícola también se observa en investigaciones sobre variedades tradicionales de tomate con rasgos de adaptación climática y en el estudio de la diversidad genética y agronómica de la berenjena. Ambos campos muestran cómo los materiales menos uniformes pueden ampliar las posibilidades de selección y mejoramiento.
Eric Schranz, profesor de biosistemática en la Universidad e Investigación de Wageningen, explicó que buena parte de la biodiversidad necesaria todavía se conserva en variedades tradicionales y parientes silvestres. El desafío consiste en protegerla y vincularla con el trabajo de los mejoradores, el acceso de los agricultores a semillas y el desarrollo de dietas más diversas.
Producir más hortalizas no resuelve por sí solo el déficit
El estudio se publica en un contexto en el que el consumo mundial de hortalizas es casi un 40 % inferior a la cantidad recomendada por la Organización Mundial de la Salud. La producción global tampoco resulta suficiente para satisfacer esa referencia, mientras que más de una de cada tres personas no puede costear una dieta saludable.
Los autores señalan tres obstáculos principales: una oferta insuficiente, precios comparativamente elevados y barreras socioculturales que condicionan el consumo. En esas circunstancias, concentrar la producción en unas pocas especies comercializadas globalmente podría dejar fuera alimentos locales nutritivos y mejor adaptados a las necesidades de determinadas comunidades.
La relación entre producción y alimentación también aparece en análisis sobre cómo las dietas saludables podrían transformar la agricultura mundial. Una demanda más diversa puede modificar qué cultivos se producen, cómo se distribuyen los recursos agrícolas y qué oportunidades comerciales reciben los productores.
Para las comunidades rurales, incorporar especies tradicionales no significa reemplazar automáticamente las hortalizas establecidas. La propuesta consiste en ampliar las opciones productivas mediante investigación, ensayos locales, disponibilidad de semillas, mercados adecuados y conocimiento de las preferencias alimentarias de cada territorio.
Cuatro prioridades para conservar y utilizar la diversidad
La primera línea de acción planteada por los investigadores es asegurar la biodiversidad hortícola mediante la recolección, regeneración y conservación de variedades tradicionales y parientes silvestres. Los esfuerzos deberían concentrarse especialmente en zonas donde coinciden una elevada diversidad biológica y problemas de malnutrición.
La segunda prioridad es utilizar esos recursos para desarrollar variedades mejoradas. Esto requiere ampliar la investigación colaborativa, facilitar el acceso a materiales genéticos y probar los cultivos en condiciones productivas diversas. La evaluación debe considerar no solo el rendimiento, sino también la calidad nutricional, la adaptación ambiental y la aceptación por parte de agricultores y consumidores.
La tercera propuesta busca aumentar la producción, disponibilidad y utilización de hortalizas diferentes, con atención particular a los niños y otros grupos vulnerables. Los autores sugieren introducir especies nutritivas y resistentes al clima en huertos familiares, programas agrícolas y comidas escolares, siempre de acuerdo con el contexto cultural y productivo.
La cuarta prioridad consiste en integrar esta diversidad en las políticas de agricultura, alimentación, educación, clima y conservación. De acuerdo con el estudio, los bancos de germoplasma son indispensables para impedir la desaparición definitiva de semillas, pero guardar los materiales no garantiza que lleguen a los campos, mercados y hogares.
Por ello, la conservación debe acompañarse de mejoramiento vegetal, multiplicación de semillas, capacitación rural, canales de comercialización y demanda. La participación de agricultores y comunidades resulta esencial para decidir qué especies recuperar y cuáles poseen condiciones reales para mantenerse dentro de los sistemas productivos locales.
Fuentes referenciales:
Phys.org – Mayor diversidad de hortalizas para dietas saludables y agricultura resiliente
Proceedings of the National Academy of Sciences – Reversing vegetable biodiversity loss to diversify diets

