Un análisis multianual publicado en Plant Health Progress estimó pérdidas de 2.500 millones de bushels por 37 patógenos o grupos de patógenos, con fuerte impacto económico y productivo
Redactor: Javier Morales O.
Editor: Karem Díaz S.
Las enfermedades del maíz provocaron pérdidas estimadas en 13.800 millones de dólares entre 2020 y 2023 para agricultores de Estados Unidos y Ontario, Canadá. La cifra surge de un análisis multianual liderado por especialistas en enfermedades vegetales de Norteamérica y publicado en la revista Plant Health Progress, que evaluó el impacto sanitario en uno de los cultivos más importantes para la alimentación, el forraje y la industria agrícola.
El estudio calculó que las enfermedades redujeron los rendimientos de maíz en unos 2.500 millones de bushels durante el periodo de cuatro años. La investigación cubrió 375,1 millones de acres cultivados entre las campañas 2020 y 2023, con la participación de más de 40 fitopatólogos de 29 estados de Estados Unidos y de Ontario, Canadá.
El trabajo ofrece una de las evaluaciones recientes más amplias sobre pérdidas por enfermedades del maíz en América del Norte. Su valor no está solo en la magnitud económica, sino en la capacidad de comparar regiones, campañas y patógenos para entender cómo cambian las amenazas sanitarias de un año a otro.
Treinta y siete amenazas sanitarias bajo evaluación
Los investigadores estimaron pérdidas anuales causadas por 37 patógenos o grupos de patógenos. También incluyeron pérdidas asociadas con granos contaminados por micotoxinas, un aspecto clave porque algunas enfermedades no solo reducen rendimiento, sino que deterioran la calidad del grano y pueden afectar su uso como alimento o pienso.
Entre las enfermedades evaluadas, las mayores pérdidas estimadas estuvieron asociadas con tar spot, pudrición del tallo por Fusarium y nematodos parásitos de plantas. Estas amenazas muestran que el problema sanitario del maíz no depende de un único agente, sino de un conjunto de enfermedades foliares, de tallo, de raíz y de calidad de grano.
La presión de hongos como Fusarium ya ha sido documentada en distintos sistemas productivos, especialmente por su capacidad de provocar pudriciones y acumular micotoxinas. En ese contexto, el manejo de enfermedades fúngicas tardías del maíz se vuelve una pieza crítica para reducir pérdidas cuantitativas y cualitativas.
Pérdidas variables según región y año
El impacto no fue uniforme. Las pérdidas anuales variaron ampliamente según la región y la campaña, desde niveles insignificantes en Texas en 2023 hasta una pérdida de rendimiento del 15,8 % en Michigan en 2021. Esa diferencia confirma que el riesgo sanitario depende de la interacción entre patógenos, clima, híbridos, manejo agronómico y condiciones locales.
En el conjunto de ubicaciones y años analizados, las enfermedades redujeron el rendimiento del maíz en un promedio del 3,0 %. Esa pérdida se tradujo en una reducción económica estimada de 37,76 dólares por acre al año. Aunque el porcentaje promedio pueda parecer moderado, aplicado a millones de acres representa un costo acumulado enorme para los productores.
Además, las cifras no incorporan los costos adicionales que los agricultores suelen asumir para manejar enfermedades, como tratamientos de semillas y aplicaciones foliares de fungicidas. Por lo tanto, el impacto económico real puede ser mayor que la pérdida directa de rendimiento estimada por el estudio.
El rendimiento depende también de sanidad y diagnóstico temprano
El maíz es un cultivo de alto potencial productivo, pero su rendimiento puede reducirse por múltiples factores. La preparación del suelo, la nutrición, la fecha de siembra, el control de malezas y la elección del híbrido son esenciales, pero la sanidad vegetal define si ese potencial logra expresarse durante toda la campaña.
En sistemas intensivos, el manejo agronómico debe acompañarse de vigilancia sanitaria. Un cultivo bien implantado puede perder rendimiento si una enfermedad avanza sin detección temprana o si el productor no cuenta con información suficiente para decidir cuándo intervenir. Por eso, las recomendaciones para maximizar el rendimiento del maíz deben integrarse con monitoreo de patógenos y evaluación de riesgos sanitarios.
La detección temprana cobra especial importancia cuando los síntomas iniciales son difíciles de distinguir o aparecen tarde. Nuevas herramientas de campo, como pruebas rápidas para identificar infecciones virales, buscan reducir esa brecha entre infección y respuesta. La posibilidad de contar con una prueba rápida para detectar enfermedades del maíz apunta justamente a mejorar decisiones antes de que las pérdidas sean visibles en el rendimiento final.
Micotoxinas, calidad del grano y riesgo económico
El estudio también consideró pérdidas relacionadas con granos contaminados por micotoxinas. Este punto es relevante porque las enfermedades del maíz pueden afectar el valor comercial del producto aun cuando parte del rendimiento se conserve. Un lote con contaminación puede enfrentar restricciones de uso, descuentos de precio o problemas para alimentación animal.
La pudrición de la mazorca por Gibberella, causada por Fusarium graminearum, es un ejemplo de enfermedad capaz de combinar reducción de rendimiento y contaminación del grano. El problema no se limita al aspecto visual de la mazorca: la presencia de micotoxinas puede generar riesgos para animales y personas si el manejo posterior no es adecuado.
Por eso, las medidas de protección frente a pudrición de la mazorca por Gibberella siguen siendo relevantes en regiones templadas donde la enfermedad aparece con frecuencia. El estudio norteamericano confirma que la sanidad del maíz debe medirse no solo por toneladas cosechadas, sino también por calidad y seguridad del grano.
La información histórica ayuda a anticipar amenazas
Alyssa Betts, del Departamento de Ciencias Vegetales y del Suelo de la Universidad de Delaware, destacó que seguir el impacto estimado de las enfermedades a lo largo del tiempo permite documentar cómo cambian las amenazas del maíz y orientar recursos limitados hacia problemas difíciles de protección del cultivo.
Ese seguimiento es clave porque las enfermedades no se comportan igual cada campaña. La presión puede aumentar por condiciones ambientales favorables, por expansión geográfica de patógenos, por cambios en híbridos sembrados o por prácticas de manejo que favorecen la supervivencia de inóculo en residuos del cultivo.
Los datos regionales permiten priorizar investigación, extensión agrícola y herramientas de manejo. También ayudan a productores, asesores y empresas a decidir dónde concentrar vigilancia, qué enfermedades requieren mayor atención y qué prácticas podrían reducir el riesgo económico antes de que una campaña quede comprometida.
Un costo que supera la pérdida directa de cosecha
Los 13.800 millones de dólares estimados entre 2020 y 2023 reflejan solo una parte del desafío. A la pérdida directa de bushels se suman inversiones en control, costos de monitoreo, aplicaciones, tratamientos preventivos, análisis de calidad y decisiones comerciales cuando el grano no alcanza los estándares esperados.
Para el productor, una enfermedad no es únicamente un problema biológico. Es una amenaza económica que puede alterar márgenes, planificación de insumos y rentabilidad final. Para la cadena agrícola, implica menor disponibilidad de grano, posibles problemas de calidad y mayor presión sobre sistemas de control sanitario.
El análisis norteamericano deja una señal clara para la agricultura global: medir las pérdidas por enfermedad permite dimensionar mejor el problema y justificar inversiones en diagnóstico, investigación, manejo integrado y formación técnica. En un cultivo tan estratégico como el maíz, la sanidad vegetal no es un complemento; es una condición para sostener productividad, calidad y seguridad alimentaria.
Fuente(s) referenciales
Phys.org: Corn diseases cost farmers $13.8 billion from 2020 to 2023
