El estudio con Megalopta genalis identificó metilalcanos que comunican la capacidad reproductiva de la reina e influyen en la permanencia de sus hijas en el nido
Redactor: Raúl Méndez C.
Editor: Eduardo Schmitz
Un equipo internacional identificó por primera vez una feromona de reina en una especie de abeja con organización social flexible. El hallazgo surgió de una investigación con ejemplares de Megalopta genalis realizada en la isla Barro Colorado, situada en el canal de Panamá, donde los científicos siguieron durante varios años la conducta y la composición química de cientos de insectos.
Esta abeja tropical puede vivir de forma solitaria o integrar pequeños grupos sociales. Sus hijas deben decidir entre permanecer en el nido como ayudantes, apropiarse de la estructura existente o marcharse para reproducirse de manera independiente. Los resultados indican que la señal química de la madre aporta información relacionada con los beneficios de quedarse y colaborar.
Una abeja que puede vivir sola o formar una colonia
Megalopta genalis pertenece a la familia Halictidae, conocida comúnmente como el grupo de las abejas del sudor. A diferencia de las abejas melíferas, cuyas reinas y obreras desempeñan funciones altamente especializadas, las hembras de esta especie pueden asumir distintos papeles según las condiciones del nido y del ambiente.
Esa flexibilidad, denominada eusocialidad facultativa, convierte a la especie en un modelo de especial interés para estudiar cómo evolucionó la cooperación. Una hija puede renunciar temporalmente a su propia reproducción para ayudar a la madre a cuidar nuevas crías, pero conserva la posibilidad de dispersarse y fundar otro nido.
La decisión guarda relación con otros procesos de división y establecimiento de comunidades de insectos, aunque no debe confundirse con la formación de nuevas colonias mediante enjambres de abejas melíferas. En Megalopta genalis, la organización es más pequeña y sus integrantes mantienen una mayor capacidad para cambiar de función.
Seguimiento individual en la isla Barro Colorado
Investigadores de Estados Unidos, Panamá, Japón y República Checa instalaron cientos de nidos artificiales en el hábitat natural de las abejas. Marcaron individualmente a las fundadoras y a sus primeras hijas, grabaron su comportamiento y registraron si permanecían como ayudantes, reemplazaban a la madre o abandonaban el nido.
El equipo realizó análisis químicos repetidos sobre ejemplares vivos para observar cómo cambiaban las sustancias de la superficie corporal a lo largo de su vida. Para identificar y cuantificar los compuestos utilizó cromatografía de gases acoplada a espectrometría de masas.
Esta combinación permitió comparar hembras solitarias, fundadoras de nidos sociales y obreras sin depender exclusivamente de observaciones puntuales. La investigación vinculó así la composición química de cada abeja con su comportamiento, su fertilidad posterior y la productividad alcanzada por el nido.
Los metilalcanos funcionan como señal de la reina
Los científicos identificaron como feromona de reina un conjunto de hidrocarburos de cadena ramificada denominados metilalcanos. Las fundadoras de nidos sociales presentaron aproximadamente el doble de estos compuestos en la superficie corporal que las hembras que vivían solas.
Cuando los investigadores aplicaron metilalcanos sintéticos sobre reinas vivas, las obreras retrocedieron y adoptaron una postura de sumisión. La exposición también estuvo acompañada por un menor desarrollo de sus ovarios, lo que mostró efectos inmediatos sobre la conducta y consecuencias fisiológicas más prolongadas.
Los niveles de metilalcanos permitieron anticipar cuántos huevos pondría posteriormente una fundadora. Las reinas con una señal más intensa también consiguieron que sus hijas permanecieran como ayudantes con mayor frecuencia, y el trabajo de esas obreras representó aproximadamente la mitad de la productividad total del nido.
La comunicación química es habitual entre los insectos sociales, pero adopta mecanismos diferentes según la especie. Las abejas melíferas utilizan, entre otros recursos, movimientos corporales para señalar fuentes de alimento, mientras algunas abejas sin aguijón recurren a rastros químicos, como detalla un análisis sobre los sistemas de comunicación de las abejas sociales.
Una señal costosa que refleja la fertilidad
El estudio determinó que los metilalcanos se producen a partir de aminoácidos esenciales obtenidos mediante la alimentación. Esos mismos recursos son necesarios para fabricar óvulos, por lo que generar una señal química intensa implica un costo biológico para la fundadora.
Esta conexión metabólica respalda la interpretación de que la feromona funciona como una señal fiable de fertilidad y no solamente como una herramienta de manipulación. Una reina con una mayor concentración de los compuestos comunica que dispone de capacidad reproductiva suficiente para que la colaboración resulte beneficiosa para sus hijas.
Los autores señalan, sin embargo, que los metilalcanos no determinan por sí solos el destino de cada abeja. Permanecer, dispersarse o intentar ocupar el nido depende también de la edad, el estado reproductivo, la disponibilidad de recursos y otras condiciones internas y ambientales. La relación causal completa todavía requiere nuevas pruebas.
Qué aporta el hallazgo a la agricultura y la conservación
El trabajo no propone una aplicación inmediata para la apicultura comercial ni estudió la producción de miel. Su aporte se concentra en comprender la biología de las abejas silvestres, un grupo diverso que participa en la polinización de cultivos y plantas espontáneas.
Conocer cómo se organizan estas especies puede ayudar a interpretar sus necesidades de reproducción, alimentación y nidificación. Las estrategias de conservación deben considerar que muchas abejas no forman grandes colmenas y que incluso existen especies capaces de alternar entre una vida solitaria y otra social.
Esta diversidad explica por qué las medidas diseñadas exclusivamente para la abeja melífera no siempre benefician a los demás polinizadores. Una revisión sobre la conservación y el manejo de las abejas silvestres advierte que sus relaciones con las colmenas gestionadas, los recursos florales y los agentes patógenos deben evaluarse de forma diferenciada.
La investigación también amplía el conocimiento sobre la evolución de adaptaciones que hicieron de las abejas importantes transportadoras de polen. Entre ellas se encuentran sus estructuras corporales especializadas y complejos sistemas sensoriales, abordados en un recorrido sobre la evolución biológica de las abejas.
Para la producción agropecuaria, proteger esa diversidad implica mantener flores disponibles durante distintas épocas, reducir exposiciones innecesarias a plaguicidas y conservar lugares apropiados para la nidificación. El descubrimiento en Panamá muestra que dentro de esos nidos operan señales químicas estrechamente vinculadas con la reproducción y la estabilidad de las primeras formas de vida social.
Fuentes referenciales:
Infobae América
Proceedings of the Royal Society B: Biological Sciences

