Un estudio liderado por ETH Zurich analizó 19 cultivos oleaginosos y concluyó que tres de ellos concentran cerca del 75% del impacto sobre la pérdida de especies
Redactor: Camila Herrera R.
Editor: Eduardo Schmitz
Los aceites procedentes de cultivos como el coco, la palma aceitera y la soja están presentes en una enorme variedad de productos: cosméticos, maquillaje, margarinas, untables, medicamentos y alimentación animal. Su consumo y cultivo han crecido de forma sostenida, pero ese aumento también deja una huella ambiental que ahora comienza a medirse con mayor precisión.
Un equipo de investigación liderado por Stephan Pfister, profesor de evaluación cuantitativa de la sostenibilidad en ETH Zurich, examinó hasta qué punto la expansión y el consumo de cultivos oleaginosos amenazan especies animales y vegetales en distintas regiones del planeta.
El trabajo, publicado en Nature Food, es presentado como el primer estudio global centrado específicamente en este problema. La investigación no se limita a observar la producción agrícola, sino que también incorpora comercio internacional, uso del suelo y cadenas de suministro para entender cómo el consumo en unos países puede generar presión ecológica en otros.
Tres cultivos concentran la mayor parte del impacto
El estudio analizó 19 cultivos oleaginosos. Entre todos ellos, tres aparecen como responsables de una parte especialmente alta de la pérdida de biodiversidad asociada a este tipo de producción: palma aceitera, soja y coco.
Shuntian Wang, estudiante doctoral del equipo de Pfister, explicó que estos tres cultivos concentran aproximadamente el 75% de la pérdida de biodiversidad atribuida a los cultivos oleaginosos. El dato es relevante porque confirma que el problema no se distribuye de manera uniforme entre todas las fuentes de aceite vegetal.
La palma aceitera y la soja ya han sido objeto de fuerte debate ambiental por su vínculo con la conversión de ecosistemas tropicales. En Mundo Agropecuario se ha señalado anteriormente que no existen cultivos oleaginosos automáticamente “buenos” o “malos”, sino sistemas productivos con buenas o malas prácticas agrícolas, dependiendo del manejo, la trazabilidad y el contexto territorial.
Un aumento del 80% entre 1995 y 2020
La investigación identificó una tendencia clara: entre 1995 y 2020, la pérdida de biodiversidad asociada a los cultivos oleaginosos aumentó alrededor de un 80%. El incremento no se explica principalmente por el crecimiento de la población mundial, sino por cambios en el consumo, la demanda internacional y los patrones de producción.
Para construir el análisis, los investigadores combinaron mapas globales de cultivo elaborados con datos satelitales, estadísticas agrícolas y bases de datos mundiales sobre tierras cultivadas. También calcularon cómo distintas formas de uso agrícola del suelo amenazan especies animales y vegetales según la región y la intensidad productiva.
El enfoque permite observar no solo dónde se cultivan las plantas oleaginosas, sino qué consecuencias pueden tener sobre especies locales. Esta lectura es especialmente importante en regiones tropicales, donde la biodiversidad es alta y la conversión de tierras puede afectar ecosistemas muy sensibles.
Por qué los trópicos cargan con más presión
Las regiones tropicales aparecen especialmente afectadas. Esto ocurre por varias razones. Algunas oleaginosas, como la palma aceitera y el coco, se cultivan principalmente en estas zonas. Además, los trópicos concentran una gran riqueza de especies y, en ciertos casos, los rendimientos por unidad de tierra pueden ser menores que en otros sistemas agrícolas.
Cuando la demanda aumenta y la productividad no alcanza para cubrirla sin expandir superficie, la presión sobre ecosistemas naturales se vuelve más intensa. Esa expansión agrícola puede provocar pérdida de hábitats, fragmentación de bosques y deterioro de funciones ecológicas.
El debate no es nuevo. La expansión de la palma aceitera ya ha sido asociada con riesgos para la biodiversidad en África y América Latina, especialmente cuando la producción avanza sobre zonas de alto valor ecológico.
La demanda internacional mueve la huella ambiental
Uno de los hallazgos más importantes del estudio es que más de la mitad de los impactos se atribuyen al consumo en otros países. La Unión Europea, China y Estados Unidos concentran en conjunto más del 80% de esos impactos externalizados.
La influencia de cada región consumidora se expresa de forma distinta. La Unión Europea está vinculada sobre todo a la importación de aceite de palma. China aparece principalmente asociada a la soja utilizada como alimento animal. Este punto muestra cómo una decisión de consumo o de producción ganadera en un país puede trasladar presión ambiental hacia zonas tropicales productoras.
El caso de la soja es especialmente relevante por su conexión con alimentación animal, comercio internacional y presión sobre ecosistemas sudamericanos. En Brasil, la expansión o debilitamiento de controles sobre la soja ha reabierto el debate sobre protección de la Amazonía y deforestación vinculada a cadenas agrícolas globales.
No basta con cambiar un aceite por otro
El estudio también invita a evitar respuestas simplistas. Sustituir un aceite por otro no garantiza automáticamente una reducción del impacto ambiental. Si un cultivo alternativo requiere más tierra para producir la misma cantidad de aceite, el efecto final puede ser incluso peor para los ecosistemas.
Este punto coincide con discusiones previas sobre la palma aceitera, un cultivo muy cuestionado por su relación con la deforestación, pero también altamente productivo por hectárea. Por eso algunos científicos conservacionistas han advertido que el aceite de palma no siempre es menos sostenible que otros cultivos oleaginosos si se compara únicamente por superficie necesaria para producir aceite.
La clave, por tanto, no está solo en elegir una materia prima, sino en conocer dónde se produce, cómo se cultiva, qué ecosistemas reemplaza y qué controles existen para evitar nuevas pérdidas de biodiversidad.
Producción más responsable y protección de ecosistemas
Stephan Pfister señaló que la pérdida de biodiversidad es un problema ambiental tan grave como el cambio climático. Por esa razón, el equipo propone actuar sobre varios frentes: producción más respetuosa con el ambiente, menor deforestación, prácticas agrícolas que protejan el suelo y la naturaleza, y cambios en el consumo.
El investigador también advirtió que detener la pérdida de biodiversidad no puede lograrse de un día para otro. Incluso cuando no hay nueva deforestación, el uso prolongado de tierras agrícolas mantiene presión sobre los ecosistemas.
La solución requiere invertir en mejores sistemas productivos y en protección de ecosistemas en los países de origen. Esta visión se relaciona con otros debates sobre agricultura y biodiversidad, donde se ha planteado la necesidad de medir mejor los impactos y evitar que las mejoras en un área generen daños en otra. En ese sentido, se han propuesto planes para reducir el impacto de la agricultura sobre la biodiversidad con salvaguardas más sólidas.
Una advertencia para el comercio agrícola global
La investigación de ETH Zurich muestra que los cultivos oleaginosos no deben evaluarse solo por su rendimiento económico o por su presencia en productos de consumo masivo. Su impacto real depende de cadenas de suministro globales, usos del suelo, comercio internacional y decisiones de consumo que muchas veces ocurren lejos de los territorios afectados.
Para el sector agropecuario, el mensaje es claro: la sostenibilidad de los aceites vegetales exige trazabilidad, manejo responsable, protección de ecosistemas y una lectura completa de la cadena. Palma, coco y soja no son solo materias primas agrícolas; son puntos críticos en la relación entre alimentación, industria, comercio y conservación de especies.
Fuente(s) referenciales
Phys.org – Palm oil, coconut and soybean drive more species extinction than previously thought


