Prevenir abortos, infecciones y mortalidad mejora la producción de leche y carne, pero los científicos advierten que una menor emisión por kilogramo no garantiza que disminuyan las emisiones totales
Redactor: Raúl Méndez C.
Editor: Javier Morales O.
Mejorar la salud de vacas, cabras y ovejas puede reducir las emisiones de gases de efecto invernadero asociadas con cada litro de leche o kilogramo de carne producido. Una revisión científica internacional concluyó que prevenir enfermedades favorece el crecimiento, la fertilidad, la supervivencia y la productividad, evitando que alimento, agua, tierra y emisiones se gasten sin generar productos o ingresos.
El trabajo, publicado en la revista Animal, examinó evidencias procedentes de diferentes sistemas ganaderos. Sus autores encontraron un potencial climático relevante, pero también advirtieron que los estudios disponibles utilizan métodos y supuestos distintos, por lo que todavía no existe una base suficientemente uniforme para incorporar la salud animal de manera confiable en las políticas climáticas.
El análisis fue encabezado por Nick Wheelhouse y dio origen a una nueva iniciativa internacional denominada HAlow, sigla en inglés de Enfoques Sanitarios para Reducir las Emisiones Ganaderas. El proyecto medirá cuándo una intervención veterinaria produce beneficios climáticos reales, cuál es su coste y si reduce las emisiones totales o solamente la intensidad por unidad de alimento.
Un aborto desperdicia recursos acumulados durante la gestación
Cuando una vaca lechera pierde su gestación, el daño no se limita al ternero que no nace. Durante meses, el animal consumió alimento cuya producción requirió tierra, fertilizantes, agua, maquinaria y transporte. También generó metano durante su digestión y ocupó instalaciones y recursos de la explotación.
La pérdida impide obtener un futuro animal y puede alterar el calendario de producción lechera y reproducción del rebaño. Para el productor supone menos ingresos y gastos adicionales destinados al diagnóstico, tratamiento, nueva inseminación o reemplazo de la vaca.
Desde el punto de vista ambiental, las emisiones generadas durante esa gestación quedan repartidas entre una cantidad menor de alimentos producidos. El mismo principio se aplica cuando una enfermedad reduce la producción de leche, retrasa el crecimiento o provoca la muerte prematura de un animal.
Por eso, la sanidad debe analizarse junto con la alimentación y el manejo. La vigilancia cotidiana resulta esencial para identificar tempranamente cambios que indiquen enfermedad en una vaca, antes de que el problema se agrave y cause mayores pérdidas productivas.
Los rumiantes producen metano durante la digestión
El metano entérico se forma cuando los microorganismos del rumen descomponen los componentes fibrosos del alimento. La mayor parte del gas sale a la atmósfera mediante la respiración y los eructos del animal.
Una vaca enferma puede continuar consumiendo alimento y produciendo metano aunque su rendimiento disminuya. Si genera menos leche durante ese periodo, la cantidad de gas atribuida a cada litro aumenta. Cuando recupera su productividad, las mismas emisiones de mantenimiento se distribuyen entre una mayor producción.
Esta relación explica por qué la salud puede reducir la intensidad climática de los alimentos. Sin embargo, no significa que un animal sano deje automáticamente de emitir metano ni sustituye las intervenciones específicas sobre alimentación, genética y manejo del estiércol.
El sector estudia diferentes soluciones complementarias. Una revisión sobre las estrategias para disminuir el metano del ganado lechero identificó alternativas como dietas más digestibles y compuestos capaces de modificar la fermentación ruminal, aunque su eficacia, coste y facilidad de adopción varían.
Las pérdidas reproductivas elevaron hasta 15 % las emisiones por litro
Un trabajo anterior desarrollado por los investigadores utilizó datos modelados de explotaciones del norte de Tanzania para calcular el efecto de las pérdidas de gestación. Los abortos bovinos incrementaron las emisiones estimadas por kilogramo de leche en un 4 % para el ganado autóctono y en un 15 % para los animales de mayor rendimiento.
La diferencia muestra que una misma pérdida sanitaria puede afectar de manera desigual a distintos sistemas. En un rebaño de alta producción, la interrupción de la gestación elimina una cantidad potencialmente mayor de leche, por lo que la emisión acumulada se reparte entre un volumen mucho menor del previsto.
Al sumar las pérdidas reproductivas de bovinos y caprinos, el estudio calculó que la proteína de leche y carne no producida equivalía al consumo anual actual de proteína animal de alrededor de 649.000 personas en Tanzania.
La cifra fue obtenida mediante modelos y no representa un conteo directo de alimentos retirados del mercado. Su función es mostrar la dimensión que pueden alcanzar las enfermedades y los problemas reproductivos cuando se agregan a escala regional.
La mortalidad de terneros reduce alimentos e ingresos
Los investigadores evaluaron también ganado bovino de carne del oeste de Kenia. En el sistema estudiado, el 16 % de los terneros moría durante el primer año de vida y la mayoría de las muertes con diagnóstico estaban asociadas con infecciones.
La proteína perdida bajo esa tasa de mortalidad fue equivalente al consumo anual de carne vacuna de aproximadamente 4,5 millones de kenianos. Además del alimento que no llegó a producirse, cada muerte representó pérdida de genética, capital e ingresos para los hogares ganaderos.
Cuando el modelo redujo la mortalidad de terneros del 16 % al 8 %, las emisiones de metano entérico por kilogramo de carne disminuyeron un 3,2 %. Los recursos utilizados por las madres y el rebaño permitieron producir una cantidad mayor de alimento comercializable.
El resultado respalda la vacunación, la bioseguridad, la nutrición adecuada, el control parasitario y el diagnóstico oportuno. No obstante, la magnitud del beneficio dependerá de la enfermedad predominante, la eficacia de la intervención y las características de cada sistema productivo.
Menor intensidad no siempre significa menos metano total
La reducción de la mortalidad produjo un efecto que obliga a interpretar los resultados con cautela. Al sobrevivir más terneros, el rebaño generó más carne y disminuyó la huella por kilogramo, pero los animales adicionales también produjeron metano. Como consecuencia, las emisiones totales del sistema aumentaron en el escenario modelado.
Esto no constituye un argumento para tolerar enfermedades o muertes evitables. El bienestar animal y la prevención sanitaria mantienen su valor productivo, económico y ético. La observación señala que las políticas climáticas deben diferenciar entre emisiones absolutas e intensidad de emisiones.
La intensidad expresa cuántos gases se generan por litro de leche, kilogramo de carne u otra unidad productiva. Las emisiones absolutas contabilizan todo el gas liberado por el rebaño o territorio durante un periodo determinado.
Una explotación puede mejorar considerablemente su eficiencia y, al mismo tiempo, aumentar su producción total. Si ese crecimiento supera la reducción conseguida por unidad, el volumen final de emisiones puede mantenerse o aumentar.
Esta distinción también aparece al evaluar qué medidas reducen realmente el metano ganadero. Los resultados dependen de los límites del análisis, la productividad, el número de animales y las emisiones incorporadas a la alimentación y otros insumos.
Los inventarios actuales no reflejan todos los efectos sanitarios
Los países suelen estimar las emisiones ganaderas a partir del número de animales y factores estandarizados. Esas metodologías permiten elaborar inventarios comparables, pero no siempre capturan cómo una enfermedad modifica el rendimiento, la fertilidad, el crecimiento, la mortalidad o la necesidad de mantener animales de reemplazo.
Los estudios disponibles tampoco utilizan un procedimiento uniforme. Algunos estiman el metano a partir del consumo y la dieta, mientras otros aplican factores generales. La medición directa es menos frecuente porque requiere equipos especializados y periodos prolongados de seguimiento.
La revisión científica advierte que esa heterogeneidad impide atribuir una cifra climática general a cualquier mejora sanitaria. Una vacunación puede producir grandes beneficios cuando controla una infección extendida, pero un resultado menor cuando la enfermedad tiene baja incidencia o existen otras limitaciones productivas.
También debe contabilizarse la propia intervención. Fabricar y distribuir vacunas, medicamentos, equipos o alimentos suplementarios genera costes y emisiones. El balance correcto debe comparar esos impactos con las pérdidas que se evitan.
HAlow comparará intervenciones en diferentes sistemas
La plataforma HAlow fue respaldada como una iniciativa internacional de la Alianza Global de Investigación sobre Gases de Efecto Invernadero Agrícolas. Su propósito es desarrollar una base de evidencia común para comparar estrategias sanitarias.
El programa examinará qué intervenciones funcionan, cuánto cuestan, quién recibe los beneficios y cómo cambian la producción y las emisiones. También registrará resultados negativos o neutros, indispensables para evitar recomendaciones basadas únicamente en experiencias exitosas.
La evaluación abarcará sistemas ganaderos con condiciones diferentes. Una medida aplicada a una lechería intensiva no necesariamente tendrá el mismo efecto en una explotación pastoril o en un rebaño de pequeños productores que utiliza animales como fuente de alimento, ahorro, estiércol y fuerza de trabajo.
El monitoreo puede contribuir a esa tarea. Sistemas de cámaras y sensores ya permiten seguir individualmente a las vacas para detectar problemas sanitarios y productivos. Estas herramientas no sustituyen el diagnóstico veterinario, pero pueden generar alertas ante cambios de movimiento, descanso, alimentación o rumia.
El estrés térmico conecta clima, salud y producción lechera
La salud animal también está influida por el cambio climático. Las temperaturas elevadas reducen el consumo, alteran la reproducción, disminuyen la producción de leche y pueden debilitar la respuesta inmunitaria.
Cuando una vaca dedica más energía a disipar calor y menos a producir, aumenta la huella atribuida a cada litro. La prevención sanitaria debe incluir por ello sombra, ventilación, agua suficiente, manejo de horarios y reducción del hacinamiento.
Una investigación con vacas Holstein-Friesian mostró que extender el enfriamiento durante el día y la noche mejoró la producción y el bienestar en animales mantenidos al aire libre. Este tipo de intervención puede evitar pérdidas productivas, aunque su balance climático completo debe incorporar el consumo energético de los equipos.
La salud climáticamente inteligente no consiste, por tanto, en maximizar el rendimiento a cualquier coste. Requiere encontrar intervenciones que mejoren simultáneamente el bienestar, la eficiencia de recursos, la rentabilidad y el balance de emisiones.
Las prioridades ganaderas cambian entre regiones
En países de ingresos altos, una parte del debate climático se concentra en reducir el consumo excesivo de carne y productos lácteos. En regiones de ingresos bajos y medios, la prioridad puede ser ampliar el acceso a proteínas y nutrientes sin que las emisiones crezcan al mismo ritmo.
Los animales también cumplen funciones económicas que no aparecen por completo al medir solamente carne y leche. Para numerosas familias representan ahorro, estiércol, fuerza de trabajo, seguridad frente a emergencias y una fuente regular de ingresos.
Evitar que esos animales mueran o produzcan muy por debajo de su capacidad permite obtener más alimento y valor económico a partir de recursos que ya están siendo utilizados. Sin embargo, los autores recalcan que esa mejora no debe interpretarse como autorización para ampliar sin límites el número de animales.
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura estima que la ganadería genera alrededor del 12 % de las emisiones antropogénicas mundiales de gases de efecto invernadero. Entre las medidas propuestas figuran la mejora de la productividad, la alimentación, la genética y la salud animal.
La sanidad debe formar parte de una estrategia más amplia
La prevención de enfermedades puede evitar emisiones que no producen alimentos ni sostienen medios de vida. También reduce gastos veterinarios, mortalidad, descarte prematuro y necesidad de mantener más animales de reemplazo.
Sus beneficios deben complementarse con una alimentación eficiente, manejo adecuado del estiércol, selección genética responsable, protección frente al calor y tecnologías específicas para disminuir el metano entérico.
Para los productores, el punto de partida continúa siendo práctico: registros reproductivos y sanitarios, vacunación según el riesgo local, bioseguridad, revisión de abortos, atención a los terneros y diagnóstico temprano de caídas productivas.
Para las políticas públicas, el desafío será medir sin confundir eficiencia con reducción absoluta. HAlow buscará proporcionar la evidencia necesaria para identificar cuándo una mejora sanitaria reduce realmente la presión climática y cuándo su principal beneficio se concentra en el bienestar, la seguridad alimentaria y los ingresos rurales.
Fuentes referenciales:
Phys.org y The Conversation
Revista Animal
Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura

