Agricultura

El arado deja una huella centenaria en los pastizales antiguos

Publicado el 25/08/2026 · REDACCION

Un análisis de 742 especies en seis continentes revela que las praderas regeneradas conservan diferencias profundas incluso después de siglos


Redactor: Luis Ortega
Editor: Karem Díaz S.

La conversión de un pastizal antiguo en tierra de cultivo puede transformar durante siglos la comunidad vegetal, aunque posteriormente se abandone la parcela y vuelvan a crecer hierbas. Un estudio internacional dirigido por científicos de la Universidad Estatal de Michigan encontró que las praderas secundarias mantienen características diferentes de los ecosistemas originales incluso tras largos periodos de recuperación.

La investigación, publicada en Proceedings of the National Academy of Sciences, analizó información de 742 especies vegetales procedentes de pastizales de seis continentes. Los autores compararon ecosistemas antiguos que nunca habían sido arados ni convertidos en terrenos agrícolas con áreas secundarias que se encontraban en distintas etapas de regeneración.

Los resultados muestran que la apariencia verde de una parcela recuperada no garantiza que haya restablecido la composición, estructura o funcionamiento del pastizal anterior. La destrucción selecciona determinados tipos de plantas y genera condiciones que dificultan el regreso de las especies adaptadas a ecosistemas maduros.

Las diferencias se repiten en seis continentes

El análisis incluyó praderas, estepas y sabanas pertenecientes a regiones geográficas muy diferentes. Las especies propias de las Grandes Llanuras de América del Norte no son las mismas que habitan el Cerrado brasileño, la sabana africana o las estepas euroasiáticas, pero la comparación encontró un patrón funcional consistente.

Los pastizales antiguos y los secundarios se diferenciaron por las características de crecimiento de sus plantas. Esa coincidencia global indica que las consecuencias de la conversión agrícola no dependen exclusivamente de una especie concreta ni de una sola región.

El hallazgo amplía la evidencia de que la restauración necesita mucho más tiempo del que sugiere la recuperación visual de la cobertura. Otro estudio determinó que algunos pastizales requieren más de 75 años para recuperar plenamente su diversidad de polinizadores.

Los científicos observaron además que determinadas diferencias pueden persistir durante periodos extraordinariamente largos. En uno de los casos analizados, las plantas de un pastizal secundario continuaban siendo más altas que las del ecosistema antiguo incluso después de 300 años.

El arado elimina plantas lentas y resistentes

Cuando se rotura un pastizal maduro, entre las plantas que tienden a desaparecer figuran especies perennes de larga vida, crecimiento lento y hojas duras. Esos rasgos les permiten soportar condiciones exigentes como la sequía, el consumo por herbívoros o el fuego.

Su capacidad para resistir perturbaciones naturales no implica que puedan recolonizar rápidamente una parcela después de la agricultura. Muchas producen semillas con lentitud, se dispersan a poca distancia y destinan recursos a conservar sus tejidos en lugar de crecer de manera acelerada.

Después de la destrucción, estas especies encuentran dificultades para competir con plantas que aprovechan rápidamente la luz, el agua y los nutrientes disponibles. Por ello, dejar de cultivar una parcela no reproduce automáticamente las condiciones necesarias para que regresen sus antiguos habitantes.

La composición vegetal también influye en el suelo. Una investigación realizada en Gran Bretaña mostró que los pastizales manejados con menor intensidad presentan mayor diversidad vegetal y mejores indicadores edáficos que las superficies sometidas a prácticas intensivas.

Las especies rápidas dominan las praderas secundarias

Las plantas que se establecen después del abandono suelen presentar rasgos asociados con el crecimiento rápido y una mayor capacidad para capturar recursos. Entre ellas aparecen especies anuales que se reproducen con rapidez y compiten eficazmente por agua y nutrientes.

Los pastizales secundarios también tienden a estar ocupados por plantas naturalmente más altas. Esa ventaja facilita la captación de luz y permite que cada nueva generación mantenga su dominio sobre especies más pequeñas o de desarrollo pausado.

El estudio cita como ejemplo al pasto resistente Aristida stricta, característico de las sabanas de pinos del sureste de Estados Unidos. Esta planta perenne y tolerante a la sequía no fue representativa de los terrenos secundarios comparados, donde adquirieron mayor presencia especies anuales de reproducción rápida.

La diferencia no debe interpretarse únicamente como una reducción en el número de especies. Dos terrenos pueden albergar cantidades similares de plantas y, sin embargo, desempeñar funciones distintas si uno está dominado por perennes resistentes y el otro por anuales oportunistas.

Raíces antiguas sostienen funciones productivas

Los pastizales cumplen funciones directamente relacionadas con la agricultura y la ganadería. Proporcionan forraje, estabilizan el suelo, reducen la escorrentía, moderan la erosión y almacenan carbono mediante extensos sistemas radiculares.

Estos ecosistemas cubren cerca de una cuarta parte de la superficie terrestre y contribuyen a los medios de vida de más de 1.000 millones de personas. Su importancia productiva explica por qué la conservación no puede separarse de las políticas rurales y del manejo ganadero.

Una revisión de seis décadas de investigación sobre los pastizales del sur de África documentó precisamente la combinación de funciones ganaderas, ecológicas y climáticas que desempeñan estos territorios.

Cuando un pastizal antiguo es arado, no solo desaparece su vegetación superficial. También se altera una estructura subterránea desarrollada durante periodos prolongados, junto con relaciones entre raíces, microorganismos, nutrientes y propiedades físicas del suelo.

La regeneración espontánea puede ser insuficiente

El abandono de una parcela agrícola permite que vuelva la vegetación, pero el nuevo ecosistema parte de condiciones diferentes. Las semillas de especies antiguas pueden haber desaparecido del suelo, las poblaciones remanentes pueden encontrarse demasiado lejos y las plantas de crecimiento rápido pueden ocupar primero el espacio disponible.

Los resultados sugieren que la restauración debe incorporar intervenciones activas cuando el objetivo sea recuperar funciones propias de un pastizal maduro. Los autores mencionan medidas como la siembra de especies nativas y el trasplante de plantas que no logran regresar por sus propios medios.

La recuperación también depende del paisaje circundante. La existencia de bordes, corredores y fragmentos conservados puede facilitar la llegada de semillas y polinizadores. Estudios europeos han demostrado que la infraestructura verde influye en las redes de plantas y polinizadores de los pastizales restaurados.

Sin esos componentes, una parcela puede desarrollar cobertura herbácea sin reconstruir las relaciones ecológicas necesarias para reproducir plantas, circular nutrientes y responder a nuevas perturbaciones.

Conservar evita pérdidas difíciles de revertir

El estudio no sostiene que restaurar carezca de utilidad. Los pastizales secundarios pueden recuperar cobertura vegetal, reducir la erosión y ofrecer hábitat o forraje. La advertencia es que esos beneficios no equivalen necesariamente a recuperar el ecosistema desaparecido.

Tampoco se ha determinado todavía cómo todas las diferencias observadas afectan funciones como la captura de dióxido de carbono o el ciclo de los nutrientes. Los autores consideran necesario investigar de manera específica la relación entre los rasgos vegetales, el carbono, la fertilidad y la estabilidad productiva.

Para las políticas agropecuarias, los resultados respaldan una jerarquía clara: conservar primero los pastizales antiguos que aún permanecen y aplicar restauración activa en las superficies ya convertidas. La protección preventiva evita depender de procesos que pueden necesitar siglos y aun así no reproducir completamente lo perdido.

Esta distinción resulta importante al decidir qué tierras deben mantenerse como pastizales permanentes, cuáles pueden destinarse a cultivos y qué parcelas abandonadas requieren intervención. Considerar únicamente la cobertura visible puede llevar a sobreestimar la recuperación y subestimar el valor productivo y ecológico acumulado bajo el suelo.

Fuentes referenciales:
Phys.org
Proceedings of the National Academy of Sciences



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