Ensayos del INTA San Luis compararon maíz, sorgo, soja y maní para identificar estrategias capaces de estabilizar la producción en secano
Redactor: Raúl Méndez C.
Editor: Karem Díaz S.
Un equipo de la Estación Experimental Agropecuaria San Luis del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria de Argentina analizó el desempeño del maíz, el sorgo, la soja y el maní frente a la variabilidad del clima y de los suelos. La investigación indica que elegir correctamente la especie y ajustar la fecha de siembra son decisiones fundamentales para reducir la inestabilidad de los rendimientos en los sistemas de secano.
El trabajo se concentró en la región semiárida central argentina, donde la producción de granos depende de lluvias irregulares y de la cantidad de agua almacenada en el perfil del suelo. En estas condiciones, sembrar un cultivo sin considerar sus requerimientos hídricos y el ambiente específico del lote puede elevar considerablemente el riesgo productivo.
La evaluación fue desarrollada por Miguel Maximiliano Riglos, investigador del INTA San Luis, como parte de su tesis doctoral dirigida por María Elena Otegui y codirigida por Luis Ignacio Mayer. El estudio comparó las respuestas ecofisiológicas de los cuatro cultivos y utilizó modelos de simulación para proyectar sus rendimientos bajo diferentes escenarios.
Dos campañas, tres ambientes y distintas fechas de siembra
Los experimentos abarcaron las campañas 2016-2017 y 2017-2018 y se realizaron en tres sitios distribuidos a lo largo de una transecta edafoclimática. Esta selección permitió contrastar ambientes de la región pampeana húmeda con otros pertenecientes a la región semiárida central.
Los investigadores trabajaron con dos fechas de siembra: una a finales de octubre y otra a comienzos de diciembre. Posteriormente, la información de campo se utilizó para calibrar y validar modelos capaces de representar la respuesta de cada cultivo frente a la disponibilidad hídrica, el clima y las características del suelo.
La metodología permitió separar parte de los efectos asociados con la especie, la fecha de implantación y el ambiente. Este enfoque resulta especialmente importante en el centro semiárido, donde una misma cantidad anual de lluvia puede producir resultados diferentes según su distribución durante el ciclo agrícola.
La experiencia coincide con otros análisis sobre la brecha entre el rendimiento potencial y el rendimiento real del maíz argentino, que señalan la necesidad de combinar reservas de agua, genética y manejo para capturar la capacidad productiva de cada lote.
El sorgo mostró mayor estabilidad frente a la aridez
Durante la etapa reproductiva, el rendimiento relativo de los cuatro cultivos respondió al índice de aridez. Sin embargo, la intensidad de esa respuesta no fue igual: el maní presentó la mayor sensibilidad y el sorgo la menor, mientras que el maíz y la soja ocuparon posiciones intermedias.
Este comportamiento confirma que no existe una especie capaz de ofrecer el mejor resultado en todos los ambientes. El sorgo puede aportar estabilidad bajo restricciones hídricas debido a su adaptación al calor y a la sequía, pero la elección final también debe considerar el tipo de suelo, la duración del ciclo, el destino comercial y las condiciones previstas para la campaña.
La investigación no propone abandonar el maíz, la soja o el maní. Plantea utilizar la diversidad de especies como una herramienta para distribuir el riesgo y adaptar la rotación a ambientes con diferente disponibilidad de agua. Un lote con menor capacidad de almacenamiento puede requerir una estrategia distinta a la empleada en un suelo profundo y con mejores reservas.
El papel del sorgo como alternativa frente a la irregularidad de las precipitaciones también se observa en los esfuerzos por ampliar el acceso a semillas de sorgo y maíz tolerantes a la sequía. La disponibilidad de materiales adaptados, sin embargo, necesita acompañarse con recomendaciones específicas de manejo.
La fecha de siembra modifica la exposición al déficit hídrico
Cambiar la fecha de implantación permite desplazar las etapas más sensibles del cultivo hacia períodos con distinta probabilidad de lluvias. En particular, la floración y el establecimiento del número de granos pueden verse gravemente afectados cuando coinciden con temperaturas elevadas y escasez de humedad.
Una siembra temprana puede aprovechar mejor parte de la radiación y extender el ciclo, pero también expone al cultivo a determinados déficits durante su fase crítica. Una implantación posterior puede acumular más agua antes de la siembra y trasladar la floración, aunque también modifica las condiciones térmicas y la radiación disponible para llenar los granos.
Por esa razón, el INTA subraya que la decisión no debe adoptarse mediante una fecha fija para toda la región. Es necesario examinar el agua útil presente en el suelo, la profundidad efectiva del perfil, los pronósticos, la especie, el cultivar y la capacidad de cada lote para retener humedad.
La importancia de coordinar especies y fechas también aparece en investigaciones sobre el uso de maní y cereales adaptados para enfrentar temporadas secas. Estos trabajos muestran que sustituir o diversificar cultivos puede ser útil cuando la medida se integra con el control de malezas y la conservación de la humedad.
El agua explica solo una parte del rendimiento
El análisis confirmó una relación consistente entre el rendimiento y el número de granos producidos. En cambio, el peso individual del grano mostró una asociación estrecha principalmente en el maíz y la soja. Estas diferencias ayudan a identificar en qué etapa se determina una mayor proporción de las pérdidas de cada especie.
La producción de biomasa respondió más al aumento de la eficiencia en el uso de la radiación y del agua que a la simple captura de ambos recursos. En términos agronómicos, no basta con que la planta intercepte luz o consuma humedad: debe transformar esos recursos de manera eficiente en crecimiento y rendimiento cosechable.
Esta perspectiva complementa los estudios que utilizan características del sorgo para buscar cultivos que pierdan menos agua. La fisiología vegetal puede contribuir a la adaptación, pero sus ventajas deben evaluarse junto con las condiciones reales del suelo y las decisiones del productor.
Modelos para estimar el riesgo de cada lote
Los modelos calibrados con los ensayos fueron empleados para representar una gama más amplia de años climáticos y ambientes edáficos que la observada directamente en las dos campañas. Esta herramienta permite estimar no solamente un rendimiento medio, sino también la dispersión y la probabilidad de resultados desfavorables.
Conocer esa variabilidad es decisivo para los establecimientos de secano. Dos alternativas pueden ofrecer promedios parecidos y, al mismo tiempo, presentar riesgos muy diferentes. La especie más conveniente dependerá de la capacidad del productor para soportar años de bajo rendimiento y de los objetivos de la rotación.
Los resultados respaldan el uso combinado de diagnósticos de agua, caracterización de suelos, selección de especies y fechas de siembra flexibles. El planteamiento debe actualizarse antes de cada campaña y ajustarse a cada lote, en lugar de aplicar una única receta para toda la explotación.
La información generada por el INTA ofrece una base para decidir dónde mantener cultivos con mayor potencial y dónde incorporar especies capaces de soportar mejor la aridez. En una región expuesta a fuertes oscilaciones entre campañas, estabilizar la producción puede ser tan importante como alcanzar el rendimiento máximo durante un año favorable.
Fuentes referenciales:
INTA Informa
Repositorio institucional de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires


