El proyecto Pujante reactivó una antigua chacra vitícola entre Allen y Guerrico, en Río Negro, con 50.000 vides implantadas en 10 hectáreas y una estrategia orientada a producción limitada.
Redactor: Santiago Duarte
Editor: Eduardo Schmitz
En Argentina, un proyecto familiar volvió a poner en producción una antigua chacra vitícola de la Patagonia y comenzó a transformar su cosecha en vinos de alta gama. La iniciativa, llamada Pujante, se desarrolla en el Alto Valle de Río Negro, entre Allen y Guerrico, con cerca de 50.000 vides distribuidas en 10 hectáreas.
El emprendimiento busca demostrar el potencial vitivinícola de esta zona argentina, históricamente asociada a la producción frutícola, pero también vinculada a viejos cultivos de vid. La propuesta combina recuperación de suelo, selección varietal, manejo técnico del viñedo y elaboración de partidas limitadas.
Una chacra abandonada vuelve a producir uvas
La historia comenzó entre 2018 y 2019, cuando Ignacio Pujante, abogado nacido en Neuquén, y su esposa Anabella Razetto, también abogada y oriunda de Buenos Aires, decidieron avanzar con un proyecto vitivinícola propio. Para hacerlo convocaron a un equipo técnico integrado por los ingenieros agrónomos Marcelo Canatella y Fernando Enfarrell, el enólogo Mario Lascano, el encargado de chacra Miguel y la responsable de bodega Soledad.
El lugar elegido fue una chacra de 10 hectáreas ubicada entre Allen y Guerrico, en la provincia argentina de Río Negro. El campo estaba completamente abandonado, aunque décadas atrás había albergado un viñedo antiguo. Luego pasaron por allí otros cultivos, como manzanas y peras, característicos de la región.
Durante los recorridos iniciales todavía aparecían algunas plantas de vid que seguían brotando. Esa señal reforzó la decisión de recuperar el terreno, desmontar, reconstruir el sistema de riego y preparar nuevamente el suelo para una producción vitícola de calidad.
Malbec, Pinot Noir y Cabernet Franc en la Patagonia argentina
El proyecto implantó Malbec, Pinot Noir y Cabernet Franc, con distintas selecciones clonales de cada variedad. La distribución de las plantas fue definida según las características de cada parcela, con el objetivo de elaborar sectores por separado y disponer de perfiles diversos al momento de construir los cortes finales.
La primera etapa de plantación comenzó en 2022 y la totalidad de las 10 hectáreas se completó de manera progresiva. La primera cosecha llegó en 2025 y las primeras botellas saldrán al mercado durante julio, bajo cuatro etiquetas organizadas en dos líneas comerciales: Arrayán y Gran Arrayán.
El caso se inscribe en un escenario internacional donde la viticultura busca adaptar territorios, variedades y modelos de manejo a nuevas condiciones productivas, comerciales y climáticas.
Producción limitada antes que volumen
La primera cosecha permitirá elaborar alrededor de 4.500 botellas. Para la vendimia siguiente, el proyecto espera alcanzar unas 10.000 botellas, aunque el potencial de la finca es mayor. Con 50.000 plantas implantadas, el establecimiento podría producir cerca de 80.000 botellas anuales.
Sin embargo, la estrategia productiva apunta a estabilizarse entre 15.000 y 20.000 botellas por año. La prioridad no es maximizar volumen, sino lograr vinos que expresen las condiciones del Alto Valle de Río Negro y sostener una elaboración de partidas cuidadas.
Todos los vinos pasan parcialmente por barricas nuevas de roble francés, aunque el uso de madera varía según cada etiqueta y cada cosecha. La elaboración busca destacar lo que aporta el lugar, sin responder únicamente a tendencias de mercado.
El valor agronómico del Alto Valle
Para el proyecto Pujante, el protagonismo está en el territorio. El Alto Valle de Río Negro ofrece amplitud térmica entre el día y la noche, clima árido, viento constante y buena sanidad del viñedo. Estas condiciones permiten obtener uvas con frescura, concentración y rasgos propios de la Patagonia argentina.
La experiencia dialoga con otros procesos de adaptación del sector vitivinícola, donde el manejo del clima, la exposición solar y la calidad de la uva se han vuelto factores centrales para sostener vinos diferenciados. Ese debate también aparece en investigaciones sobre viñedos frente al calor extremo y en estudios sobre ajustes de manejo para mejorar la composición de la cosecha.
El nombre Arrayán, elegido para las líneas comerciales, toma como referencia el árbol típico de los bosques andino-patagónicos, cuya madera conserva una sensación natural de frescura. Esa imagen fue incorporada como símbolo de una cualidad que el proyecto busca expresar en sus vinos.
Un modelo que combina recuperación agrícola y valor agregado
Actualmente, los vinos se elaboran en instalaciones de terceros, con equipamiento propio y protocolos definidos por el equipo técnico. El objetivo de largo plazo es construir una bodega dentro de la chacra para elaborar allí mismo y recibir visitantes.
El caso muestra cómo una finca abandonada puede volver a integrarse a la producción agropecuaria mediante un cultivo de alto valor, planificación técnica y enfoque territorial. También conecta con una tendencia más amplia de recuperación productiva y manejo sostenible, visible en iniciativas de agricultura regenerativa en Argentina que incluyen fruticultura, yerba mate, viñedos y horticultura.
En el sector vitivinícola, la salud del suelo y el manejo del viñedo son componentes decisivos para sostener calidad. Investigaciones recientes han mostrado que cambios simples en las prácticas de campo pueden modificar el microbioma del suelo y favorecer sistemas más sanos, un tema relevante para la salud de los viñedos.
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