Productores y técnicos del INTA compartieron en Río Negro los avances de un proyecto que busca reducir huella de carbono, recuperar suelos y fortalecer economías regionales
Redactor: Santiago Duarte
Editor: Eduardo Schmitz
La agricultura regenerativa empieza a tomar forma concreta en distintas economías regionales de Argentina. En la Estación Experimental del INTA Alto Valle, ubicada en Guerrico, Río Negro, productores y técnicos de Río Negro, Mendoza y Misiones participaron durante tres días del encuentro anual del proyecto “Transición hacia la Agricultura Regenerativa”, una iniciativa impulsada por la Fundación Banco Credicoop.
El programa reunió experiencias aplicadas a peras y manzanas, yerba mate, mandioca, viñedos y horticultura. Su objetivo central es acompañar a productores en el paso hacia prácticas más sustentables, con menos dependencia de insumos externos, mayor cuidado del suelo y herramientas para medir el impacto ambiental de los sistemas productivos.
Mariana Amorosi, directora del Centro Regional Patagonia Norte del INTA, destacó que el proyecto acompaña la transición de los productores hacia prácticas más sustentables y fortalece la articulación entre extensión, investigación y sector privado. Esa combinación resulta clave para que la agricultura regenerativa no quede solo como concepto técnico, sino como una estrategia aplicada en chacras, yerbales, viñedos y sistemas hortícolas.
Un programa de cuatro años con 300 productores
Gustavo Marino, responsable de proyectos y asistencia técnica de la Fundación Banco Credicoop, explicó que el programa tiene una duración prevista de cuatro años. El primer año estuvo enfocado principalmente en capacitación, y luego comenzaron las implementaciones concretas en territorio junto a 300 productores distribuidos en las tres regiones participantes.
El enfoque busca que los productores que ya participan funcionen como referencia para otros colegas de cooperativas y zonas productivas. En la lógica del proyecto, los establecimientos que prueban prácticas regenerativas pueden mostrar resultados, aprendizajes y dificultades concretas, ayudando a que otros productores evalúen el camino con información de campo.
Marino también señaló que el 40 % de quienes participan en la producción son jóvenes, mujeres o productores de bajos recursos. Por eso, el programa incluye una dimensión social vinculada con inclusión financiera, cooperativismo y trabajo regional con escuelas técnicas y agrotécnicas.
El Alto Valle mide huella de carbono en chacras frutícolas
En el Alto Valle, el proyecto se concentra en productores de la Primera Cooperativa Frutícola de Roca. Sergio Romagnoli, técnico de la Agencia de Extensión Rural Cipolletti del INTA, explicó que el trabajo apunta a determinar la huella de carbono de las producciones y generar estrategias para mitigarla, aumentando al mismo tiempo las remociones de carbono en suelos y cortinas forestales.
La región ya atraviesa el tercer ciclo de medición de huella de carbono y trabaja con 30 productores “faro”. Estos productores funcionan como referencia para productores “réplica”, que luego incorporan parte de las prácticas implementadas. Entre las medidas mencionadas aparecen la reducción del uso de tractores, menor consumo de combustible fósil, implantación de cortinas forestales, uso de bioinsumos y manejo más eficiente de aplicaciones fitosanitarias.
La fruticultura del Alto Valle, especialmente vinculada a peras y manzanas, enfrenta además nuevas exigencias ambientales ligadas a la exportación. La medición de huella de carbono y los planes de mitigación empiezan a formar parte de requisitos de certificaciones internacionales como Global Gap, utilizadas por buena parte de los exportadores de la región.
En esa línea, la experiencia también se vincula con otros avances argentinos en sanidad y manejo frutícola, como el control biológico contra la carpocapsa, una plaga clave en manzana, pera y membrillo. La reducción de aplicaciones innecesarias y el uso de herramientas biológicas forman parte del mismo desafío: producir con menor impacto y mayor precisión.
Suelo, biodiversidad y manejo del interfilar
El ingeniero ambiental Ariel Lorenzo, contratado por la Fundación Banco Credicoop para coordinar el trabajo entre productores, cooperativa e INTA, explicó que la huella de carbono se ha convertido en una herramienta de gestión a nivel predial. Hoy permite medir cuánto impacto generan actividades como la sanidad, la fertilización, el manejo del interfilar o la cosecha dentro de una chacra.
Lorenzo también destacó que el Alto Valle tiene un potencial agroclimatológico especial y que su fruticultura está lejos de funcionar como un monocultivo simple. En los interfilares puede existir una biodiversidad amplia, por lo que una de las líneas de trabajo apunta a incorporar coberturas vegetales y prácticas que mejoren el equilibrio biológico dentro de las chacras.
Algunos cambios ya se observan en establecimientos participantes. Cristian Palermo, productor de General Roca, contó que en su chacra comenzaron a sembrar mijo como cobertura vegetal y percibió una mejora en el suelo, al que describió como más “esponjado”. También recibió asistencia técnica para calibrar maquinaria y ajustar aplicaciones dentro del monte frutal.
Otro productor, Darío Urrutia, incorporó en su chacra orgánica control biológico de carpocapsa mediante liberación de Goniozus, una avispa utilizada para atacar esa plaga. También destacó el uso de trampas y monitoreos para evitar aplicaciones innecesarias, en una metodología más orgánica y menos dependiente de plaguicidas.
Misiones busca recuperar yerbales degradados
En Misiones, el proyecto trabaja principalmente con productores de yerba mate y mandioca agrupados en 15 cooperativas de distintos puntos de la provincia. Laura Barbieri, coordinadora provincial del programa, explicó que cuentan con 58 productores “faro” de yerba mate y ocho productores de mandioca, además de productores “réplica” que participan en capacitaciones y asistencia técnica.
El principal problema detectado en Misiones es el deterioro de los suelos causado por décadas de manejo convencional. Muchos yerbales tienen entre 60 y 80 años y siguen en producción, pero arrastran un fuerte desgaste ambiental. Por eso, una meta central es revalorizar el cuidado del suelo, recuperar materia orgánica, mejorar productividad y favorecer captura de carbono.
Entre las prácticas impulsadas aparecen menor utilización de maquinaria para evitar remoción del suelo, incorporación de cubiertas verdes, reducción de fertilizantes químicos y uso de insumos orgánicos. Este tipo de acciones dialoga con investigaciones sobre el carbono orgánico del suelo, un componente decisivo para la retención de agua, la vida microbiana, la fertilidad y la resiliencia de las tierras agrícolas.
Mendoza trabaja con suelo, agua y biodiversidad
En Mendoza, el proyecto se concentra principalmente en productores vitivinícolas y, en menor escala, en sistemas hortícolas y frutícolas vinculados a cooperativas. José Portela, de la experimental La Consulta INTA, explicó que el trabajo se apoya en experiencias previas sobre agricultura regenerativa desarrolladas por el organismo en la región.
El núcleo principal de trabajo mendocino reúne a unos 50 productores, de los cuales 39 participan más activamente en las experiencias impulsadas dentro del programa. Portela definió la agricultura regenerativa como una alternativa concreta de modelo productivo y remarcó que el enfoque local se apoya especialmente en suelo, agua y biodiversidad.
El equipo mendocino trabaja con una herramienta propia del INTA llamada “Guía de Agricultura Regenerativa”, una publicación basada en 10 principios y 21 indicadores que permite evaluar sistemas productivos y tomar decisiones sobre suelo, agua, biodiversidad y manejo ambiental. Cinco principios están vinculados al suelo, dos a la gestión del agua y tres a biodiversidad, incluyendo especies nativas, vegetación espontánea y fauna asociada a los cultivos.
La propuesta busca recuperar prácticas de monitoreo y observación dentro de las fincas. Portela resumió una idea central del programa: sin datos no se pueden tomar buenas decisiones. Esa mirada coincide con el uso creciente de datos de clima, suelo y rendimiento para mejorar la toma de decisiones agrícolas.
Una transición productiva con exigencia comercial
El avance del proyecto muestra que la agricultura regenerativa en Argentina no se limita a una práctica aislada. En Río Negro aparece asociada a fruticultura de exportación y certificaciones ambientales; en Misiones, a la recuperación de suelos de yerbales envejecidos; y en Mendoza, a viñedos que buscan reducir dependencia de insumos externos y fortalecer procesos ecológicos propios del ambiente.
La Fundación Banco Credicoop ya había trabajado con productores de Mendoza y Misiones antes de incorporar el Alto Valle. La entrada de Río Negro responde a una razón concreta: la producción de peras y manzanas está muy traccionada por la exportación, lo que obliga a adaptarse a estándares ambientales cada vez más exigentes.
El proyecto deja una señal clara para las economías regionales argentinas: medir huella de carbono, mejorar suelos, reducir aplicaciones, usar bioinsumos, incorporar coberturas vegetales y observar biodiversidad ya no son únicamente decisiones ambientales. Empiezan a funcionar también como herramientas productivas, comerciales y de gestión para productores que necesitan sostener rentabilidad sin deteriorar la base natural de sus fincas.
Referencias
Río Negro. “Agricultura regenerativa en Argentina: presentaron en la Patagonia los avances del plan para potenciar el desarrollo agropecuario”. Publicado el 13 de mayo de 2026. https://www.rionegro.com.ar/rural/agricultura-regenerativa-en-argentina-presentaron-los-avances-del-plan-para-potenciar-el-desarrollo-agropecuario-4573003/
