Agricultura

Canadá debate los límites de la agricultura vertical para producir alimentos

Publicado el 09/10/2026 ·

Un análisis académico publicado en octubre de 2026 cuestiona que las granjas verticales puedan resolver por sí solas la inseguridad alimentaria, mientras el Gobierno canadiense anuncia una inversión de 750 millones de dólares canadienses para ampliar la producción de frutas y hortalizas durante todo el año.


Redacción: Redacción Mundo Agropecuario
Editor: Eduardo Schmitz

La agricultura vertical vuelve al centro del debate sobre la producción de alimentos en Canadá. Tres investigadores vinculados al estudio de los sistemas agroalimentarios sostienen que las granjas verticales completamente cerradas presentan limitaciones económicas, energéticas y productivas que impiden considerarlas una solución general a la inseguridad alimentaria. Su análisis, divulgado el 8 de octubre de 2026, coincide con una nueva estrategia del Gobierno canadiense que contempla destinar 750 millones de dólares canadienses a incrementar la producción nacional de frutas y hortalizas durante todo el año.

El planteamiento fue desarrollado por Richard Bloomfield, Evan Bowness y Tony Weis, quienes examinaron las afirmaciones utilizadas para promover las fábricas vegetales verticales y la manera en que estas instalaciones han sido presentadas ante el público canadiense.

Los autores reconocen que estos sistemas pueden ofrecer ventajas concretas, especialmente en el aprovechamiento del espacio y la producción de determinados vegetales fuera de temporada. Sin embargo, advierten que su funcionamiento exige inversiones considerables y un suministro continuo de electricidad, además de concentrarse principalmente en productos que no constituyen la base de la alimentación humana.

El debate adquiere relevancia porque Canadá busca aumentar su capacidad de producir alimentos frescos y reducir determinadas dependencias de abastecimiento. La cuestión no es únicamente cuántas hortalizas pueden cultivarse dentro de un edificio, sino a qué costo, con qué recursos y para qué consumidores.

Canadá destinará 750 millones de dólares a producir frutas y hortalizas todo el año

El 11 de junio de 2026, el primer ministro canadiense, Mark Carney, presentó la primera Estrategia Nacional de Seguridad Alimentaria del país.

La iniciativa contempla inversiones superiores a 3.000 millones de dólares canadienses durante diez años, distribuidas entre medidas destinadas a mejorar la infraestructura alimentaria, ampliar la producción nacional y fortalecer las cadenas de suministro.

Uno de sus componentes establece una inversión de 750 millones de dólares canadienses para aumentar la producción de frutas y hortalizas durante todas las estaciones.

El programa incluye expresamente invernaderos, granjas verticales y otros espacios de cultivo protegidos.

La estrategia responde a una dificultad particular de Canadá: sus condiciones climáticas limitan la producción exterior de numerosos cultivos hortícolas durante una parte considerable del año.

Como resultado, el abastecimiento de frutas y verduras frescas depende en determinadas temporadas de importaciones y de cadenas logísticas capaces de transportar productos perecederos a grandes distancias.

El Gobierno plantea ampliar la capacidad nacional mediante infraestructura productiva, aunque el anuncio de inversión no significa que todos los fondos estén asignados exclusivamente a granjas verticales ni que los proyectos contemplados ya se encuentren construidos.

Las granjas verticales sustituyen el sol por iluminación artificial

La agricultura vertical puede adoptar diferentes configuraciones, pero el análisis académico se concentra en las denominadas fábricas vegetales verticales.

Estas instalaciones funcionan dentro de edificios cerrados, almacenes o estructuras industriales acondicionadas para cultivar plantas en varios niveles.

En lugar de depender directamente de la radiación solar y las condiciones exteriores, utilizan iluminación artificial, ventilación, sistemas de climatización y equipos de suministro de agua y nutrientes.

La producción suele organizarse mediante estanterías superpuestas que permiten aprovechar un mismo espacio físico para mantener diferentes niveles de cultivo.

Entre los productos más habituales se encuentran las lechugas, las microhortalizas, las hierbas aromáticas y, en determinadas instalaciones, algunas frutas pequeñas.

Esta configuración permite producir durante diferentes estaciones y reducir la exposición directa de las plantas a las variaciones meteorológicas.

Sin embargo, los autores señalan que el aislamiento respecto al ambiente exterior también obliga a reemplazar con equipos e infraestructura diversas funciones que en la agricultura convencional proporciona el entorno natural.

La iluminación, el control térmico y la circulación del aire requieren electricidad. Además, las instalaciones necesitan mantenimiento y reposición de componentes.

El consumo eléctrico condiciona los costos de producción

Uno de los principales argumentos del análisis se refiere a la intensidad energética de las fábricas vegetales.

Los investigadores mencionan como referencia un consumo de aproximadamente 4,4 kilovatios hora de electricidad por kilogramo de lechuga producido en determinados sistemas de agricultura vertical.

La cifra ilustra el peso que puede alcanzar la energía en la estructura de costos, aunque no debe interpretarse como un consumo universal aplicable a todas las instalaciones.

La demanda eléctrica depende del diseño del edificio, la eficiencia de las lámparas, el clima exterior, el aislamiento, la especie cultivada y la productividad obtenida.

En una granja convencional, las plantas reciben directamente la energía del sol. En una instalación completamente cerrada, la iluminación debe generarse mediante equipos eléctricos durante los períodos necesarios para el desarrollo vegetal.

También es preciso mantener condiciones adecuadas de temperatura y humedad, especialmente cuando la producción se desarrolla en regiones con inviernos prolongados.

Estos requerimientos pueden elevar los gastos operativos y reducir la competitividad de las hortalizas producidas bajo techo frente a productos obtenidos mediante otros sistemas agrícolas.

El origen de la electricidad también influye en el balance ambiental. Una investigación de la Universidad McGill sobre la huella de carbono de la agricultura interior en Canadá mostró que las emisiones asociadas a la producción de lechuga dependen considerablemente de la matriz eléctrica regional.

Por ello, producir cerca del consumidor no garantiza automáticamente una menor huella climática.

El ahorro de agua y superficie no elimina las dificultades económicas

Los defensores de la agricultura vertical destacan que cultivar en varios niveles permite obtener producción en espacios reducidos.

Los sistemas hidropónicos también pueden utilizar el agua de manera eficiente mediante la circulación y recuperación de soluciones nutritivas.

Estas ventajas resultan especialmente atractivas en lugares donde el suelo agrícola es escaso o donde existe interés en reducir la demanda de agua por unidad de producción.

Sin embargo, los investigadores advierten que las mejoras en el uso de determinados recursos deben compararse con los materiales, la energía y el capital necesarios para mantener las instalaciones.

Una explotación puede ahorrar superficie y agua, pero requerir mayores inversiones en edificios, equipos eléctricos, climatización y mantenimiento.

La relación entre estos factores determina si el sistema resulta económicamente viable para una especie y un mercado concretos.

Como antecedente, los sistemas de agricultura vertical capaces de reducir considerablemente el consumo de agua han sido objeto de estudios que examinan sus ventajas productivas y sus necesidades técnicas.

El ahorro hídrico constituye una característica relevante, pero no permite evaluar por sí solo la sostenibilidad integral de una explotación.

Las hortalizas de alto valor dominan el modelo de negocio

Otra limitación identificada por los autores se relaciona con los productos que pueden cultivarse de manera rentable.

Las fábricas vegetales verticales suelen concentrarse en especies de crecimiento relativamente rápido y elevado valor comercial.

Las lechugas, las hierbas aromáticas y las microhortalizas se adaptan a ciclos productivos intensivos y pueden comercializarse como productos frescos diferenciados.

Sin embargo, su contribución energética a la dieta es muy distinta de la de los cereales, las leguminosas y otros alimentos básicos.

Los investigadores consideran que esta especialización limita la capacidad de las granjas verticales para resolver problemas amplios de acceso a los alimentos.

Los cultivos destinados a proporcionar grandes cantidades de calorías y proteínas requieren condiciones productivas y escalas que, por ahora, resultan difíciles de justificar económicamente dentro de fábricas vegetales cerradas.

La crítica no significa que sea biológicamente imposible cultivar otras especies en estos ambientes. El problema principal es la viabilidad de producirlas a costos competitivos.

Por ello, los autores distinguen entre aumentar la disponibilidad local de determinadas verduras y transformar de manera sustancial el abastecimiento alimentario de una población.

El precio de las hortalizas influye en su contribución a la seguridad alimentaria

La seguridad alimentaria comprende varias dimensiones, entre ellas la disponibilidad de alimentos, el acceso económico y la estabilidad del suministro.

Una instalación capaz de producir lechugas durante el invierno puede mejorar la disponibilidad local de productos frescos.

Sin embargo, si sus costos de producción obligan a establecer precios elevados, los consumidores con menores ingresos podrían no beneficiarse de esa oferta.

Los autores consideran que este problema recibe menos atención que las ventajas tecnológicas utilizadas para promocionar las granjas verticales.

También recuerdan que las dificultades de acceso a los alimentos no se explican exclusivamente por la cantidad producida.

La distribución, los ingresos de los hogares, los precios minoristas y las condiciones de comercialización influyen directamente en la posibilidad de adquirir alimentos suficientes.

Desde esta perspectiva, aumentar la producción de hortalizas mediante instalaciones costosas no constituye necesariamente una respuesta completa a la inseguridad alimentaria.

La discusión resulta particularmente relevante cuando los proyectos dependen de financiamiento público y deben compararse con otras inversiones posibles en agricultura e infraestructura alimentaria.

Las quiebras empresariales muestran los riesgos del sector

El análisis también señala que varias empresas de agricultura vertical han experimentado dificultades financieras durante los últimos años.

Los elevados costos iniciales, las necesidades de capital y los gastos operativos pueden comprometer la continuidad de instalaciones que dependen de producir y vender grandes volúmenes de hortalizas de alto valor.

La experiencia empresarial demuestra que disponer de una tecnología capaz de producir alimentos no equivale automáticamente a contar con un modelo de negocio rentable.

Los ingresos deben cubrir electricidad, mantenimiento, personal, instalaciones, insumos y distribución, además de permitir recuperar las inversiones.

Las dificultades de algunas compañías tampoco significan que todas las granjas verticales estén destinadas al fracaso.

Su viabilidad depende de las condiciones particulares de cada proyecto, incluidos los precios de la energía, el acceso a compradores y la productividad alcanzada.

En determinados mercados, la cercanía a los consumidores puede proporcionar ventajas logísticas. En otros, el costo de la infraestructura puede superar los beneficios asociados con la producción local.

Los invernaderos y la agricultura urbana ofrecen alternativas diferentes

El análisis distingue las fábricas vegetales completamente cerradas de otros modelos de producción protegida.

Los invernaderos aprovechan, en diferentes proporciones, la radiación solar y pueden utilizar sistemas complementarios de calefacción, ventilación e iluminación.

Esta diferencia es importante porque no todas las instalaciones de agricultura protegida presentan el mismo consumo energético ni los mismos costos.

También existen formas de producción urbana que utilizan espacios abiertos, azoteas y terrenos disponibles sin sustituir completamente la luz solar por electricidad.

Una investigación sobre el potencial de la agricultura urbana en ciudades europeas estimó que diferentes superficies disponibles podrían contribuir de manera importante a la producción regional de hortalizas.

Ese tipo de agricultura responde a condiciones distintas de las fábricas vegetales y no debe confundirse con ellas al comparar costos, productividad o efectos ambientales.

La selección de un sistema agrícola depende de las características del territorio, el clima, los recursos disponibles y el destino comercial de la producción.

Las comunidades del norte canadiense podrían beneficiarse en circunstancias específicas

A pesar de sus críticas, los investigadores reconocen que las instalaciones de cultivo vertical pueden tener aplicaciones justificadas.

Uno de los ejemplos mencionados corresponde a comunidades del norte de Canadá, donde las condiciones climáticas dificultan la producción exterior y el transporte de alimentos frescos puede resultar costoso.

En estos lugares, una instalación de pequeña escala podría contribuir a suministrar determinadas hortalizas durante períodos en los que la oferta convencional es limitada.

Los autores plantean que sistemas instalados en contenedores y alimentados con electricidad de origen solar podrían resultar útiles en circunstancias específicas, especialmente cuando permiten reducir la dependencia de combustibles utilizados para generar energía o transportar alimentos.

Sin embargo, esta posibilidad no constituye una demostración de rentabilidad general ni garantiza que cualquier proyecto de agricultura vertical funcione adecuadamente en regiones remotas.

Las condiciones de generación y almacenamiento eléctrico, la demanda local y el mantenimiento de los equipos deben evaluarse antes de desarrollar una instalación.

En estos casos, el beneficio potencial puede relacionarse más con la disponibilidad regular de productos frescos que con la producción de grandes cantidades de alimentos básicos.

La estrategia canadiense plantea decisiones sobre inversión agrícola

La Estrategia Nacional de Seguridad Alimentaria anunciada por Canadá no se limita a la agricultura vertical.

El programa también contempla recursos para infraestructura alimentaria, ampliación de instalaciones de procesamiento, innovación y medidas destinadas a facilitar la circulación de productos dentro del país.

Entre sus componentes figuran un fondo de financiamiento agroalimentario de 1.000 millones de dólares canadienses, un fondo de seguridad alimentaria de 150 millones y otro de innovación colaborativa de 100 millones.

La inversión de 750 millones para producción hortofrutícola durante todo el año forma parte de ese conjunto de iniciativas.

El análisis de Bloomfield, Bowness y Weis introduce una advertencia sobre la necesidad de evaluar cuidadosamente las tecnologías elegidas para ampliar la oferta.

Los autores sostienen que el apoyo a los productores, el acceso a la tierra y el fortalecimiento de los conocimientos agrícolas locales también deben formar parte de las decisiones sobre seguridad alimentaria.

Se trata de una interpretación crítica de los investigadores, no de una conclusión experimental que demuestre que todas las inversiones en agricultura vertical sean ineficaces.

La comparación entre alternativas requiere examinar sus costos, beneficios productivos y efectos sobre el acceso a los alimentos.

El debate agrícola se centra en qué producir, dónde y a qué costo

La discusión abierta en Canadá refleja una cuestión que también interesa a productores de otros países: cómo aumentar la disponibilidad de alimentos sin elevar innecesariamente los costos de producción.

La agricultura vertical puede ofrecer ventajas para determinadas hortalizas, especialmente cuando existen mercados cercanos, infraestructura adecuada y electricidad disponible a precios competitivos.

Pero esas ventajas no se trasladan automáticamente a todos los cultivos ni a todos los territorios.

La producción de alimentos básicos, la rentabilidad de las explotaciones y el acceso económico de los consumidores requieren estrategias más amplias que la instalación de edificios de cultivo.

El análisis académico publicado en octubre de 2026 no presenta un nuevo ensayo agronómico ni mide directamente los resultados de los proyectos contemplados en la estrategia canadiense. Su contribución consiste en examinar críticamente las promesas productivas y sociales asociadas con las fábricas vegetales verticales.

La nueva política de Canadá ofrece un contexto concreto para ese debate: el país busca ampliar la producción de frutas y hortalizas durante todo el año, pero todavía deberá determinar qué combinación de invernaderos, granjas verticales y otros sistemas agrícolas permite alcanzar ese objetivo con costos sostenibles y beneficios verificables para productores y consumidores.

Fuentes referenciales:
Richard Bloomfield, Evan Bowness y Tony Weis: Why ‘vertical farming’ is not a fix for our food system, publicado originalmente en The Conversation (8 de octubre de 2026)
Oficina del Primer Ministro de Canadá: presentación de la Estrategia Nacional de Seguridad Alimentaria (11 de junio de 2026)