Un estudio cartografió sistemas pastoriles, explotaciones pequeñas y operaciones capitalizadas en una región sudamericana de 4,2 millones de kilómetros cuadrados
Redactor: Camila Herrera R.
Editor: Karem Díaz S.
La expansión ganadera no produce un único patrón de deforestación en los bosques secos de Sudamérica. Una investigación distinguió sistemas pastoriles, explotaciones de pequeña escala y operaciones capitalizadas, y comprobó que cada modelo ocupa territorios diferentes y deja una huella particular sobre la vegetación y el hábitat del jaguar.
El análisis abarcó la denominada Diagonal Seca sudamericana, una franja de aproximadamente 4,2 millones de kilómetros cuadrados integrada por el Chaco, el bosque Chiquitano, la Caatinga y el Cerrado. Estas ecorregiones se extienden por territorios de Brasil, Bolivia, Argentina y Paraguay y concentran importantes actividades ganaderas junto con focos activos de pérdida forestal.
Los autores identificaron once sistemas productivos específicos, agrupados dentro de tres grandes modelos: pastoral, pequeña ganadería y producción capitalizada. El resultado cuestiona la idea de tratar a todo el sector como una entidad uniforme y plantea que las políticas deben adaptarse al tipo de productor, el territorio y la dinámica de desmontes.
Registros pecuarios permitieron cartografiar once sistemas
El equipo reunió información que suele emplearse con fines administrativos, como registros de vacunación, inventarios de ganado y movimientos de animales. Esos datos fueron procesados mediante aprendizaje activo, árboles de decisión y métodos de clasificación espacial.
El procedimiento permitió diferenciar los sistemas según la composición de los rebaños, la escala productiva, los flujos comerciales y las características ambientales. De esta manera, los investigadores superaron una limitación de los mapas convencionales, que suelen mostrar la cantidad de ganado o la superficie de pasturas sin identificar qué actores operan en cada lugar.
Las imágenes satelitales permiten localizar desmontes y cambios de cobertura, pero por sí solas no revelan si la tierra corresponde a una empresa con capacidad de inversión, una explotación familiar o una comunidad pastoril. Incorporar los registros pecuarios añadió esa dimensión social y productiva.
La metodología aporta una lectura más detallada de un fenómeno amplio. Una evaluación global ya había establecido que la expansión agrícola impulsa directa o indirectamente la mayor parte de la deforestación tropical, aunque no toda la superficie desmontada termina convertida en producción activa.
La ganadería capitalizada domina los frentes acelerados
Las explotaciones bovinas capitalizadas se concentraron principalmente en el Cerrado y el Chaco Húmedo. Estos sistemas cuentan con mayor acceso a financiamiento, infraestructura, mercados y tecnologías que permiten transformar grandes extensiones en periodos relativamente cortos.
El estudio relacionó este modelo con los frentes de deforestación más acelerados, donde la expansión de pasturas produce desmontes activos, extensos y espacialmente cohesionados. En estos territorios, numerosos parches de vegetación pueden convertirse en áreas ganaderas conectadas entre sí.
Las operaciones capitalizadas no son necesariamente idénticas. La clasificación incluyó diferencias en la orientación productiva, el manejo y la composición de los rebaños. Sin embargo, comparten una capacidad económica superior para abrir caminos, instalar cercas, establecer pasturas y movilizar animales.
La expansión de grandes unidades también puede desplazar a productores tradicionales hacia zonas marginales o hacia nuevos bordes forestales. Por ese motivo, el impacto no se limita a la superficie desmontada dentro de cada propiedad, sino que puede continuar mediante cambios indirectos en la ocupación del territorio.
Brasil ofrece un ejemplo de la tensión entre crecimiento agropecuario y conservación. El desafío de aumentar la producción sin profundizar la pérdida de biodiversidad depende de utilizar mejor las áreas ya convertidas y evitar la apertura innecesaria de nuevos terrenos.
Pequeños productores ocupan fronteras más fragmentadas
Los sistemas ganaderos de pequeña escala aparecieron con mayor frecuencia en territorios áridos y menos productivos, especialmente en el Chaco Seco y la Caatinga. En esas zonas, las familias manejan rebaños más reducidos y dependen estrechamente de la vegetación natural, el acceso al agua y la disponibilidad estacional de forraje.
Su patrón de deforestación tiende a ser más disperso y fragmentado que el generado por las grandes operaciones. La apertura gradual de potreros, viviendas, caminos locales y parcelas produce mosaicos donde conviven vegetación, pasturas y áreas de uso familiar.
Aunque cada intervención puede ser pequeña, la acumulación durante años también transforma el paisaje. Los parches remanentes quedan separados y pierden conectividad, una característica especialmente importante para especies que necesitan desplazarse entre grandes superficies.
Los autores señalaron que la presencia de pequeños productores en las áreas menos favorables revela tanto su capacidad de adaptación como procesos de marginación. Muchos desarrollan su actividad donde el clima, la calidad del suelo y el acceso a infraestructura limitan otras alternativas económicas.
Aplicar restricciones uniformes sin reconocer esas diferencias podría perjudicar a familias rurales con poca responsabilidad individual sobre los desmontes de gran escala. Las medidas destinadas a este grupo requieren asistencia técnica, seguridad sobre la tierra, acceso a mercados y alternativas que permitan conservar el bosque sin eliminar sus medios de vida.
El pastoralismo conserva movilidad y dependencia del bosque
Los sistemas pastoriles también se localizaron principalmente en las zonas más áridas. Su funcionamiento se basa en el desplazamiento de los animales o en el aprovechamiento extensivo de grandes superficies con vegetación natural, una estrategia adaptada a la variabilidad de lluvias y pastos.
Estos productores pueden criar bovinos, cabras u otros animales resistentes a las condiciones secas. El acceso a distintos lugares de pastoreo permite distribuir la presión y responder a temporadas en las que el forraje escasea en una zona concreta.
La pérdida de movilidad, el cercado continuo del territorio y el avance de grandes explotaciones pueden reducir esa capacidad adaptativa. Cuando los corredores pastoriles se interrumpen, aumenta la concentración del ganado alrededor de los pocos puntos disponibles de agua y alimento.
El estudio advierte que considerar a los pastoralistas simplemente como agentes de deforestación puede ocultar su dependencia de los bosques y los conocimientos acumulados para manejar ambientes secos. Las políticas deben distinguir entre el aprovechamiento de vegetación existente y la conversión completa hacia pasturas implantadas.
El hábitat del jaguar coincide con las fronteras ganaderas
La expansión de los tres modelos afecta áreas relevantes para el jaguar, el felino más grande de América. La pérdida de bosque reduce el espacio disponible, fragmenta sus rutas y disminuye las poblaciones de presas silvestres.
El problema presenta una doble dimensión. Las operaciones capitalizadas pueden eliminar rápidamente extensas superficies continuas, mientras la expansión acumulativa de pequeños establecimientos y sistemas pastoriles puede fragmentar territorios que todavía conservan vegetación.
Cuando el hábitat se reduce y disminuyen las presas naturales, el jaguar puede acercarse a los animales domésticos. Los ataques al ganado generan pérdidas y, en algunos casos, provocan la caza del felino como represalia.
El conflicto no depende únicamente de la presencia de jaguares. La vulnerabilidad del rebaño cambia según el manejo, la ubicación de los corrales, la protección de los terneros, la densidad de animales y la proximidad a parches forestales.
Experiencias aplicadas en fincas han demostrado que la convivencia es posible mediante corrales nocturnos, cercas eléctricas y supervisión de animales jóvenes. Estas prácticas necesitan ajustarse a la escala productiva y contar con apoyo técnico para evitar que el costo recaiga exclusivamente sobre el ganadero.
Los bosques secos reciben menor atención que la Amazonía
El Chaco, la Caatinga, el Cerrado y el bosque Chiquitano contienen una elevada biodiversidad, almacenan carbono, regulan el agua y sostienen actividades rurales. Sin embargo, suelen recibir menos atención internacional que las selvas húmedas.
Esta diferencia puede desplazar la expansión hacia ecosistemas donde las normas, el monitoreo o los compromisos empresariales son menos exigentes. Proteger únicamente la Amazonía no impide que la producción y la deforestación se trasladen hacia otros bosques y sabanas.
La conversión de vegetación seca también modifica el suelo. La eliminación de raíces, sombra y materia orgánica puede aumentar la erosión y reducir la capacidad del terreno para retener humedad, particularmente en ambientes con lluvias concentradas y largos periodos secos.
La experiencia de la Caatinga muestra que disminuir la cantidad de ganado no basta para recuperar los suelos degradados. La restauración puede requerir control de la erosión, recuperación de vegetación y manejo prolongado de las áreas dañadas.
Cada sistema requiere una política diferente
Los investigadores proponen abandonar las intervenciones uniformes. En los frentes dominados por empresas capitalizadas, las prioridades deberían incluir el control de los grandes desmontes, la trazabilidad del ganado, el cumplimiento de las normas y el uso de tierras ya abiertas.
Para los pequeños productores, las medidas pueden orientarse a mejorar la productividad sin ampliar la superficie, facilitar créditos condicionados a la conservación y desarrollar sistemas silvopastoriles que integren árboles, forraje y animales.
En los territorios pastoriles, la conservación requiere proteger rutas de movilidad, puntos de agua y derechos de acceso. La planificación debe reconocer que estos sistemas están adaptados a ambientes donde la producción intensiva puede ser técnica o ecológicamente inviable.
La incorporación de árboles dentro de las áreas ganaderas puede recuperar parte de la diversidad en terrenos ya convertidos. Una investigación reciente encontró que los árboles pueden duplicar determinados indicadores de biodiversidad en potreros, aunque esta práctica no compensa la eliminación de bosques naturales.
La conservación del jaguar también necesita mantener corredores entre áreas protegidas y remanentes privados. Un parche aislado puede conservar vegetación, pero resultar insuficiente si el felino no puede desplazarse, reproducirse o acceder a presas.
La trazabilidad debe identificar dónde y cómo se produjo
La clasificación desarrollada por el estudio podría mejorar los sistemas de seguimiento de la carne. La trazabilidad suele centrarse en el animal y sus movimientos comerciales, pero también necesita relacionar cada establecimiento con cambios recientes en la cobertura del suelo.
Esta información permitiría diferenciar la producción realizada en pasturas antiguas de la vinculada con nuevos desmontes. También ayudaría a dirigir inspecciones hacia los frentes más activos en lugar de distribuir los recursos de control de manera uniforme.
Los datos administrativos de vacunación y transacciones pueden convertirse en una herramienta ambiental cuando se integran con imágenes satelitales. Su utilización requiere normas claras de acceso, calidad de los registros y coordinación entre autoridades agropecuarias y ambientales.
El principal aporte de la investigación consiste en mostrar que las políticas de ganadería sostenible necesitan identificar a los actores concretos. Empresas, familias y comunidades operan con recursos, objetivos y capacidades diferentes; por ello, tampoco pueden asumir las mismas obligaciones ni responder a idénticos incentivos.
Fuentes referenciales:
Mongabay Latam
Global Environmental Change
Environmental Research Letters

