La startup estadounidense Gilly fermentó orujo de tomate para elevar su contenido proteico y proyecta reducir entre un 5 % y un 10 % los gastos de alimentación
Redactor: Camila Herrera R.
Editor: Eduardo Schmitz
La startup estadounidense Gilly está utilizando fermentación con hongos para transformar subproductos agrícolas de escaso valor en ingredientes destinados a la alimentación del ganado. La empresa probó el procedimiento con orujo de tomate en una explotación lechera de Modesto, California, como alternativa parcial a fuentes de proteína más costosas.
La compañía sostiene que el proceso puede elevar la proteína cruda del material desde aproximadamente un 15 % hasta un 23 % en tres días y proyecta ahorros de entre el 5 % y el 10 % en los gastos de alimentación. Estas cifras proceden de Gilly y todavía deben ser corroboradas mediante ensayos independientes y operaciones comerciales prolongadas.
El orujo de tomate alimentó a 130 vacas
La primera prueba ganadera comunicada por la empresa comenzó en enero de 2026 en Trinkler Dairy, una explotación ubicada en Modesto. Un lote de 130 vacas recibió durante dos semanas un ingrediente elaborado a partir de orujo de tomate, residuo generado por la industria de conservas y procesamiento.
El objetivo principal fue comprobar la palatabilidad, es decir, si los animales aceptaban consumir el producto de manera continua. La startup informó que superó esa etapa, pero no publicó resultados independientes sobre producción de leche, composición láctea, conversión alimenticia, salud ruminal o cambios de peso.
El ensayo tuvo una duración y una escala limitadas. Por ello, permite evaluar inicialmente la aceptación del alimento, pero no demuestra todavía que el ingrediente mantenga su desempeño nutricional durante ciclos productivos completos ni que reduzca efectivamente los costos en todas las explotaciones.
La fermentación sólida modifica el residuo agrícola
Gilly emplea fermentación en estado sólido, un procedimiento en el que los hongos crecen directamente sobre un sustrato con poca agua libre, en lugar de desarrollarse dentro de grandes tanques líquidos. El orujo funciona al mismo tiempo como soporte físico y fuente de nutrientes.
La empresa selecciona cepas fúngicas de crecimiento rápido capaces de tolerar variaciones de temperatura y acidez. Según sus fundadores, Bo Xu y Vincent Wu, se trata de hongos no modificados genéticamente pertenecientes a una especie que ya tiene aplicaciones alimentarias.
Durante los tres días de fermentación, el microorganismo utiliza componentes del residuo y genera nueva biomasa. Ese proceso concentraría la proteína cruda y modificaría la estructura del material, facilitando su incorporación como ingrediente dentro de una ración formulada.
La propuesta se relaciona con otras investigaciones sobre el uso de hongos para transformar desperdicios agrícolas en alimentos. Estos microorganismos pueden aprovechar carbohidratos y otros nutrientes que permanecen en los subproductos después del procesamiento industrial.
Los hongos degradan compuestos antinutricionales
Además de aumentar la proporción de proteína, Gilly afirma que su fermentación reduce sustancias capaces de limitar la digestión y el aprovechamiento de nutrientes. Entre los compuestos mencionados se encuentran taninos, lectinas, fitatos y saponinas.
La disminución de estos factores podría mejorar la digestibilidad y permitir que los animales extraigan más nutrientes de la misma cantidad de materia. Sin embargo, el efecto depende del tipo de residuo, la cepa utilizada, las condiciones del proceso y la proporción incorporada a la dieta.
El producto no está planteado como una ración completa. Su función sería reemplazar parcialmente ingredientes proteicos más caros dentro de una formulación equilibrada por nutricionistas, manteniendo los requerimientos de energía, fibra, minerales y aminoácidos de cada grupo de animales.
Los residuos adquieren un mayor valor nutricional
La industria agrícola genera grandes cantidades de cáscaras, pulpas, bagazos y restos de semillas. Algunos materiales se utilizan como componentes fibrosos de bajo costo, mientras otros se destinan a compostaje, energía o eliminación.
La fermentación busca elevar su valor antes de incorporarlos al pienso. Entre las materias primas consideradas por la startup figuran las cáscaras de soja y almendra, los granos derivados de la destilación de maíz y el orujo de tomate.
Este enfoque coincide con los estudios sobre subproductos agroindustriales capaces de sustituir parcialmente cereales en los piensos. Su utilización puede reducir la competencia por materias primas convencionales, siempre que se controle la composición, la conservación y la seguridad.
En España también se han desarrollado proyectos que convierten residuos de uva en alimento ganadero. La viabilidad de estos modelos depende de disponer de volúmenes suficientes cerca de las explotaciones y evitar que el transporte elimine el ahorro obtenido.
La empresa proyecta ahorros de hasta un 10 %
La alimentación representa uno de los principales gastos de las explotaciones lecheras y de engorde. Gilly calcula que la sustitución parcial de fuentes proteicas convencionales podría disminuir la factura entre un 5 % y un 10 %, equivalente, según su estimación, a unos 50 centavos de dólar por vaca y día.
El porcentaje no constituye un resultado confirmado de la prueba con las 130 vacas. Es una proyección empresarial que deberá verificarse considerando el precio de cada residuo, la energía empleada, el costo de inoculación, la mano de obra, el secado o conservación y el valor de los ingredientes sustituidos.
Los precios también pueden cambiar según la temporada. Un subproducto abundante durante la cosecha puede escasear el resto del año, deteriorarse rápidamente o requerir almacenamiento. La formulación deberá adaptarse a esa variabilidad para mantener constante el aporte nutricional.
Procesar cerca de las granjas reduciría la logística
El modelo inicial de Gilly contempla instalar módulos de fermentación junto a explotaciones ganaderas o proveedores de residuos. Las granjas lecheras de California ya disponen de parte de los equipos necesarios para manipular grandes cantidades de alimento, lo que podría reducir la inversión adicional.
La empresa proyecta que un módulo procese unas 20.000 toneladas de materia prima al año. También calcula que su primera instalación necesitaría menos de 100.000 dólares de inversión y podría generar alrededor de 1,3 millones de dólares en ingresos anuales.
Estas previsiones no corresponden todavía a una planta comercial en funcionamiento. La capacidad real, el costo de operación y la rentabilidad dependerán de la continuidad del suministro, el control de la fermentación, la regulación sanitaria y los contratos establecidos con agricultores y ganaderos.
La economía circular abre varias rutas para producir proteína
La fermentación fúngica forma parte de un conjunto más amplio de alternativas para recuperar nutrientes. También se estudia el cultivo de insectos sobre subproductos, como muestra la investigación australiana que busca convertir residuos agrícolas en proteína mediante larvas.
Otra línea utiliza pulpas procedentes de la industria frutícola. Los trabajos para transformar residuos de manzana en proteína y productos de mayor valor muestran que los bioprocesos pueden ampliar las opciones comerciales de agricultores y procesadores.
Estas rutas no son intercambiables de forma automática. Cada subproducto presenta niveles diferentes de humedad, fibra, proteína, minerales, contaminantes y compuestos antinutricionales, por lo que debe someterse a caracterización y tratamientos específicos.
La seguridad será decisiva para su uso comercial
Todo ingrediente destinado a animales productores de alimentos necesita controles de identidad microbiana, toxinas, residuos químicos y microorganismos patógenos. También debe demostrarse que el proceso se mantiene estable cuando aumenta el volumen de producción.
La humedad del orujo puede favorecer el deterioro si el material no se procesa o conserva con rapidez. Una fermentación mal controlada podría permitir el crecimiento de organismos no deseados, por lo que serán necesarios protocolos de higiene, temperatura, pH y trazabilidad.
Los ensayos posteriores deberán medir consumo voluntario, digestibilidad, eficiencia alimenticia, producción de leche, calidad del producto y posibles efectos sobre la salud. También tendrán que comparar el costo completo con el de ingredientes convencionales durante periodos suficientemente largos.
La experiencia de Modesto demuestra que las vacas aceptaron el orujo fermentado durante dos semanas. Confirmar el ahorro del 10 %, la mejora nutricional y la capacidad de procesamiento anunciada requerirá datos públicos, evaluaciones independientes y operación continua a escala comercial.
Fuentes referenciales:
OKDIARIO
SOSV
MycoStories

