Un análisis publicado en The BMJ advierte que combatir el hambre exige transformar toda la cadena agroalimentaria, desde la producción agrícola hasta la distribución y el consumo.
Redacción: Redacción Mundo Agropecuario
Editor: Karem Díaz S.
La producción mundial de alimentos continúa aumentando en términos de calorías disponibles por habitante, pero ese crecimiento no está garantizando que todas las poblaciones tengan acceso a una alimentación suficiente. Los conflictos armados, los fenómenos climáticos extremos y las dificultades económicas están profundizando la inseguridad alimentaria en numerosas regiones, según un análisis publicado el 21 de octubre de 2026 en la revista científica The BMJ.
La investigadora Elizabeth Robinson, de la London School of Economics and Political Science, en el Reino Unido, sostiene que enfrentar este problema requiere cambios estructurales en toda la cadena agroalimentaria. Su planteamiento destaca que incrementar las cosechas, aunque sigue siendo importante, resulta insuficiente cuando existen obstáculos para producir, transportar, comercializar y adquirir alimentos.
La advertencia coincide con otras evaluaciones internacionales que muestran cómo los sistemas alimentarios mundiales se están alejando de varias metas previstas para 2030, especialmente en materia de nutrición, sostenibilidad ambiental y resiliencia.
Los conflictos armados afectan directamente a la producción agrícola
Uno de los principales factores identificados por Robinson es el impacto de la violencia sobre las actividades agropecuarias. Los enfrentamientos pueden provocar el abandono de tierras cultivables, el desplazamiento de comunidades rurales, la interrupción del comercio y el deterioro de las infraestructuras necesarias para abastecer a la población.
Estas alteraciones afectan tanto a los agricultores como a los consumidores. Cuando una explotación agrícola deja de funcionar, disminuye la producción local y también pueden desaparecer empleos e ingresos familiares. Si además se interrumpen las rutas comerciales, los alimentos disponibles pueden encarecerse o resultar inaccesibles.
El análisis cita información de organismos internacionales que identifica 13 focos de especial preocupación por el posible agravamiento de la inseguridad alimentaria aguda, de los cuales 12 están afectados por conflictos armados y violencia.
Entre los territorios donde se advierten riesgos de hambruna figuran Sudán, Sudán del Sur, la Franja de Gaza y Somalia.
La investigadora también señala que aproximadamente entre el 60 % y el 70 % de las personas que padecen los niveles más graves de desnutrición viven en zonas afectadas por conflictos. Estas cifras reflejan la estrecha relación entre la estabilidad territorial, el funcionamiento de la agricultura y la disponibilidad de alimentos.
Las sequías y las olas de calor intensifican las dificultades
El cambio climático constituye otra presión sobre la seguridad alimentaria. El aumento de las temperaturas, las sequías prolongadas y los fenómenos meteorológicos extremos pueden reducir los rendimientos agrícolas, perjudicar las cosechas y dificultar el funcionamiento de las cadenas de suministro.
Según las estimaciones recogidas en el análisis, en 2023 alrededor de 123,7 millones de personas adicionales experimentaron inseguridad alimentaria moderada o grave debido al incremento de los días con olas de calor y los meses de sequía, en comparación con las condiciones climáticas del período 1981-2010.
La cifra muestra que las consecuencias de los cambios climáticos no se limitan a las pérdidas de producción. También pueden manifestarse mediante aumentos de precios, disminución de ingresos agrícolas y dificultades para abastecer a las comunidades vulnerables.
La exposición simultánea de importantes regiones productoras a condiciones meteorológicas adversas constituye un riesgo adicional. Los análisis sobre las fallas simultáneas en los principales graneros agrícolas del mundo muestran por qué las alteraciones climáticas en distintas zonas productivas pueden comprometer la capacidad del comercio internacional para compensar las pérdidas.
El hambre también depende de la distribución y el poder adquisitivo
Robinson subraya una aparente contradicción del sistema alimentario internacional: aunque la producción de calorías por habitante sigue creciendo, persisten situaciones de escasez localizada y dificultades de acceso a los alimentos.
Esto significa que el volumen total de producción no constituye, por sí mismo, una medida suficiente de seguridad alimentaria. También deben considerarse la estabilidad del suministro, los costos logísticos, los ingresos familiares y la capacidad de las comunidades para mantener una alimentación adecuada.
Una investigación anterior sobre el impacto del transporte y la desigualdad económica en el acceso a los alimentos identificó barreras que pueden impedir que la producción agrícola llegue a las poblaciones que la necesitan, incluso cuando existen excedentes en otras regiones.
Los conflictos internacionales pueden agravar estas dificultades al alterar las rutas marítimas, encarecer los insumos agrícolas o restringir el comercio. Sus consecuencias pueden extenderse a países que no participan directamente en los enfrentamientos, pero dependen de importaciones de alimentos, fertilizantes o productos agrícolas.
Una transformación que abarque toda la cadena agroalimentaria
Frente a este escenario, la investigadora plantea que las respuestas deben combinar medidas inmediatas de protección social con transformaciones de mayor alcance en los sistemas de producción y abastecimiento.
Entre las prioridades mencionadas figuran la diversificación de las cadenas de suministro, el fortalecimiento de la cooperación internacional, el apoyo específico a los agricultores y la protección de los hogares más expuestos a la inseguridad alimentaria.
La diversificación resulta especialmente relevante porque puede reducir la dependencia de una sola región productora, ruta comercial o fuente de abastecimiento. De esta manera, una interrupción localizada tendría menos posibilidades de paralizar completamente el suministro.
También se propone reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, incluidas las asociadas al sistema agroalimentario, y disminuir las pérdidas y el desperdicio de alimentos. El aprovechamiento de recursos que actualmente se descartan representa una oportunidad para mejorar la eficiencia de la producción existente.
En este ámbito ya se investigan alternativas de aprovechamiento de subproductos de la industria alimentaria, como el suero generado durante la elaboración de productos lácteos, que puede transformarse en nuevos productos en lugar de convertirse en residuo.
El análisis también contempla cambios en los patrones de consumo, entre ellos una mayor presencia de alimentos de origen vegetal, como parte de las estrategias para reducir el impacto ambiental de los sistemas alimentarios.
Proteger a los agricultores y a las comunidades vulnerables
Las intervenciones de corto plazo siguen siendo necesarias cuando una comunidad enfrenta una crisis alimentaria. Robinson menciona la protección de la agricultura local y la entrega de asistencia alimentaria o transferencias monetarias a los hogares afectados como mecanismos capaces de reducir los efectos inmediatos de los conflictos y las perturbaciones climáticas.
Sin embargo, estas respuestas no sustituyen las inversiones destinadas a fortalecer la capacidad de adaptación del sector agropecuario.
La continuidad de la producción depende también de disponer de trabajadores, infraestructura y condiciones económicas que permitan mantener activas las explotaciones. En ese sentido, investigaciones sobre la escasez de trabajadores agrícolas y sus consecuencias para la seguridad alimentaria han señalado que la disponibilidad de mano de obra puede convertirse en una limitación importante para aprovechar las tierras cultivables.
Para los países con elevada dependencia de la agricultura, estas consideraciones refuerzan la importancia de coordinar las políticas rurales, comerciales, ambientales y sociales. Las decisiones sobre producción deben acompañarse de medidas que faciliten el acceso a los mercados y protejan los medios de vida de las familias agrícolas.
La seguridad alimentaria requiere respuestas coordinadas
El análisis publicado en The BMJ es una evaluación experta de los factores que agravan la inseguridad alimentaria, no un ensayo experimental que demuestre la eficacia de una única intervención. Su principal contribución consiste en relacionar los efectos de los conflictos y del cambio climático con las vulnerabilidades presentes en las distintas etapas del sistema agroalimentario.
La perspectiva presentada por Robinson sitúa el problema más allá de la cantidad de alimentos cosechados. La estabilidad de la producción, la conservación de las tierras agrícolas, el funcionamiento del comercio y la capacidad económica de los consumidores forman parte de una misma estructura.
En consecuencia, las estrategias para reducir el hambre necesitan actuar sobre todos esos componentes. La adaptación agrícola, la protección de las comunidades rurales y la diversificación del abastecimiento adquieren especial importancia en un contexto internacional caracterizado por riesgos climáticos y conflictos que pueden afectar simultáneamente a diferentes regiones.
Fuentes referenciales:
The BMJ — Conflict and climate change are driving food shortages (2026)
Phys.org — Sweeping changes to agri-food supply chain needed to tackle global food shortages


