Especialistas del INTA destacan que la mayor disponibilidad de agua puede impulsar rindes, pasturas y reservas hídricas, siempre que el monitoreo climático guíe las decisiones agronómicas.
Redactor: Santiago Duarte
Editor: Eduardo Schmitz
El desarrollo del fenómeno climático El Niño vuelve a colocar al agua en el centro de la estrategia productiva argentina. A diferencia de otros eventos que generan restricciones hídricas, estos ciclos suelen ofrecer condiciones favorables para gran parte de las regiones agrícolas y ganaderas del país, con lluvias normales o por encima de lo habitual y menor probabilidad de déficits durante etapas clave de los cultivos.
La mayor disponibilidad de agua permite proyectar campañas de altos rendimientos, mejorar la oferta forrajera y recuperar reservas hídricas en distintas regiones. Para el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, el escenario representa una oportunidad productiva, pero exige monitoreo permanente y decisiones agronómicas inteligentes.
Un Niño de intensidad moderada a fuerte
Pablo Mercuri, director del Centro de Investigación de Recursos Naturales del INTA, señaló que el fenómeno debe analizarse sin conclusiones apresuradas. De acuerdo con la proyección más reciente, El Niño tendría una intensidad de moderada a fuerte y podría desarrollarse, al menos, hasta finales del verano de 2027.
Mercuri explicó que el impacto no es uniforme a escala global, porque depende de la dinámica de los océanos y de la evolución de las condiciones atmosféricas en cada región. En Sudamérica, especialmente en la Argentina, Paraguay, Uruguay, el sur de Brasil y el sur de Chile, los años Niño suelen estar asociados a lluvias normales o superiores a las habituales.
Ese patrón ofrece un marco favorable para la agricultura y la ganadería, sobre todo en regiones donde el agua suele ser una limitante productiva. La relación entre reservas hídricas y decisiones de campaña ya aparece en análisis recientes sobre la siembra de trigo en Argentina, donde el perfil de humedad condiciona la planificación del ciclo.
Más agua, más potencial productivo
En los años Niño, la mayor disponibilidad hídrica puede reducir el riesgo de restricciones durante etapas sensibles de los cultivos. Para Mercuri, son campañas en las que no suele haber limitación de agua para la producción, una condición que habilita planteos de mayor intensidad.
En agricultura, ese contexto permite ensayar esquemas de alta producción, doble cultivo y cultivos de cobertura, además de ajustar densidades, fechas de siembra y fertilización. Cuando el agua deja de ser el principal cuello de botella, los nutrientes aplicados tienen más posibilidades de ser aprovechados por el cultivo.
La oportunidad consiste en identificar lotes y ambientes con alto potencial para diseñar estrategias específicas. En maíz, por ejemplo, el debate técnico sobre potencial y rendimiento real muestra que las decisiones por ambiente pueden definir cuánto del potencial productivo termina convirtiéndose en grano cosechado.
Pasturas, pastizales y reservas forrajeras
El impacto positivo de El Niño también alcanza a los sistemas ganaderos. Con más agua disponible, las pasturas y los pastizales pueden aumentar su volumen productivo y reducir la probabilidad de atravesar meses críticos durante el verano.
Mercuri destacó que la disponibilidad forrajera mejora cuando el agua no se vuelve deficitaria. Esto aporta estabilidad a los planteos ganaderos y permite sostener mejor la carga animal, planificar reservas y reducir la exposición a crisis alimentarias dentro del rodeo.
En ese marco, la elección de recursos forrajeros adaptados conserva importancia estratégica. El avance del sorgo forrajero en sistemas ganaderos argentinos muestra cómo la adaptación regional y la planificación de biomasa pueden fortalecer la producción frente a climas variables.
El riesgo de excesos y anegamientos
El escenario favorable no elimina los riesgos. Durante los años Niño, las lluvias pueden extenderse sobre amplias regiones y, cuando son intensas, provocar anegamientos, especialmente en grandes cuencas como las de los ríos Paraná y Uruguay.
El aumento de altura y caudal puede afectar zonas de islas, áreas de ribera, bajos y sectores vulnerables cercanos a cursos de agua. Por eso, el monitoreo climático no solo sirve para aprovechar oportunidades productivas, sino también para anticipar excesos hídricos y ajustar manejos.
En ganadería, los excesos de agua pueden obligar a reorganizar el pastoreo, adaptar la carga animal y reforzar la sanidad. Ese tipo de respuesta ya fue planteada frente a excesos hídricos en Argentina, donde las lluvias extraordinarias modificaron la gestión de establecimientos en Santa Fe y Chaco.
Patagonia: cada gota cuenta
En ambientes áridos y semiáridos como los del norte patagónico, la lectura del fenómeno requiere más cautela. Cristian Musi Saluj, técnico del INTA Valle Inferior, advirtió que más importante que la cantidad total de lluvia es su distribución en el tiempo y su interacción con otras variables climáticas.
En áreas bajo riego, la atención se concentra en la evolución de las cuencas cordilleranas, la acumulación de nieve, los caudales y la disponibilidad futura de agua almacenada en embalses. Por eso, una eventual mejora hídrica depende más del comportamiento de cada cuenca que de la sola presencia de El Niño.
Un evento intenso también puede influir indirectamente en el estrés térmico animal, la dinámica de pastizales, la disponibilidad de agua para bebida y el comportamiento de plagas y enfermedades. En la Norpatagonia, la respuesta no es automática: depende de la interacción entre atmósfera, océano, relieve y sistemas de riego.
Decisiones climáticamente inteligentes
El punto central para el INTA es transformar la información climática anticipada en decisiones productivas concretas. Hablar con tiempo de la formación del evento y de su intensidad permite planificar mejor siembras, fertilización, densidades, coberturas, reservas forrajeras y manejo del agua.
El Niño abre una oportunidad para campañas de alto rendimiento, pero no garantiza resultados por sí mismo. La diferencia estará en cómo cada región y cada establecimiento usen la información disponible para decidir dónde intensificar, dónde conservar recursos y dónde prevenir excesos.
El agua adicional puede mejorar cultivos, pasturas, bebederos, reservorios y abastecimiento para la población. Pero también exige seguimiento técnico, lectura territorial y capacidad de respuesta rápida ante cambios de caudal, anegamientos o desequilibrios sanitarios.
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