Un mapa mundial de alta resolución identifica dónde la producción de alimentos ejerce mayor presión simultánea sobre la biodiversidad y el almacenamiento natural de carbono
Redactor: Raúl Méndez C.
Editor: Karem Díaz S.
Una investigación internacional encabezada por científicos de la Universidad de Leiden, en los Países Bajos, determinó que aproximadamente dos tercios de la pérdida de biodiversidad y del almacenamiento natural de carbono vinculados con la agricultura se concentran en apenas un tercio de la superficie agrícola mundial.
El estudio, publicado el 6 de agosto de 2026 en la revista Nature Food, ofrece una visión territorial detallada de la huella ocasionada por la producción de alimentos. Sus autores combinaron información sobre tierras agrícolas, biodiversidad, reservas de carbono y productos agropecuarios para identificar las zonas y actividades que generan las mayores presiones ambientales.
La investigación parte de una realidad de gran alcance: la agricultura ocupa más del 40 % de la superficie habitable del planeta. Sin embargo, sus efectos no se distribuyen de manera uniforme, porque dependen de la intensidad productiva, el tipo de alimento obtenido y las características naturales de cada territorio.
Los principales impactos se concentran en regiones específicas
Los mapas elaborados por el equipo muestran áreas de elevada presión en México y América Central, sectores de Brasil, África occidental, India, China y el sudeste asiático. En estas regiones coinciden sistemas agrícolas intensivos o zonas productivas instaladas sobre ecosistemas que originalmente acumulaban grandes cantidades de carbono y albergaban una diversidad biológica considerable.
La transformación de bosques tropicales y otros hábitats naturales en terrenos agrícolas puede provocar pérdidas simultáneas: desaparecen especies y se reduce la capacidad del paisaje para almacenar carbono. Esta coincidencia permite explicar por qué determinadas superficies relativamente pequeñas concentran una proporción tan elevada del impacto global.
El caso brasileño refleja especialmente la relación entre expansión productiva y conservación territorial. El país ha debido afrontar el desafío de mantener su capacidad agrícola mientras protege ecosistemas como la Amazonía y el Cerrado, una tensión analizada anteriormente al abordar el reto de producir alimentos sin acelerar la pérdida de biodiversidad en Brasil.
La carne bovina y la leche encabezan la presión ambiental
El análisis también atribuyó los efectos a diferentes grupos de alimentos. Según los resultados, el consumo alimentario origina el 83 % de las pérdidas estudiadas, mientras que los productos de origen animal representan el 59 % de la pérdida de carbono y el 71 % de la pérdida de biodiversidad asociadas con ese consumo.
Dentro de este conjunto, la carne bovina y la leche tienen la mayor contribución. Ambos productos representan conjuntamente el 29 % de la pérdida de almacenamiento de carbono y el 41 % de la pérdida de biodiversidad provocadas por la producción alimentaria.
Los investigadores relacionan esta participación con la extensión territorial requerida por la ganadería bovina, tanto para el pastoreo como para cultivar alimentos destinados a los animales. El resultado no significa que todas las explotaciones ganaderas ocasionen el mismo daño, sino que la ubicación, el sistema de manejo y el uso previo de la tierra modifican considerablemente su huella.
Prácticas como el manejo adecuado de la carga animal pueden reducir algunas presiones sobre los ecosistemas. Estudios anteriores han mostrado, por ejemplo, que el pastoreo de baja intensidad puede favorecer la biodiversidad en determinados paisajes productivos.
El comercio traslada la huella entre productores y consumidores
La investigación examinó además el intercambio internacional de productos agropecuarios. Brasil aparece como el mayor exportador neto de pérdidas relacionadas tanto con el carbono como con la biodiversidad, mientras que China figura como el mayor importador neto. En los flujos de ambos países predominan los productos de origen animal.
Este resultado muestra que una parte de la presión soportada por los territorios productores responde a una demanda localizada fuera de sus fronteras. Por esa razón, los autores consideran que las estrategias ambientales no deben limitarse a intervenir en las fincas, sino que también pueden incorporar las cadenas de suministro, el comercio y los patrones de consumo.
Una distribución desigual de los impactos también se ha observado entre cultivos. Un estudio reciente sobre 19 oleaginosas encontró que la palma aceitera, el coco y la soja concentran una parte especialmente alta de la pérdida de biodiversidad atribuida a ese grupo productivo.
Intervenciones focalizadas podrían generar mayores beneficios
El aporte central del nuevo trabajo es la integración, en mapas de alta resolución, de la pérdida de carbono y biodiversidad asociada con diferentes productos agrícolas. Investigaciones anteriores solían estudiar ambos componentes por separado o utilizaban escalas geográficas más amplias, lo que dificultaba localizar los puntos donde coinciden las mayores presiones.
La concentración territorial identificada abre la posibilidad de dirigir recursos hacia zonas prioritarias. Entre las acciones planteadas por los investigadores figuran mejorar las prácticas agrícolas, proteger ecosistemas vulnerables, restaurar terrenos cuando resulte viable y reducir la cantidad de tierra necesaria para sostener la producción de alimentos.
Estas medidas necesitan adaptarse a las condiciones productivas y sociales de cada región. La protección de hábitats, la rotación de cultivos, la agroforestería y el manejo sostenible del suelo forman parte de las estrategias destinadas a fortalecer la biodiversidad dentro de los sistemas agropecuarios sin desconocer las necesidades de agricultores y comunidades rurales.
Los resultados tampoco establecen que deba aplicarse una solución idéntica en todas las tierras agrícolas. Su utilidad reside en distinguir los lugares y productos con mayor peso relativo, de modo que las políticas climáticas, agropecuarias y de conservación puedan coordinarse sobre una base territorial más precisa.
Fuentes referenciales:
Phys.org y Universidad de Leiden
Nature Food

