
Por Gustavo Huesca Pérez
Capítulo 2
Si hace apenas sesenta años alguien hubiera pronosticado que un pequeño poroto originario de China llegaría a convertirse en uno de los pilares de la alimentación mundial, probablemente muy pocos le habrían creído.
Mucho menos si hubiera agregado que ese mismo cultivo modificaría profundamente la agricultura mundial y, particularmente de la Argentina y otros países de Latinoamérica, impulsaría el desarrollo de una poderosa industria aceitera, generaría miles de millones de dólares en exportaciones, provocaría uno de los mayores conflictos políticos de la historia política Argentina reciente y convertiría al país, junto a Brasil y otros países latinoamericanos, en un foco referente mundial en la producción de aceite y harina proteica.
Sin embargo, eso fue exactamente lo que ocurrió.
La historia de la soja es una de esas historias extraordinarias que comenzaron casi en silencio. Sin guerras, sin conquistas y sin grandes imperios. Simplemente una planta, un puñado de agricultores y miles de años de evolución.
Hoy la soja ocupa más de 140 millones de hectáreas en el mundo. Sus derivados llegan diariamente a la mesa de millones de personas y forman parte, muchas veces sin que lo sepamos, de innumerables productos que utilizamos todos los días.
Pero para comprender semejante éxito conviene empezar por el principio.
Una planta aparentemente común
La soja pertenece, como ya mencionamos en el Capítulo 1 de esta saga, a la familia de las leguminosas, integrada también por especies tan conocidas como el poroto, la lenteja, la arveja, el garbanzo y la alfalfa.
Su nombre científico es Glycine max.
A simple vista no parece una planta destinada a cambiar la historia.
Tiene un tallo erecto, hojas verdes agrupadas de a tres, pequeñas flores blancas o violáceas y vainas cubiertas por una fina pubescencia donde se alojan generalmente dos o tres granos. Según la variedad y el ambiente donde se cultive puede medir desde poco más de medio metro hasta superar ampliamente el metro de altura.
Podría pasar inadvertida entre tantos otros cultivos.
Pero las apariencias engañan.
La verdadera fortaleza de la soja no está sobre la superficie.
Está debajo de la tierra.
Una alianza perfecta con la naturaleza
Cuando arrancamos cuidadosamente una planta de soja podemos observar pequeños nódulos adheridos a sus raíces.
Parecen insignificantes.
Sin embargo, allí ocurre uno de los procesos biológicos más extraordinarios que existen en la agricultura.
Dentro de esos pequeños nódulos viven millones de bacterias del género Bradyrhizobium.
La planta les proporciona alimento y energía.
Las bacterias le devuelven el favor capturando el nitrógeno del aire y transformándolo en un nutriente que la soja puede utilizar para fabricar proteínas, hojas, tallos y semillas.
Vale la pena detenerse un instante para comprender la magnitud de este fenómeno.
El aire que respiramos contiene aproximadamente un 78 % de nitrógeno.
Sin embargo, la inmensa mayoría de las plantas, ni los humanos, no podemos aprovecharlo directamente.
Las plantas necesitan que ese nitrógeno llegue al suelo bajo formas químicas específicas, generalmente mediante fertilizantes o por procesos naturales.
La soja encontró una solución muy eficiente.
Estableció una sociedad perfecta con estas bacterias.
Esta simbiosis, así se llama, es una verdadera fábrica natural de fertilizante.
Gracias a esta asociación puede cubrir buena parte de sus necesidades de nitrógeno sin depender exclusivamente de aportes externos.
Por esa razón los productores inoculan las semillas antes de la siembra con cepas seleccionadas de estas bacterias, asegurando una nodulación abundante y un excelente funcionamiento de este mecanismo biológico.
En un proceso muy sencillo, mezclan las semillas a sembrar con un polvo que contiene las bacterias que fijan el nitrógeno.
No es exagerado afirmar que buena parte del éxito mundial de la soja comienza precisamente en esas diminutas estructuras invisibles para la mayoría de las personas, agrupadas en nódulos.
Una verdadera fábrica de proteínas
Si la planta sorprende por su eficiencia agronómica, el grano lo hace por su extraordinaria composición.
Pocas especies cultivadas reúnen semejante concentración de nutrientes.
En promedio contiene alrededor del 40 % de proteínas y cerca del 20 % de aceite.
Esa combinación explica por qué hoy constituye la principal fuente de proteína vegetal utilizada en el planeta.
Gran parte de la producción mundial de aves, cerdos, bovinos, peces y mascotas depende de la harina de soja como componente esencial de su alimentación.
En otras palabras, detrás de un vaso de leche, un bife, un pollo o un huevo probablemente también haya trabajado la soja.
El aceite obtenido de sus granos posee además múltiples aplicaciones:
Se utiliza para consumo humano, elaboración de margarinas, mayonesas, alimentos procesados, pinturas, tintas,
cosméticos, productos farmacéuticos e incluso materiales biodegradables.
Y, como si fuera poco, es el aceite que, combinado con el gasoil da lugar al biodiesel, un combustible que contribuye a al cuidado medioambiental pues reduce significativamente la emisión del Carbono, tan perjudicial para el planeta.
Cada año aparecen nuevos usos industriales que amplían todavía más su importancia económica.
Mucho más que un cultivo
Cuando uno recorre un lote de soja durante el verano resulta difícil imaginar que esa inmensa superficie verde representa mucho más que una cosecha.
Cada planta es el resultado de miles de años de selección realizada por agricultores primero y por científicos después.
Cada semilla concentra siglos de mejoramiento genético.
Cada lote moviliza sembradoras, pulverizadoras, cosechadoras, camiones, puertos, industrias aceiteras, laboratorios, exportadores y miles de personas cuyo trabajo depende, directa o indirectamente, de este cultivo.
Pocas especies vegetales lograron generar semejante impacto sobre la economía mundial.
Sin embargo, nada de esto ocurrió de un día para otro.
La historia comenzó hace más de cinco mil años, cuando agricultores chinos descubrieron que aquel pequeño poroto no solo alimentaba a sus familias, sino que también ayudaba a mantener fértiles los suelos.
Sin proponérselo, estaban dando origen a una revolución que todavía continúa.
En el próximo artículo viajaremos hasta la antigua China para conocer los orígenes de la soja, seguir su recorrido por Asia, Europa y América, y descubrir cómo terminó encontrando en la Argentina, Brasil, USA y otros países de América, uno de los escenarios donde escribiría las páginas más importantes de su extraordinaria historia.
Desde mi experiencia
A lo largo de mi vida profesional tuve el privilegio de recorrer miles de hectáreas sembradas con soja, conversar con investigadores, Fito mejoradores y productores, y observar cómo este cultivo dejaba de ser una promesa para convertirse en el principal protagonista de la agricultura argentina.
Pocas veces un cultivo modificó tan profundamente la forma de producir, de invertir y hasta de pensar el campo. Haber sido testigo de esa transformación es uno de los mayores privilegios que me regaló mi profesión. Cuando yo comencé mis estudios universitarios, la soja era una leguminosa que se mencionaba como tal, pero nunca se pensó que, a través de los años, pocos, por supuesto, se convertiría en el super cultivo que hoy representa para muchos países.
El puerto de San Lorenzo, cerca de Rosario, en Argentina, es un polo industrial que se constituye en uno de los mas importantes del mundo y es donde las fábricas allí instaladas procesan la soja, dando origen a derivados importantes. La Argentina es el primer país productor y exportador de aceite de soja y sus derivados, pellets, harinas, etc.
En mi próximo capitulo me explayaré sobre la magnífica tarea desarrollada por investigadores argentinos, tanto académicos como del INTA y de la actividad privada y como, poco a poco, la soja se fuè expandiendo hasta llegar a ser hoy, el número 1 de nuestros cultivos.
El Ing. Agr. Gustavo Huesca Perez es colaborador destacado de Mundo Agropecuario
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