De la dehesa a Bruselas: cuando producir carne se convierte en una carrera de obstáculos


En Extremadura seguimos criando en un sistema ejemplar como la dehesa, pero entre precios que no cubren, burocracia asfixiante, sanidad animal en tensión, fauna sin control y agua cada vez más incierta, el sector necesita decisiones valientes y realistas.


Por Jacinto Gómez


En la dehesa uno aprende pronto que no manda el reloj, sino el campo. Aquí la prisa no engorda ni cura, y la paciencia no se compra con una subvención. La dehesa es un equilibrio fino: encinas y alcornoques, pastos, agua, ganado, y familias que llevan generaciones cuidando un paisaje que Europa admira en folletos, pero que a menudo regula como si fuera una fábrica.

Lo digo con respeto, pero con firmeza: hoy producir carne de vacuno en la dehesa se ha convertido en una carrera de obstáculos. Y lo peor no es que existan dificultades —siempre las hubo—, sino que muchas vienen de decisiones humanas: precios mal formados, una PAC que no termina de entender lo que paga, burocracia que nos roba tiempo y ánimo, sanidad animal que se complica, fauna salvaje que deja de ser “naturaleza” para convertirse en problema, y el agua, que ya no es un recurso: es una preocupación diaria.

Precios: el eslabón débil siempre es el productor

Empecemos por lo básico: si el precio no cubre costes, no hay futuro. No hablo de “vivir mejor”, hablo de sobrevivir sin hacer trampas. El pienso, la energía, el gasóleo, los fertilizantes, la reposición, la mano de obra y los servicios veterinarios han subido de forma evidente. Sin embargo, demasiadas veces el mercado traslada al consumidor la narrativa del “producto caro” mientras al ganadero le llega un “precio ajustado” que no ajusta nada: ni cuentas, ni riesgos, ni trabajo.

La cadena alimentaria tiene que ser algo más que un lema. Es urgente reforzar el control real del cumplimiento de los contratos, los plazos de pago y la prohibición efectiva de comprar por debajo de costes. Y cuando digo “efectiva” hablo de inspección, sanción y transparencia, no de papeles que acaban en un cajón. También hace falta que el consumidor sepa qué paga y por qué: la carne de dehesa no es una mercancía cualquiera; es gestión del territorio, biodiversidad y fijación de población.

Propuesta: un observatorio de costes y precios específico para ganadería extensiva, con datos públicos y actualizados; contratos tipo obligatorios con cláusulas de revisión por costes; y etiquetado claro del origen y del sistema productivo para que el valor llegue de verdad al productor.

PAC: de apoyo al campo a laberinto de requisitos

La PAC debería ser una herramienta para sostener la producción y compensar servicios ambientales. Pero en la práctica se ha ido convirtiendo en una carrera administrativa en la que el que más se equivoca pierde, y el que más se adapta al formulario gana. Se penaliza el error formal más que el incumplimiento real, y se multiplica el miedo: miedo a que una foto satelital interprete mal una mancha de sombra, a que un lindero esté “desplazado” dos metros, a que un pasto arbolado no encaje en una categoría pensada para otra realidad.

La dehesa es un sistema singular. No se puede medir con la misma regla que una parcela de cultivo intensivo. Y si a eso sumamos ecorregímenes diseñados con buena intención pero poco aterrizaje, lo que conseguimos es que muchos ganaderos se sientan más gestores de expediente que gestores del campo.

Propuesta: simplificación real con un principio claro: “si no cambia el uso, no me obligues a redemostrarlo cada campaña”. Menos controles duplicados, más controles inteligentes. Adaptar la elegibilidad de pastos arbolados a la realidad de la dehesa. Y, sobre todo, que se premie lo medible que importa: carga ganadera adecuada, conservación del arbolado, regeneración, manejo del suelo y prevención de incendios.

Burocracia: horas de oficina en un trabajo que es de campo

Cada año sumamos más registros, más plataformas, más comunicaciones, más obligaciones que se pisan entre administraciones. Guías, movimientos, medicamentos, cuadernos, declaraciones, planes, auditorías. No discuto la necesidad de control y trazabilidad; discuto la desproporción y la falta de coordinación.

La burocracia no solo cuesta dinero; cuesta tiempo. Y el tiempo es el recurso más escaso en una explotación familiar. Lo que se hace en el despacho se deja de hacer en el terreno: revisar bebederos, reparar cercas, observar animales, planificar pastos. Al final, se deteriora justo lo que las normas dicen querer proteger: el bienestar animal y el medio.

Propuesta: ventanilla única digital de verdad (una, no cinco), interoperable entre administraciones; reducción de obligaciones repetidas; y un sistema de “silencio positivo” para trámites rutinarios. Además, acompañamiento técnico para pequeñas explotaciones: no todos pueden pagar gestorías para sobrevivir al papeleo.

Sanidad animal: sin herramientas, no hay garantías

La sanidad animal es una preocupación permanente y, en extensivo, la complejidad aumenta. En la dehesa convivimos con fauna salvaje, con movimientos a pastos y con condiciones climáticas cambiantes. Cumplimos protocolos, invertimos en bioseguridad y trabajamos con veterinarios, pero necesitamos que las políticas sanitarias sean realistas, ágiles y con recursos.

Cuando hay una crisis sanitaria, el foco mediático dura un par de días; en la granja dura meses y, a veces, años. Las restricciones mal diseñadas pueden hundir explotaciones sin resolver el problema de fondo. Y no se puede exigir “riesgo cero” a quien trabaja en un ecosistema abierto.

Propuesta: planes sanitarios integrados que incluyan fauna silvestre, con diagnóstico rápido y compensaciones justas y rápidas cuando haya sacrificios o inmovilizaciones. Más inversión en vigilancia epidemiológica, y apoyo para infraestructuras de bioseguridad (cercados, puntos de agua, manejo). Y coordinación real entre consejerías, veterinarios oficiales y sector.

Fauna salvaje: equilibrio sí, impunidad no

La fauna es parte de la dehesa, y nadie que viva aquí quiere un campo vacío. Pero cuando el jabalí, el ciervo u otras especies se disparan en número, el resultado no es “naturaleza”: es riesgo sanitario, daños en pastos, roturas de cercas, accidentes, competencia por el alimento y presión sobre puntos de agua.

Hay una línea entre conservar y desentenderse. El control poblacional no es un capricho; es gestión del territorio. Y cuando se decide desde un despacho sin pisar las fincas, el ganadero se queda con los costes y con la culpa.

Propuesta: planes de gestión de fauna basados en censos reales, con cupos y medidas ágiles donde haya sobrepoblación, y con corresponsabilidad: si una política pública favorece un desequilibrio, debe asumir parte de los daños y del coste de mitigación.

Agua: el futuro se seca si no actuamos ya

En Extremadura el agua siempre fue importante. Hoy es determinante. Las sequías son más frecuentes y más duras, y las lluvias llegan mal repartidas. En extensivo, el agua es bienestar animal, es productividad del pasto y es seguridad. Sin agua no hay dehesa viva, hay abandono y riesgo de incendios.

Necesitamos infraestructuras adaptadas a la realidad rural: captaciones legales sencillas, charcas y balsas mantenidas, puntos de agua seguros, y modernización donde corresponda. Pero también necesitamos una planificación que no criminalice al que intenta asegurar agua para sus animales con soluciones razonables.

Propuesta: un plan específico de agua para ganadería extensiva: ayudas para recuperación de charcas tradicionales, nuevas infraestructuras con tramitación simplificada, y asesoramiento técnico para eficiencia y legalidad. Y, por supuesto, priorizar el mantenimiento de los ecosistemas que recargan: suelos con cobertura, arbolado sano y gestión del monte.

Un pacto por la ganadería extensiva: menos eslogan y más decisión

La ganadería de dehesa produce alimentos, sí, pero también cuida paisaje, fija población, mantiene cultura rural y reduce riesgo de incendios con un manejo adecuado. Si Europa y España quieren ese campo vivo, deben tratarlo como estratégico, no como un problema a tolerar.

No pedimos privilegios. Pedimos reglas comprensibles, precios justos, sanidad con recursos, gestión de fauna responsable y agua planificada. Pedimos que se legisle contando con quienes madrugan para que el sistema funcione. Y pedimos algo que suena sencillo, pero hoy es revolucionario: que se valore el trabajo bien hecho y que se deje de castigar al que produce en extensivo como si fuera sospechoso por defecto.

La dehesa no se mantiene con discursos. Se mantiene con decisiones. Y ya vamos tarde.


Jacinto Goméz es colaborador destacado de Mundo Agropecuario

Este trabajo fue enviado por el autor o autores para Mundo Agropecuario , en caso que se desee reproducir le agradecemos se destaque el nombre del autor o autores y el de Mundo Agropecuario



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