Un estudio de la Universidad de Córdoba y la Universidad de Bangor muestra que los microorganismos del suelo reducen su capacidad de capturar carbono por encima de 40 °C, pero los aportes orgánicos como el alperujo pueden mejorar su resistencia térmica
Redactor: Javier Morales O.
Editor: Karem Díaz S.
Las olas de calor que golpean cada verano el sur de España no afectan solo a las personas, los cultivos o el ganado. También alteran a la comunidad microscópica que vive en el suelo y que sostiene procesos esenciales para la agricultura, como el secuestro de carbono, la disponibilidad de nutrientes y la nutrición vegetal.
Una investigación realizada por la Universidad de Córdoba, en colaboración con la School of Environmental and Natural Sciences de la Universidad de Bangor, en Reino Unido, determinó el límite térmico a partir del cual distintos suelos mediterráneos empiezan a perder funcionalidad. El trabajo fue publicado en European Journal of Soil Science y se centró en el comportamiento de microorganismos del suelo sometidos a temperaturas crecientes.
El estudio confirma un dato crítico para la agricultura mediterránea: cuando la temperatura supera los 40 °C, los microorganismos reducen su capacidad de capturar carbono y priorizan su propia supervivencia. A 50 °C, esa actividad prácticamente se detiene, una temperatura a la que los suelos calizos de la provincia de Córdoba pueden quedar expuestos durante episodios de calor extremo.
Microorganismos del suelo bajo estrés térmico
Los microorganismos del suelo cumplen funciones que no siempre son visibles para el productor, pero que resultan decisivas para la productividad. Participan en el reciclaje de nutrientes, en la estabilidad de la materia orgánica, en la disponibilidad de fósforo y en la captura de carbono. Cuando el calor extremo altera esa actividad, el suelo pierde parte de su capacidad para sostener plantas sanas.
El hallazgo encaja con una preocupación más amplia sobre la calidad del suelo frente al estrés por calor, un factor cada vez más relevante para la agricultura bajo cambio climático. En este caso, la novedad está en medir cómo responde la comunidad microbiana del suelo mediterráneo ante temperaturas que ya forman parte de la realidad productiva del sur peninsular.
El equipo investigador observó que, a medida que sube la temperatura, también disminuye la reserva de fósforo del suelo. Por encima de los 40 °C, esa reserva queda prácticamente anulada. La pérdida de disponibilidad de este nutriente es relevante porque el fósforo participa en procesos esenciales de crecimiento, desarrollo radicular y metabolismo vegetal.
Dos suelos mediterráneos sometidos a 20, 40 y 50 grados
La investigadora Sana Boubehziz, del grupo de Edafología del Departamento de Agronomía de la Universidad de Córdoba, explicó que las muestras de suelo fueron marcadas con isótopos radiactivos de carbono-14 para seguir la respiración de los microorganismos. Esa técnica permitió observar cómo variaba su eficiencia en el uso del carbono bajo distintos escenarios térmicos.
El ensayo comparó dos tipos de suelo mediterráneo: uno calizo procedente de Córdoba y otro más ácido de Badajoz. Las muestras fueron expuestas a temperaturas entre 20 y 50 °C para determinar hasta qué punto podían mantener sus funciones antes de entrar en degradación.
Los resultados muestran que no todos los suelos responden igual. Esa diferencia es importante porque confirma que el manejo debe adaptarse a las características de cada terreno. Un suelo calizo, uno ácido, uno con más materia orgánica o uno empobrecido no tendrán la misma capacidad para resistir calor, sequía y pérdida de actividad biológica.
El alperujo como aliado de la resiliencia del suelo
Para reducir el daño provocado por las altas temperaturas, el equipo de la Universidad de Córdoba evaluó enmiendas orgánicas ricas en materia orgánica. Entre ellas se probó el alperujo, el principal subproducto de la producción de aceite de oliva, junto con residuos orgánicos procedentes de las plantas de tratamiento de empresas municipales de agua y residuos de Córdoba.
Después de dos semanas de incubación, las muestras que recibieron aditivos orgánicos mostraron un aumento significativo de la resistencia y de la disponibilidad de fósforo. El alperujo fue el material más eficaz, al elevar la resistencia del suelo hasta 50 °C. El resultado destaca el potencial de este subproducto de una de las principales industrias andaluzas dentro de estrategias de economía circular.
El uso agrícola de residuos orgánicos conecta con prácticas orientadas a mejorar la salud del suelo, especialmente cuando el objetivo es aumentar materia orgánica, reducir dependencia de insumos externos y mejorar la capacidad del terreno para enfrentar sequías, erosión y calor extremo.
Un recurso no renovable bajo presión climática
El suelo se considera un recurso no renovable por la lentitud de su formación. Su degradación puede avanzar mucho más rápido que su recuperación, sobre todo cuando se combinan calor, baja humedad, pérdida de materia orgánica y manejo inadecuado. Por eso, el estudio no plantea el problema únicamente como una cuestión microbiológica, sino como una amenaza productiva y ambiental.
Los autores vinculan estos resultados con el marco de la Directiva Europea de Monitoreo del Suelo, que busca alcanzar suelos sanos en Europa para 2030. La investigación aporta una señal concreta: los suelos mediterráneos sometidos a olas de calor necesitan estrategias de manejo diferenciadas y aportes orgánicos que refuercen su actividad biológica.
En agricultura, este enfoque coincide con la lógica de la agricultura regenerativa, que busca conservar el suelo cubierto, aumentar materia orgánica y fortalecer procesos biológicos. No se trata solo de producir en una campaña, sino de mantener la capacidad productiva del terreno en el mediano plazo.
Cada suelo necesita un manejo propio
Sana Boubehziz subraya que cada suelo es único y debe manejarse según sus características. En agricultura, el uso de fertilizantes de base orgánica puede ser más saludable para el suelo, ayudar a conservarlo durante más tiempo y aumentar su rentabilidad en el mediano plazo.
La rentabilidad no se limita al balance económico inmediato del productor. Un suelo con mayor actividad microbiana, más materia orgánica y mejor disponibilidad de nutrientes puede sostener cultivos con mayor estabilidad frente a condiciones extremas. Esa estabilidad es especialmente importante en regiones donde las olas de calor se vuelven más frecuentes y severas.
El estudio también refuerza la importancia de mirar el suelo como parte de la respuesta climática. Al conservar carbono y sostener la vida microbiana, el suelo puede ayudar a frenar parte del ciclo de degradación que el propio cambio climático acelera. En el contexto de incertidumbre climática para la agricultura, proteger el suelo deja de ser una recomendación general y se convierte en una estrategia productiva concreta.
Referencias
Phys.org – Soil also suffers from heat waves: Organic waste boosts its tolerance to 50°C
