Estas oleaginosas no convencionales ya suman unas 170.000 hectáreas en el país y se perfilan como una alternativa estratégica para abastecer la producción de combustibles sostenibles
Redactor: Santiago Duarte
Editor: Karem Díaz S.
La diversificación agrícola en Argentina empieza a tomar una forma más definida con el avance de tres cultivos que hasta hace poco ocupaban un lugar menor en el mapa productivo: camelina, carinata y colza. Estas oleaginosas no convencionales ya alcanzan en conjunto unas 170.000 hectáreas y se consolidan como una opción estratégica para el agro por su vínculo con la industria de los biocombustibles.
El interés por estas especies no responde solo a una moda agronómica. Detrás de su crecimiento aparece una demanda internacional cada vez más fuerte de materias primas destinadas a combustibles de menor huella ambiental, especialmente en el segmento de la aviación. Según el artículo, este nuevo escenario está transformando a estos cultivos en una alternativa inesperada, pero cada vez más concreta, para productores argentinos.
Camelina: ciclo corto y efecto útil sobre el lote
Entre las tres opciones, la camelina se destaca por su ciclo más corto, una característica que le permite encajar en ventanas temporales más ajustadas dentro de la rotación. Esa flexibilidad productiva la vuelve atractiva para aprovechar mejor el invierno y sumar una alternativa sin alterar por completo el esquema agrícola.
El informe citado también remarca que la camelina aporta beneficios más allá de la cosecha. Uno de ellos es su efecto alelopático, que ayuda a reducir malezas resistentes y deja el lote en mejores condiciones para el cultivo de verano siguiente. A eso se suma su contribución al sistema por la producción de biomasa y su aporte al carbono del suelo.
En términos de superficie, la nota indica que la camelina ya supera las 35.000 hectáreas sembradas en Argentina, con rindes de entre 0,6 y 1,2 toneladas por hectárea.
Carinata: desarrollo local y foco en combustible para aviación
La carinata aparece como otro de los cultivos con mayor proyección. En Argentina ya supera también las 35.000 hectáreas, con rindes cercanos a 1,4 toneladas por hectárea, y muestra además un componente tecnológico llamativo: buena parte de sus cultivares está asociada al desarrollo genético local. El artículo destaca que el 75% de los cultivares pertenecen a una empresa santafesina con centro de investigación en Venado Tuerto.
Su expansión está fuertemente ligada al mercado del SAF, el combustible sostenible para aviación. En ese contexto, la nota menciona el acuerdo sellado en agosto de 2025 entre YPF y Essential Energy para crear Santa Fe Bio, una biorrefinería orientada a producir HVO y SAF, lo que da una señal concreta del interés industrial detrás de estas oleaginosas.
Colza: más extendida y con fuerte presencia regional
La tercera protagonista es la colza, el cultivo más instalado de los tres en varias regiones productivas. El artículo señala que se concentra principalmente en Tucumán, Chaco y Santiago del Estero, aunque destaca a Entre Ríos como la provincia líder en oleaginosas invernales, con una producción de 48.620 toneladas en la campaña 2025/26. Sus rindes promedio rondan las 2 toneladas por hectárea, con picos de 3,5 toneladas en el sudeste bonaerense.
Además de su valor comercial, la colza comparte con las otras especies una ventaja agronómica importante: el desarrollo de raíces profundas y pivotantes, que favorecen la descompactación biológica del suelo, mejoran la aireación y ayudan a la infiltración de agua. Esa condición refuerza su interés no solo como negocio, sino también como cultivo funcional dentro de la rotación.
Más que renta directa: suelo, carbono y rotación
Uno de los puntos más fuertes del artículo es que el valor de estas oleaginosas no debe medirse únicamente por el margen directo de la cosecha. La información citada de la FAUBA y de la Bolsa de Comercio de Rosario subraya que estos cultivos aportan biomasa, mejoran el balance de carbono del sistema y elevan la disponibilidad de nutrientes al incorporarse parte de esa biomasa al suelo.
Eso significa que camelina, carinata y colza no solo abren una puerta comercial ligada a los biocombustibles, sino que también pueden mejorar la eficiencia general del sistema productivo. En otras palabras, no son solo una cosecha extra: también cumplen una función agronómica dentro del lote.
Un negocio que depende de certificación e infraestructura
El potencial, sin embargo, no elimina los desafíos. La misma nota advierte que para que estos cultivos se consoliden a gran escala hace falta traducir sus beneficios ambientales en valor económico concreto para el productor. También será necesario contar con más acompañamiento técnico, mejores semillas e infraestructura industrial capaz de sostener esquemas de producción trazados y certificados.
Ese punto es clave porque los mercados de exportación vinculados a combustibles sostenibles exigen certificaciones de sostenibilidad estrictas. Argentina, según el artículo, cuenta con una ventaja comparativa importante: mucha superficie libre en invierno y productores con experiencia en buenas prácticas agrícolas.
Un nuevo espacio para los cultivos de invierno
Camelina, carinata y colza ya no aparecen como curiosidades menores dentro del agro argentino. Su crecimiento, su conexión con la transición energética y sus aportes al suelo los colocan en una categoría distinta: la de cultivos con potencial de negocio y con una función agronómica cada vez más visible.
Para el campo argentino, estas tres oleaginosas representan algo más que una novedad. Pueden convertirse en una pieza relevante de la agricultura de invierno y en un puente entre producción, sustentabilidad y energía.
Referencias
Infobae. “Cuáles son los tres cultivos poco conocidos que pueden traer un negocio inesperado para el campo argentino”.
Infobae. “Del campo a nafta para aviones: agricultores argentinos que levantan vuelo”.
