Pocas cosas resultan tan poderosas como la capacidad de una semilla para desafiar al tiempo.
Redacción Mundo Agropecuario
Dormir en silencio durante siglos —incluso milenios— y luego despertar, verde y viva, parece casi un milagro. Sin embargo, la ciencia ha confirmado que algunas semillas antiguas pueden conservar su vitalidad durante miles de años. Estos hallazgos no solo fascinan a los investigadores, sino que también ofrecen pistas sobre la evolución de las plantas y la posibilidad de restaurar ecosistemas perdidos.
La semilla que despertó después de 32.000 años
El caso más célebre proviene del frío permafrost siberiano. En 2012, científicos rusos del Instituto de Problemas Fisicoquímicos y Biológicos del Suelo encontraron frutos congelados de una planta llamada Silene stenophylla, enterrados por roedores hace más de 30.000 años.
Los investigadores extrajeron tejido de las placentas del fruto y lo cultivaron en laboratorio. Para asombro del mundo, las células revivieron y produjeron una nueva planta. El ejemplar floreció, dio semillas fértiles y, genéticamente, resultó casi idéntico a las versiones modernas de la especie.
El hallazgo fue más que una curiosidad científica: demostró que la vida vegetal puede sobrevivir a escalas de tiempo que superan con creces lo imaginable.
El despertar de la datilera de Masada
Otro caso sorprendente ocurrió en el desierto de Judea, Israel. Allí, arqueólogos hallaron en la fortaleza de Masada varias semillas de palmera datilera (Phoenix dactylifera) que databan de la época de Herodes el Grande, hace unos 2.000 años.
En 2005, la doctora Sarah Sallon y su equipo del Centro Louis L. Borick de Medicina Natural lograron germinar una de ellas. La planta fue bautizada como “Matusalén”, en honor al personaje bíblico de larga vida. Hoy, Matusalén crece sano y ha dado descendencia, lo que permitió recuperar una variedad extinta de dátil que alguna vez prosperó en la región.
Lo que las semillas antiguas nos enseñan sobre la vida
Las semillas que sobreviven milenios ofrecen una ventana al pasado biológico del planeta. Su estudio permite analizar cómo las plantas se adaptaban a climas antiguos, cómo almacenaban energía y qué estrategias bioquímicas utilizaban para resistir condiciones extremas.
El secreto de su longevidad está en la deshidratación controlada y en la presencia de moléculas protectoras, como los azúcares trehalosa y rafinosa, que estabilizan las membranas celulares. Además, las bajas temperaturas del suelo helado o seco reducen la actividad metabólica casi a cero, permitiendo una “pausa biológica” prolongada.
Algunas semillas encontradas en excavaciones egipcias o en tundras congeladas han mostrado señales de viabilidad, aunque no siempre logran germinar. En cada intento, los científicos buscan entender los límites de la resiliencia vegetal.
Bancos de semillas: guardianes del futuro
El interés por estas historias ha impulsado la creación de bancos de germoplasma en todo el mundo. El más conocido es el Banco Mundial de Semillas de Svalbard, en el Ártico noruego, donde se conservan más de un millón de variedades de cultivos. Su propósito es proteger la diversidad genética de la agricultura frente a guerras, desastres o el cambio climático.
Estos bancos no solo guardan semillas modernas, sino también variedades ancestrales. En cierto modo, funcionan como cápsulas del tiempo biológicas, listas para devolver a la Tierra su riqueza perdida si alguna especie desaparece.
La promesa de revivir el pasado
Hoy, la ciencia avanza hacia la resurrección de especies vegetales extintas mediante biología molecular. Investigadores israelíes y japoneses intentan recrear genomas antiguos de cereales y leguminosas para recuperar cultivos olvidados.
Estas investigaciones abren un debate ético: ¿deberíamos traer de vuelta especies desaparecidas o centrarnos en proteger las actuales? Sea cual sea la respuesta, las semillas que despiertan después de milenios nos recuerdan algo esencial: la vida posee una memoria profunda y una capacidad de resistencia extraordinaria.
Bajo la tierra, en la oscuridad y el frío, duerme una biblioteca genética que guarda el pasado del planeta y quizá también su futuro.
Referencias
- Yashina, S. et al. (2012). “Regeneration of Whole Fertile Plants from 30,000-Year-Old Fruit Tissue.” PNAS.
- Sallon, S. et al. (2008). “Germination, Genetics, and Growth of an Ancient Date Seed from Masada, Israel.” Science.
- Global Crop Diversity Trust. “Svalbard Global Seed Vault Overview.” 2024.
- FAO. “Conservation of Plant Genetic Resources.” 2023.
Nota editorial:
Este artículo ha sido elaborado con fines divulgativos a partir de información pública y fuentes especializadas, adaptado al enfoque editorial del medio para facilitar su comprensión y contextualización.
