Investigadores de Cornell muestran que la percepción del trabajo adicional es el principal freno para adoptar prácticas climáticamente inteligentes
Redacción Mundo Agropecuario
Una paradoja recorre la agricultura moderna: numerosas prácticas con beneficios comprobados para el suelo, el clima y la productividad siguen sin ser adoptadas de forma amplia, especialmente en países como Estados Unidos. Rotación de cultivos, uso de compost, incorporación de cultivos de cobertura, franjas florales y reducción del laboreo son estrategias centrales de la agricultura sostenible y de la resiliencia agrícola, pero su adopción sigue siendo sorprendentemente baja. ¿La razón? Un nuevo estudio de la Universidad de Cornell señala un factor decisivo: muchos agricultores creen que estas prácticas demandan mucho más trabajo del que realmente requieren.
El hallazgo es relevante para el debate global sobre cómo preparar al sector agrícola ante los impactos del cambio climático, pues estas prácticas han mostrado mejorar la estructura del suelo, aumentar la biodiversidad, favorecer la nutrición vegetal y reducir las emisiones, además de disminuir la dependencia de insumos sintéticos. Sin embargo, la percepción de una mayor carga laboral actúa como un freno cultural, técnico y económico.
La distancia entre la percepción y la realidad del trabajo agrícola
La investigación de Cornell, basada en encuestas y análisis comparativos en diversas regiones agrícolas, concluye que existe una brecha significativa entre lo que los agricultores creen que implica adoptar prácticas ecológicas y el esfuerzo real que demandan.
Si bien algunas intervenciones pueden requerir ajustes iniciales, la evidencia muestra que, una vez incorporadas al sistema productivo, muchas de ellas reducen labores repetitivas y permiten una utilización más eficiente del tiempo y los recursos. Esta diferencia entre percepción y práctica explica por qué incluso agricultores familiarizados con los beneficios ambientales y económicos no dan el paso para integrarlas.
La percepción errónea sobre el esfuerzo también se alimenta de la falta de información técnica precisa, de experiencias negativas mal documentadas y de la resistencia natural a modificar rutinas ya consolidadas. Este fenómeno no es exclusivo de Estados Unidos: afecta a productores en todas las regiones del mundo donde los sistemas agrícolas son intensivos y altamente dependientes de fertilizantes y maquinaria.
Qué prácticas concretas están en el centro del debate
Las prácticas que analiza el estudio incluyen pilares esenciales de la transición hacia una agricultura más estable y regenerativa:
La rotación de cultivos, que reduce plagas y mejora el equilibrio de nutrientes.
El uso de compost, que incrementa el carbono orgánico y fortalece la fertilidad.
Los cultivos de cobertura, que evitan la erosión y protegen la humedad.
Las franjas florales, que atraen polinizadores y enemigos naturales de plagas.
La reducción del laboreo, que conserva la estructura del suelo y reduce emisiones.
Todas ellas son reconocidas en la literatura científica por su contribución a la seguridad alimentaria, al manejo del suelo y al aumento de la estabilidad productiva frente al estrés hídrico o térmico. Pero siguen encontrándose con barreras sociales, económicas y culturales en su implementación.
La importancia de la percepción y la formación técnica
Uno de los aportes clave del estudio es que no basta con mostrar los beneficios ambientales o económicos de estas prácticas. Los agricultores necesitan información realista sobre la carga de trabajo, ejemplos concretos de otras fincas y acompañamiento técnico para la etapa de transición.
Cuando se supera la barrera de la percepción y se cuenta con asesoramiento adecuado, las prácticas suelen integrarse de manera natural en el calendario agrícola y, a menudo, incluso reducen operaciones como aplicaciones adicionales de fertilizantes, control mecánico de malezas o riegos frecuentes.
Esto demuestra que mejorar la transferencia de conocimiento es tan importante como los incentivos económicos. Equipos de extensión agrícola, cooperativas y redes de productores pueden desempeñar un papel decisivo en esta transformación.
Una oportunidad para avanzar hacia sistemas agrícolas más estables
El estudio ofrece un mensaje alentador: la adopción de prácticas sostenibles no solo es viable, sino que puede presentar ventajas operativas y económicas. La agricultura sostenible no implica necesariamente más trabajo, sino un trabajo diferente, basado en procesos biológicos y ecosistémicos que alivian parte de la carga diaria.
En un contexto de eventos climáticos extremos, degradación del suelo y aumento del costo de insumos, fortalecer la resiliencia agrícola mediante la gestión ecológica del terreno es una necesidad urgente. Además, sistemas más equilibrados permiten capturar más carbono, mejorar la eficiencia en el uso del agua y favorecer cadenas alimentarias más seguras y competitivas.
Un desafío global que comienza por cambiar la percepción
Si se logra corregir la falsa idea de que lo sostenible es más difícil o más costoso, los agricultores estarán más dispuestos a adoptar cambios que benefician tanto a sus explotaciones como al ambiente. La investigación de Cornell deja claro que la percepción es tan importante como la técnica.
Cambiarla requiere tiempo, acompañamiento y la difusión de experiencias reales. Pero los beneficios potenciales —desde suelos más fértiles hasta menores emisiones y sistemas más robustos— hacen que este esfuerzo sea indispensable para el futuro del sector agrícola.
Referencias
Phys.org. “Eco-friendly agriculture easier than farmers think, Cornell study finds.”
https://phys.org/news/2025-11-eco-friendly-agriculture-easier-farmers.html
Nota editorial:
Este artículo ha sido elaborado con fines divulgativos a partir de información pública y fuentes especializadas, adaptado al enfoque editorial del medio para facilitar su comprensión y contextualización.
