Un nuevo estudio revela que las prácticas agrícolas intensivas están degradando hábitats dentro de la red Natura 2000, mientras que las tradiciones rurales podrían ser clave para su recuperación.
Redacción Mundo Agropecuario
La agricultura moderna, con su alto nivel de mecanización y uso intensivo de insumos químicos, está dejando una huella profunda incluso en los espacios naturales más protegidos de Europa. Así lo demuestra una reciente investigación que advierte cómo los sistemas agrícolas contemporáneos están afectando la biodiversidad dentro de la red Natura 2000 —la mayor red de áreas protegidas del mundo, creada por la Unión Europea para conservar sus hábitats y especies más valiosos—.
El trabajo, desarrollado por un consorcio de investigadores europeos, pone de manifiesto una paradoja preocupante: las zonas creadas para proteger la naturaleza también están siendo alteradas por actividades agrícolas cercanas o incluso dentro de sus límites. Pero el estudio también ofrece una nota de esperanza: las prácticas agrícolas tradicionales, más diversas y menos agresivas, pueden ayudar a restaurar el equilibrio ecológico y reforzar los objetivos de conservación.
Un sistema de protección en riesgo
La red Natura 2000 abarca más de 27 000 sitios distribuidos en todo el territorio de la Unión Europea y cubre aproximadamente el 18 % de su superficie terrestre. Su función es mantener o restablecer el buen estado de conservación de los hábitats y especies amenazadas. Sin embargo, la expansión de la agricultura industrial en las últimas décadas ha generado presiones crecientes sobre estos entornos.
Según el estudio, las prácticas intensivas —como el arado profundo, la eliminación de setos y lindes, el drenaje de humedales o el uso de pesticidas y fertilizantes sintéticos— alteran la estructura del suelo, reducen la diversidad vegetal y afectan directamente a las poblaciones de insectos, aves y pequeños mamíferos.
La contaminación por nitratos y fósforo, procedente de la agricultura intensiva, ha contribuido también a la eutrofización de ríos y lagunas situados dentro de zonas protegidas. Este proceso provoca el crecimiento excesivo de algas y la pérdida de oxígeno en el agua, con consecuencias devastadoras para los ecosistemas acuáticos.
El valor de las prácticas tradicionales
En contraste, el estudio subraya que las formas tradicionales de manejo agrícola —como los pastizales extensivos, los campos de siega tardía o los viñedos y olivares manejados con poca intervención química— pueden favorecer la coexistencia entre producción y conservación. Estas prácticas mantienen hábitats abiertos y mosaicos de vegetación que son esenciales para muchas especies.
Los investigadores destacan que las zonas agrícolas manejadas con métodos tradicionales albergan una mayor diversidad de aves, polinizadores y flora silvestre, y funcionan como corredores ecológicos que conectan distintas áreas protegidas. En este sentido, la agricultura tradicional no solo preserva biodiversidad, sino que también mantiene vivas las culturas rurales y los paisajes históricos de Europa.
Integrar la agricultura en la conservación
El informe propone que la conservación no puede abordarse aislando completamente las áreas naturales de las actividades humanas, sino integrando la agricultura de bajo impacto como parte de la solución. Esto requiere, según los expertos, una nueva gobernanza del territorio que combine objetivos ambientales y productivos.
Entre las medidas sugeridas están:
- Incentivar económicamente a los agricultores que mantengan prácticas sostenibles dentro o alrededor de las áreas protegidas.
- Fomentar la agroecología y los sistemas mixtos que reduzcan el uso de químicos y favorezcan la rotación de cultivos.
- Restaurar setos, márgenes y bosquetes como refugios naturales para la fauna.
- Promover productos con denominaciones de origen sostenibles, que integren conservación y valor cultural.
Una llamada a la coherencia en las políticas europeas
Los investigadores advierten que las políticas agrarias y ambientales de la Unión Europea todavía muestran contradicciones. Mientras la Política Agraria Común (PAC) destina gran parte de sus fondos a subsidios por superficie —lo que favorece la intensificación—, los programas de conservación buscan limitar los impactos de esa misma intensificación.
Reconciliar ambos objetivos será esencial para el éxito de Natura 2000. Para ello, los autores proponen una planificación más coordinada, en la que los incentivos agrícolas se orienten a resultados de biodiversidad medibles, y donde la gestión del paisaje se base en la colaboración entre agricultores, científicos y autoridades locales.
Una oportunidad para el futuro rural europeo
El estudio recuerda que el mantenimiento de las prácticas agrícolas tradicionales no debe entenderse como una mirada nostálgica al pasado, sino como una oportunidad de futuro. En un contexto de crisis climática y pérdida de biodiversidad, recuperar los saberes rurales puede ofrecer soluciones adaptadas y sostenibles.
Además, revitalizar la agricultura tradicional contribuye a fijar población en las zonas rurales, generar empleo local y fortalecer la identidad cultural de los territorios. En última instancia, los autores defienden que la sostenibilidad ecológica y la viabilidad económica pueden avanzar de la mano, siempre que se reconozca el valor ambiental del trabajo campesino.
El mensaje central del estudio es claro: la agricultura no tiene por qué ser una amenaza para la biodiversidad. Con una gestión adecuada, puede convertirse en su principal aliada dentro y fuera de las áreas protegidas europeas.
Referencias
https://phys.org/news/2025-10-agricultural-play-decisive-role-degradation.html
Nota editorial:
Este artículo ha sido elaborado con fines divulgativos a partir de información pública y fuentes especializadas, adaptado al enfoque editorial del medio para facilitar su comprensión y contextualización.
