Un estudio global revela que los ecosistemas forestales desempeñan un papel decisivo en mantener la humedad atmosférica que sostiene los cultivos de secano
Redacción Mundo Agropecuario
La disponibilidad de agua es uno de los factores más determinantes para la productividad agrícola. Sin embargo, no toda el agua que alimenta los cultivos proviene de ríos o lluvias locales. Una parte esencial viaja por la atmósfera en forma de vapor de agua generado por la evapotranspiración de los bosques. Un nuevo estudio internacional, basado en observaciones satelitales y modelos físicos del ciclo hídrico, revela que los bosques desempeñan un papel mucho más importante de lo que se creía en la protección de los suelos agrícolas contra la sequía.
El trabajo, realizado entre 2003 y 2019, analizó las principales zonas de cultivos de secano del planeta —aquellos que dependen exclusivamente de la lluvia— y determinó que gran parte de la humedad que llega a estas regiones no proviene de los océanos, sino de la evaporación terrestre, especialmente de áreas forestales. Esta “conexión invisible” entre los bosques y las tierras de cultivo subraya la necesidad de proteger los ecosistemas naturales para mantener la seguridad alimentaria mundial en un contexto de cambio climático.
Un sistema atmosférico interconectado
Los científicos utilizaron datos de isótopos del agua obtenidos por satélite junto con simulaciones climáticas para rastrear el origen del vapor que alimenta las lluvias agrícolas. Los resultados mostraron que, en amplias zonas del planeta, la humedad reciclada por los bosques representa una fracción significativa del total de precipitaciones que recibe la agricultura.
En regiones como Sudamérica, África Central, Europa Oriental y el Sudeste Asiático, los investigadores encontraron que los flujos de vapor procedentes de masas forestales pueden determinar el éxito o el fracaso de una temporada de cultivo. Cuando los bosques se degradan o desaparecen, el transporte de humedad se interrumpe, reduciendo las lluvias locales y aumentando la vulnerabilidad hidroclimática de los suelos agrícolas.
Los autores describen este proceso como una “red atmosférica de agua”, donde los árboles actúan como bombas naturales que extraen humedad del suelo y la devuelven a la atmósfera a través de la transpiración. Este vapor se eleva, viaja con los vientos dominantes y luego precipita sobre otras regiones, a menudo a cientos o miles de kilómetros de distancia.
Los bosques: reguladores del ciclo del agua y aliados del campo
El papel de los bosques como reguladores del clima y del agua ha sido ampliamente reconocido, pero el nuevo estudio aporta evidencia cuantitativa sobre su impacto directo en la agricultura. Según los investigadores, las regiones agrícolas ubicadas a sotavento de grandes masas forestales presentan menor riesgo de sequía y mayor estabilidad en la producción.
Por ejemplo, las lluvias que sustentan la agricultura en partes de Argentina, Paraguay y el sur de Brasil dependen en gran medida de la humedad reciclada por la selva amazónica. De modo similar, los bosques del África ecuatorial envían humedad a las zonas agrícolas del Sahel, mientras que en Asia las selvas del sureste alimentan el monzón que riega los campos de arroz del continente.
La pérdida de cobertura forestal en cualquiera de estos puntos interrumpe estos flujos hídricos, lo que puede desencadenar sequías agrícolas generalizadas, caída en los rendimientos y pérdidas económicas multimillonarias.
Una agricultura cada vez más vulnerable
El estudio también revela que, en los últimos 20 años, las tierras de cultivo más dependientes de la humedad terrestre han mostrado un aumento en su vulnerabilidad hidroclimática. Esto significa que incluso ligeras reducciones en la humedad atmosférica o en la cobertura forestal pueden tener consecuencias inmediatas sobre la productividad.
En regiones áridas o semiáridas —como el norte de China, el Medio Oriente o partes del Mediterráneo—, la presión sobre los recursos hídricos y la deforestación agravan esta dependencia. Los suelos agrícolas pierden su capacidad de retener agua y la evapotranspiración disminuye, creando un círculo vicioso de sequías más intensas y rendimientos más inestables.
Los investigadores advierten que el cambio climático global intensificará estos desequilibrios. El calentamiento del planeta altera los patrones de circulación atmosférica, modifica las rutas del vapor de agua y aumenta la frecuencia de los episodios de estrés hídrico en regiones agrícolas clave.
La deforestación: una amenaza silenciosa para la seguridad alimentaria
La expansión de la frontera agrícola, la tala ilegal y los incendios forestales están reduciendo aceleradamente la superficie de bosques tropicales y templados del planeta. Paradójicamente, esta pérdida de vegetación compromete la estabilidad hídrica de los mismos cultivos que impulsan la deforestación.
Los investigadores señalan que conservar los bosques no solo tiene un valor ecológico o climático, sino también económico y productivo. Cada hectárea de bosque que se preserva contribuye a mantener el flujo de humedad atmosférica y, por tanto, las lluvias que sostienen la agricultura. En términos globales, esto significa que proteger los bosques equivale a proteger las cosechas.
El fenómeno de los “ríos voladores” —corrientes de vapor que transportan humedad desde los bosques hacia regiones agrícolas— es un claro ejemplo de este vínculo. En la Amazonía, por ejemplo, los árboles liberan diariamente miles de millones de toneladas de agua al aire, creando flujos de vapor que alimentan las lluvias en el centro y sur de Sudamérica. Cuando la deforestación interrumpe este proceso, los cultivos del Cono Sur sufren las consecuencias.
Bosques, agricultura y políticas públicas
Los resultados del estudio refuerzan la necesidad de integrar la gestión forestal en las políticas agrícolas y climáticas. En lugar de tratar los bosques y los cultivos como sectores independientes, los expertos proponen una visión de sistema interconectado, donde ambos componentes se benefician mutuamente.
Promover la agroforestería, restaurar corredores verdes y conservar las zonas de transición entre ecosistemas forestales y agrícolas puede mejorar la retención de humedad, reducir la erosión y aumentar la productividad a largo plazo. Además, estas medidas contribuyen a la mitigación del cambio climático mediante la captura de carbono y la regulación térmica local.
El estudio también recomienda incorporar el monitoreo satelital y los modelos climáticos avanzados en la planificación agrícola. Estas herramientas permiten prever déficits de humedad y diseñar estrategias de adaptación, como el uso de variedades resistentes a la sequía o la optimización del riego en periodos críticos.
Una interdependencia que no puede ignorarse
En definitiva, los bosques y la agricultura no son mundos separados: forman parte de un mismo ciclo vital de agua, energía y alimento. La investigación demuestra que la estabilidad de las cosechas depende, en buena medida, de la salud de los ecosistemas forestales.
Proteger los bosques es, por tanto, una inversión directa en el futuro de la producción agrícola y en la resiliencia frente al cambio climático. Si la humanidad aspira a garantizar su seguridad alimentaria en las próximas décadas, deberá reconocer que la sombra de un árbol puede ser tan valiosa como la lluvia que alimenta el campo.
Referencias
- AgroXXI. “Гидроклиматическая уязвимость мировых пахотных земель и как леса защищают урожай от засухи.” Noviembre de 2025. Disponible en: https://www.agroxxi.ru/zhurnal-agroxxi/novosti-nauki/gidroklimaticheskaja-ujazvimost-mirovyh-pahotnyh-zemel-i-kak-lesa-zaschischayut-urozhai-ot-zasuhi.html
- FAO. “El papel de los bosques en la regulación hídrica y la agricultura sostenible.” Informe técnico, 2024.
- Instituto de Investigación Climática de Potsdam (PIK). “Forest moisture recycling and global crop resilience.” Estudio 2025.