El paradojo climático de reemplazar trigo por trébol: más emisiones, pero menor impacto ambiental

Cuando las estrategias verdes desafían las métricas tradicionales del clima


Redacción Mundo Agropecuario

En el debate actual sobre la agricultura sostenible, una de las premisas más extendidas es que reducir las emisiones de gases de efecto invernadero conduce automáticamente a un menor impacto climático. Sin embargo, investigaciones recientes realizadas por científicos daneses plantean un escenario más complejo y, en apariencia, contradictorio. Según estos estudios, algunas iniciativas ambientales en el sector agrícola pueden incrementar las emisiones totales de gases como el óxido nitroso o el metano y, aun así, resultar beneficiosas para el clima cuando se analizan sus efectos de manera integral.

Uno de los ejemplos más ilustrativos de este enfoque es la sustitución parcial del cultivo de trigo por trébol, una leguminosa ampliamente utilizada como cultivo forrajero y de cobertura. A primera vista, el aumento de determinadas emisiones asociadas al trébol podría interpretarse como un retroceso climático. No obstante, un análisis más amplio revela que el balance final puede ser positivo en términos de impacto climático real y sostenibilidad del sistema productivo.

Trigo y trébol: dos cultivos, dos lógicas productivas

El trigo es uno de los pilares de la agricultura mundial, base de la alimentación humana y cultivo estratégico en amplias regiones templadas. Su manejo intensivo suele requerir aplicaciones significativas de fertilizantes nitrogenados, cuyo uso está estrechamente vinculado a la emisión de gases de efecto invernadero, especialmente óxido nitroso.

El trébol, en cambio, pertenece al grupo de las leguminosas y tiene la capacidad de fijar nitrógeno atmosférico en el suelo a través de simbiosis con bacterias. Esta característica reduce la necesidad de fertilización sintética y mejora la fertilidad del suelo a largo plazo. Sin embargo, durante su ciclo de crecimiento y descomposición, el trébol también puede generar emisiones, lo que ha llevado a cuestionar su verdadero aporte climático cuando se analizan solo los datos de gases emitidos por hectárea.

Más emisiones no siempre significan más daño

El punto central del planteamiento de los investigadores es que el impacto climático no puede evaluarse únicamente mediante la suma directa de emisiones. En el caso del trébol, aunque ciertas emisiones pueden aumentar, su incorporación al sistema agrícola modifica múltiples variables que influyen en el clima a mediano y largo plazo.

Por ejemplo, la mejora en la estructura del suelo, el aumento de la materia orgánica y la reducción del uso de fertilizantes industriales tienen efectos positivos que no siempre se reflejan de inmediato en los inventarios de emisiones. Además, la menor dependencia de insumos externos reduce las emisiones indirectas asociadas a la producción y transporte de fertilizantes.

Este enfoque integral permite entender por qué una práctica que incrementa algunos indicadores puede, paradójicamente, reducir el impacto climático total del sistema agrícola.

El rol del suelo en el balance climático

Uno de los elementos clave en este análisis es el suelo agrícola. La sustitución de trigo por trébol puede favorecer una mayor captura de carbono en el suelo, gracias al desarrollo radicular profundo y a la incorporación de residuos vegetales ricos en carbono. Este secuestro de carbono actúa como un contrapeso frente a las emisiones generadas durante el ciclo del cultivo.

Además, los suelos con mayor contenido de materia orgánica presentan una mejor capacidad de retención de agua y nutrientes, lo que incrementa la resiliencia del sistema agrícola frente a eventos climáticos extremos. Desde esta perspectiva, el impacto positivo del trébol trasciende la contabilidad anual de emisiones y se proyecta en la estabilidad climática del agroecosistema.

Implicaciones para las políticas agroambientales

El análisis danés pone en evidencia una limitación frecuente en las políticas climáticas agrícolas: la tendencia a basarse en métricas simplificadas. Cuando las decisiones se toman exclusivamente en función de la reducción inmediata de emisiones, se corre el riesgo de descartar prácticas que, en el largo plazo, ofrecen mayores beneficios ambientales.

La sustitución parcial de trigo por trébol ilustra la necesidad de adoptar criterios más amplios, que incluyan la salud del suelo, la biodiversidad, la eficiencia en el uso de nutrientes y la reducción de insumos externos. Desde esta óptica, el éxito de una medida ambiental no se mide solo por cuánto emite hoy, sino por cómo transforma el sistema productivo en su conjunto.

Aplicaciones prácticas para los productores

Para los agricultores, este enfoque supone un cambio de paradigma. Incorporar trébol en las rotaciones o como cultivo de cobertura no implica abandonar la producción de trigo, sino diversificar y optimizar el uso del suelo. En muchos sistemas, el trébol se integra como una fase dentro de la rotación, aportando beneficios agronómicos que se reflejan posteriormente en mayores rendimientos del cereal.

Desde el punto de vista económico, la reducción del gasto en fertilizantes puede compensar ampliamente los ajustes iniciales del sistema. Además, los suelos más fértiles y estructurados suelen responder mejor a prácticas de agricultura de conservación, reduciendo costos y riesgos productivos.

El desafío de comunicar la complejidad climática

Uno de los mayores retos de este tipo de investigaciones es su comunicación al público y a los decisores políticos. El mensaje de que “más emisiones pueden ser mejores para el clima” resulta contraintuitivo y puede generar confusión si no se explica adecuadamente el contexto.

Por ello, los investigadores insisten en la importancia de distinguir entre emisiones brutas e impacto climático neto. Solo mediante análisis de ciclo de vida completos y evaluaciones a largo plazo es posible comprender el verdadero efecto de las prácticas agrícolas sobre el clima.

Hacia una agricultura climáticamente inteligente

El caso del trigo y el trébol refuerza la idea de que la agricultura climáticamente inteligente no se basa en soluciones simples ni universales. Cada sistema productivo requiere evaluaciones específicas que consideren sus condiciones locales, objetivos productivos y efectos ambientales acumulativos.

En un escenario global marcado por la urgencia climática, estas investigaciones invitan a repensar los indicadores con los que se evalúa la sostenibilidad agrícola. Más allá de reducir emisiones de forma aislada, el desafío consiste en transformar los sistemas agrícolas para que sean más resilientes, eficientes y compatibles con los ciclos naturales.

Un enfoque necesario para el futuro del agro

La aparente paradoja de aumentar emisiones y, aun así, beneficiar al clima subraya la complejidad del vínculo entre agricultura y cambio climático. Sustituir trigo por trébol no es una receta universal, pero sí un ejemplo concreto de cómo las iniciativas ambientales pueden tener efectos positivos que solo se revelan cuando se analizan con una mirada sistémica.

Para el sector agropecuario, este tipo de enfoques representa una oportunidad para avanzar hacia modelos productivos que equilibren rentabilidad, sostenibilidad y responsabilidad climática, sin caer en simplificaciones que limiten la innovación y el progreso.

Referencias

https://www.agroxxi.ru/zhurnal-agroxxi/fakty-mnenija-kommentarii/paradoks-zameny-pshenicy-na-klever-bolshe-vybrosov-no-menshee-vozdeistvie-na-klimat.html


Nota editorial:
Este artículo ha sido elaborado con fines divulgativos a partir de información pública y fuentes especializadas, adaptado al enfoque editorial del medio para facilitar su comprensión y contextualización.


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