Por Jacinto Gómez Santiago, productor ganadero en la dehesa de Extremadura
Soy ganadero de carne desde que tengo uso de razón. Mis vacas comen bellota en otoño y pasto cuando hay. Lo que ya no comen es burocracia. Este año, entre papeles, precios locos y normas que cambian cada trimestre, el margen se ha quedado en hueso. Y al Estado, cuando mira al campo, se le olvida una cosa: los números no pastan.
Cuando mi abuelo llevaba la finca, el trato era sencillo: cuidar la dehesa, mantener el ganado sano y vender terneros a un precio que diera para pagar pienso, gasóleo, veterinario y un jornal decente. Hoy el guion es otro: primero te sientan delante del ordenador —que si el cuaderno digital, que si el SIGPAC, que si la condicionalidad reforzada de la PAC—, luego te miden la sombra de la encina por satélite y, si respiras fuerte, te llega un correo con una “no conformidad” de despacho. Mientras, el pienso sube, el gasóleo no baja, el matadero aprieta y en la mesa del consumidor todo sale “más caro”. ¿Dónde se pierde la diferencia? Pregunta sencilla, respuesta incómoda.
No estoy contra la ley ni contra el sentido común. La dehesa es un milagro productivo y ecológico que cuidamos los que vivimos de ella. Sé que hay que registrar tratamientos, proteger el suelo y vigilar el agua. Pero hemos pasado del control razonable al papel por el papel. El cuaderno digital de explotación nos lo vendieron como modernidad; en la práctica, es una barrera invisible que separa a quien tiene oficina y tiempo de quien se deja las manos entre alambradas. Yo puedo con el ordenador, pero ¿qué hay del vecino que va justo de cobertura y de años? Si las ayudas acaban en consultorías para traducir jerga, hemos convertido la PAC en un peaje.
Hablemos de precios. A mí me pagan el kilo vivo como si todo estuviera normal, pero nada está normal. El maíz y la soja se han encarecido, el transporte es más caro y la luz del cebadero no entiende de bonanzas. Las importaciones entran con reglas que aquí serían impensables: medicamentos, trazabilidad o bienestar animal “a la carta”. Me dicen que así funciona el mercado global; yo digo que si queremos carne europea con estándares europeos, habrá que defender condiciones europeas en frontera. No pido subvenciones infinitas; pido coherencia: mismas exigencias, misma cancha.
Luego está la fauna protegida. En mi zona hay cada vez más predadores y más complicación para defender el rebaño. Entiendo la conservación; lo que no entiendo es que el daño lo paguemos siempre los mismos y con retraso. Si el lobo o el buitre aprenden que la finca es un comedor social, el problema ya no es “ambiental”, es económico. Propuestas claras: pagos por servicios ambientales de verdad —no migajas— para quien mantiene pastos, charcas, cortafuegos vivos y mosaicos que evitan incendios; compensación automática por ataque verificado en 72 horas y prevención financiada (mastines, cercados móviles, pastores eléctricos) sin burocracia de novela. Es más barato prevenir que litigar.
La sanidad animal merece capítulo aparte. Cumplimos planes, vacunamos, notificamos. Pero cuando hay un foco en otra punta del país o al otro lado de la frontera, te cierran la puerta a ferias y movimientos como si fueras el culpable. Pido que el Ministerio y las comunidades dejen de pasarse la pelota y monten un sistema ágil y único para autorizaciones, con ventanilla real y teléfonos que contesten. Y, ya que hablamos de salud: si se prohíben moléculas, que vengan alternativas efectivas y asequibles. No se puede combatir una garrapata con una circular.
Sé que algunos pensarán que este es el lamento habitual del campo. No. Esto es un parte de trabajo. Porque cuando la ciudad mira al plato y se pregunta por qué la carne está cara, conviene recordar que hay tres facturas que nadie quiere ver: la del reglamento, la del combustible y la de la incertidumbre. Y la incertidumbre, señores, no se desgrava.
Quiero ser constructivo. ¿Qué propongo?
- Moratoria inteligente de trámites en campaña alta. Igual que se suspenden obras en agosto en las ciudades, que se congelen inspecciones y plazos administrativos críticos en ventanas de parición, siega y venta. No se puede estar con el ternero naciendo y el inspector pidiendo capturas de pantalla.
- Cláusula espejo efectiva en comercio: lo que se exige aquí, se exige a quien quiera vender aquí. Si no, arbitraje de precios que reconozca los estándares. No para blindarnos del mundo, sino para no competir contra nuestras propias normas.
- Seguro verdaderamente útil para extensivo: pólizas simples que cubran sequía, depredación y enfermedades reguladas, con pagos rápidos. No quiero un cheque por cada nube, quiero estabilidad para planificar.
- Pago por manejo de dehesa: quien conserva arbolado, pasto y paisaje que previene incendios debería cobrar por ese servicio público. Sale más barato que helicópteros en julio.
- Simplificación real de la PAC: unificar plataformas, lenguaje claro y asistencia pública que ayude de verdad (no consultorías con tarifa oculta). La digitalización no puede ser un muro.
- Cadena alimentaria sin letra pequeña: contratos con precios referenciados a costes (pienso, energía) y sanciones que duelan al que exprime al productor con descuentos creativos.
Algunos dirán que estas medidas son “de derechas”. Yo digo que son de sentido común. No quiero vivir del Estado; quiero que el Estado no viva de mí más de lo que toca. Que me dejen trabajar, que no me cambien las reglas a mitad de partido y que, si me piden conservar, me paguen por conservar. Yo haré mi parte: seguiré cuidando la encina, el pasto y las vacas. Pero, por favor, dejen de pensar que el campo es un decorado para los domingos. Aquí se produce. Y cuando el productor cae, el decorado se viene abajo.
Termino con una imagen: hace unos días, al amanecer, vi a mis terneras beber en el charco que limpiamos en primavera. Había garzas y un ciervo joven. Eso es la dehesa: producción y vida. Si alguien en Madrid o Bruselas cree que la va a sostener a base de formularios, está mirando el árbol equivocado. La dehesa la sostienen manos que trabajan y reglas que acompañan. Sin eso, los números no pastan. Y las vacas, menos.
Un poco de honestidad:
Siempre he querido escribir, de hecho creo que me doy a entender cuando lo hago, pero tambien soy buscabroncas, me gusta protestar por las injusticias, y soy sincero, odio lo que representa este gobierno de Pedro Sanchez. Entonces, me puse a escribir, esta vez fue con rabia, y al final algo salió. Mi hijo lo leyó y me dijo vamos a pulirlo con la inteligencia artíficial pero que mantenga todo lo que dices en esta carta y quizas te la publiquen, eso hicimos. De ese papel con «errores» y quizás un gazapo gramatical pero con mi rabia y corazón; la IA (así la llaman) está ahí. Todo está ahí, solo que escrito más elegante. Lo revise y es todo lo que queria decir hoy. Hastas las propuestas. Esté es mi pensamiento y mi opinión. Pero algo importante: Esta pieza de honestidad si está hecha por mi. Entonces, le escribi a la gente de Mundo Agropecuario y les dí esta explicación y me aceptaron como artículista, Algo escribiré todos los jueves, y tal cual ha sido hoy todos mis escritos será mis pensamientos, deseos, rabias y honestidades. Quiero hablar de ganadería que es el campo que trabajo, pero quizás algún día me atreva hablar otras cosas. Ya veremos. Gracias Mundo Agropecuario por abrirme la puerta, de verdad es un sueño.
Jacinto Goméz es colaborador destacado de Mundo Agropecuario
Este trabajo fue enviado por el autor o autores para Mundo Agropecuario , en caso que se desee reproducir le agradecemos se destaque el nombre del autor o autores y el de Mundo Agropecuario
Nota editorial:
Este artículo ha sido elaborado con fines divulgativos a partir de información pública y fuentes especializadas, adaptado al enfoque editorial del medio para facilitar su comprensión y contextualización.
