De suelo pobre a mesa llena con el método biointensivo: Nicaragua

“Con técnica y constancia es posible convertir un suelo lodoso en alimentos frescos, con buen sabor y nutritivos.”

“Trabajar el huerto no es pesado para las mujeres, solo hay que echarle ganas”


Por José Armando González

@jag_ojeda


En la comunidad Las Azucenas, en el municipio de San Carlos, Río San Juan, una mujer decidió que la tierra podía ser su aliada. Mercedes Espinoza, junto a su esposo Jesús Bellorín, transformó un pedazo de suelo lodoso en un huerto familiar que hoy alimenta a su familia, reduce gastos y abre la puerta a un futuro más fértil.

Lo que comenzó con un azadón y mucha incertidumbre, se convirtió en buenas cosechas que aseguran la alimentación en el hogar, gracias el método biointensivo.

El inicio: sembrar en tierra lodosa

La decisión de iniciar el huerto a solo 15 metros de la casa se tomó en agosto del 2024, apenas tres meses después de que Mercedes y Jesús llegaran a la comunidad Las Azucenas, a 44 km de San Carlos. Una conversación con los técnicos de las organizaciones: Asociación para el Desarrollo Local Ecosostenible en Río San Juan (ASODELCO) y Amigos de la Tierra España, fue la chispa que encendió la idea.

El huerto nació con herramientas mínimas: un azadón y la voluntad de probar algo nuevo. Al mes, llegaron el palín, la regadera y otros implementos que permitieron hacer el doble excavado y construir las primeras camas de cultivo, gracias al Proyecto Cacao Sostenible, financiado por la Cooperación Española.

De los dos, Mercedes fue la única que recibió capacitación en el método de cultivo biointensivo; un sistema de cultivo a pequeña escala, que usa insumos locales, mejora la fertilidad del suelo y disminuye la necesidad de agua, pesticidas y fertilizantes químicos.

El reto inicial fue físico y emocional, “el excavado fue duro, nunca había hecho algo así”, recuerda Mercedes. Pero la disciplina y el apoyo de Jesús hicieron posible que el huerto naciera. Antes, sembraban sandía de manera tradicional, lanzando la semilla al centro del montículo. El biointensivo, en cambio, les enseñó que la tierra requiere preparación, enmiendas, nutrición, constancia y técnica.

El método está siendo promovido por Amigos de la Tierra España en Nicaragua desde hace más de una década, asegura Oscar Bermúdez, técnico de la organización. “Este consta de 8 principios para maximizar la producción en poco espacio, incluyendo la doble excavación del suelo, el uso de composta para nutrirlo, la siembra cercana, la asociación y rotación de cultivos, el uso de semillas criollas, la producción de cultivos de carbono y calorías para la dieta, integrando todo para la autosuficiencia alimentaria y la salud del suelo”.

La primera cosecha: sabor a independencia

El primer ciclo fue modesto, pero revelador. “Tomates, chiltomas, pepinos, repollos medianos, zanahorias, remolachas, pipián, ayote, chiles jalapeños, frijol vara y hasta brócoli”, llenaron la mesa de la familia. Parte de la cosecha se vendió, lo que les permitió comprar aceite, azúcar, arroz y sal; el resto se consumió en casa.

La diferencia fue inmediata: dejaron de gastar en productos básicos como tomate, cebolla, chiltoma, pepino, repollo. Donde el precio de un repollo ronda los 70 córdobas y un pepino cuesta entre 15 y 20; los números son claros. De una sola mata obtuvieron 60 pepinos, y de un pequeño espacio de repollo, 40 unidades medianas. La rentabilidad del huerto se convirtió en un alivio económico.

Más allá de los números, la calidad sorprendió, “las chiltomas se sienten pesadas, las del mercado parecen espuma”, dice Mercedes. La dieta también cambió: probaron picadillo de hojas verdes de brócoli con remolacha, ensaladas, alimentos que antes no figuraban en su mesa. La seguridad alimentaria dejó de ser un concepto abstracto y se convirtió en una experiencia cotidiana.

Aquí la clave fueron los almácigos, mismos que ahora están en la parte externa del huerto y se preparan para cada nuevo ciclo productivo, de los cuáles llevan 3. Para Mercedes, los almácigos son lo mejor, “agarro del almácigo la planta que me va a servir, la siembro sin temor a que me dé o no me dé”.

El segundo ciclo: confianza y aprendizajes

En el ciclo de postrera, Mercedes sembró repollo, remolacha, zanahoria, papaya, tomate, zanahoria, chile jalapeño, tomate y jamaica. Prefiere los almácigos antes de la siembra directa, “así sé que la planta va a servir”, explica. Aunque algunos cultivos no prosperaron como esperaba, la confianza en el método se consolidó.

El huerto se convirtió en un espacio de enseñanza para los dos y para otras/os productoras/es de huertos biointensivos de San Carlos y Los Guatuzos, pues el Huerto Ebenezer se convirtió en un local de aprendizaje e intercambio de experiencias. Ambos aconsejan cercar los huertos, para evitar daños por cerdos y gallinas; el bambú fue el aliado perfecto para proteger los cultivos, y Jesús insiste en la necesidad de organizarse en grupos para enfrentar las plagas y compartir aprendizajes.

Más allá del huerto: género y seguridad alimentaria

El próximo paso es elaborar abono orgánico, una deuda pendiente que tienen con el método, uno de los ocho principios. Hasta ahora, no han logrado producir una buena composta, por lo que deberán planificar cultivos que aporten carbono como el maíz, sorgo, girasol, amaranto. También enfrentan el desafío de expandir el huerto en terrenos donde la tierra fértil es superficial y el barro aparece a escasa profundidad. La solución será elevar las camas de cultivo, una técnica que requiere más esfuerzo, pero garantiza buenos resultados.

Espinoza sueña con capacitaciones adicionales: “recetas para aprovechar mejor los productos, técnicas de control de plagas y nuevas formas de conservar semillas”. Está convencida de que trabajar el huerto no es pesado para las mujeres, solo hay que echarle ganas.

En un país donde la agricultura familiar sostiene gran parte de la alimentación, el liderazgo femenino en los huertos biointensivos abre caminos hacia la autonomía económica y la seguridad alimentaria.

El ahorro logrado por la familia es significativo: dejaron de gastar en productos básicos y con las ventas pudieron cubrir necesidades domésticas. Cada cosecha exitosa del huerto es una victoria contra la dependencia del mercado y la carestía de la vida.

La técnica, disciplina y voluntad, incluso un suelo malo, puede transformarse en alimento, ahorro, buena nutrición y el inicio de una mejor economía. Sin duda, la tierra responde al esfuerzo humano.


José Armando González es colaborador destacado de Mundo Agropecuario

Este trabajo fue enviado por el autor o autores para Mundo Agropecuario , en caso que se desee reproducir le agradecemos se destaque el nombre del autor o autores y el de Mundo Agropecuario


Nota editorial:
Este artículo ha sido elaborado con fines divulgativos a partir de información pública y fuentes especializadas, adaptado al enfoque editorial del medio para facilitar su comprensión y contextualización.


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