¿Es la ganadería extensiva incompatible con la renaturalización?


El abandono del territorio está dando lugar a un acelerado proceso de expansión de bosques y matorrales en países desarrollados. España no es una excepción, lo que está dando lugar a una llamativa transformación de sus paisajes.


Francisco M. Azcárate, Universidad Autónoma de Madrid; Pablo Manzano, BC3 – Basque Centre for Climate Change, and Violeta Hevia Martín, Universidad Autónoma de Madrid


La rapidez del proceso muestra hasta qué punto habíamos subestimado la capacidad de regeneración de la naturaleza. Si el objetivo es recuperar biomasa y cobertura vegetal, la renaturalización pasiva puede ser más eficiente y económica que los programas de reforestación.

Hoy podemos comprobar cómo, en espacios en los que no ha habido más intervención que la retirada de los humanos, comunidades vegetales dominadas por leñosas –árboles y matorrales– que llegaron a ser residuales han pasado a ser predominantes.

Todo ello ha llevado a la aparición de una corriente que ve con buenos ojos el proceso de abandono del territorio, incluyendo la desaparición de la ganadería extensiva. Según este punto de vista, los bosques continuos representarían los estados ecológicos más deseables.

¿Son siempre los bosques los estados ecológicos más deseables?

Los bosques continuos y sin herbívoros domésticos presentan algunos problemas desde el punto de vista científico. La concepción de que los estados con arbolado continuo representan el óptimo ecológico procede de las teorías de sucesión ecológica clásicas, entre ellas la propuesta por el botánico estadounidense Frederic Edward Clements, que influyó fuertemente sobre los fitosociólogos sigmatistas y otras escuelas de pensamiento predominantes en el siglo XX.

Clements proponía que la sucesión ecológicaevolución natural de los ecosistemas marcada por la sustitución de unas especies por otras– era esencialmente determinista y lineal, y que culminaba en un estado de equilibrio y máxima organización predecible llamado clímax que, si las condiciones climáticas lo permitían, sería, en muchos casos, un bosque.

Hoy, sin embargo, estas teorías han sido superadas. La dinámica de los ecosistemas se interpreta desde otras propuestas, como la de los estados estables alternativos, que propone la posibilidad de que diferentes configuraciones ecosistémicas puedan coexistir, sin que guarden necesariamente una relación de secuencia lineal.

Paisajes heterogéneos

Un adecuado grado de dinamismo espaciotemporal no solo es más compatible con la teoría ecológica, sino que daría lugar a sistemas más diversos y resilientes, y por tanto con propiedades ecológicas más deseables que las de los paisajes homogéneos, incluyendo los arbolados.

Bajo las condiciones ecológicas predominantes en la península Ibérica, dos de los factores más implicados en la construcción de paisajes heterogéneos son los incendios y los grandes herbívoros. En ambos casos, se trata de procesos naturales, que ya operaban antes de que el territorio pasase a ser gestionado de forma directa por los humanos.

De hecho, la gestión humana del territorio durante la transición entre el Pleistoceno y el Holoceno puede entenderse como una domesticación de ambos procesos:

Es cierto que, con el paso del tiempo, la explotación del territorio se intensificó, dando lugar a paisajes muy hostiles, alejados de la deseable combinación de diferentes estados ecológicos, y muy incompatibles con la supervivencia de numerosas especies.

Ausencia de herbívoros e incendios

Sin embargo, el escenario contrapuesto de abandono del territorio plantea unas condiciones muy novedosas, que tampoco podemos equiparar a las de los imaginados ecosistemas “nativos” europeos.

El principal factor que nos separa de aquella situación es la ausencia o escasez de grandes herbívoros, difícilmente solucionable con especies silvestres dado que la mayoría de las especies nativas acabó extinguida.

La herbivoría por ungulados y los incendios actúan, de alguna forma, como fenómenos que se compensan entre sí. Por eso no es de extrañar que la renaturalización pasiva con poca presencia de herbívoros desemboque en un marcado incremento en la frecuencia de grandes incendios forestales. Este fenómeno no debe entenderse necesariamente como algo negativo desde el punto de vista ecológico, pero es evidente que implica graves riesgos para las sociedades humanas.

El incremento en el riesgo de incendios nos recuerda, además, que el escenario de bosques extensos y continuos es una utopía poco compatible con el funcionamiento de nuestros ecosistemas, que de una u otra manera van a responder ante la excesiva acumulación de biomasa.

Debe insistirse en que la estrategia de “tolerancia cero” hacia los incendios es una ilusión irrealizable, al menos en regiones de latitudes medias como España. Los incendios de origen natural siempre van a existir, y su intensidad y dificultad de extinción se verá favorecida si el territorio ha acumulado grandes cantidades de biomasa y no presenta discontinuidades entre los fragmentos con mayor combustibilidad.

Beneficios de la ganadería extensiva

La ganadería extensiva bien gestionada, acoplada a los ritmos de producción de biomasa y a las características de los hábitats, con manejos trashumantes y cargas ganaderas adecuadas es, quizá, la mejor herramienta de la que disponemos para una gestión del territorio que reconstruya paisajes heterogéneos, de gran diversidad, y más resilientes.

Al margen de su papel en la creación de paisajes menos combustibles, son muy numerosos los efectos ecológicos positivos asociados a este modelo ganadero. Entre ellos se incluye la mejora del funcionamiento del suelo, la contribución a la dispersión de semillas, tanto en el estiércol como en el pelaje, la creación de ambientes favorables para la presencia de polinizadores silvestres y el incremento de la biodiversidad, siempre que el régimen de pastoreo sea el adecuado.

Si somos capaces de superar la idea de la supremacía de los estados arbolados, podremos entender también las virtudes ecológicas de los paisajes heterogéneos, en los que son bienvenidos tanto los mal llamados “montes sucios” con árboles y arbustos como los espacios abiertos moldeados por los herbívoros y dominados por praderas y pastizales, siempre y cuando aparezcan en una combinación adecuada.

Y si somos capaces de aceptar que las intervenciones humanas en el territorio no siempre son negativas, podremos entender que la ganadería extensiva puede ser una herramienta de gran interés para complementar el proceso de renaturalización pasiva y alcanzar configuraciones paisajísticas más deseables.

Se trata, en definitiva, de abandonar posiciones extremas, y entender que una buena combinación de estados ecológicos puede optimizar tanto los valores naturales de nuestros paisajes como sus posibilidades de aprovechamiento sostenible.

Francisco M. Azcárate, Profesor Contratado Doctor en el Departamento de Ecología, Universidad Autónoma de Madrid; Pablo Manzano, Ikerbasque Research fellow, BC3 – Basque Centre for Climate Change, and Violeta Hevia Martín, Profesora Ayudante Doctora en el Departamento de Ecología, Universidad Autónoma de Madrid

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.